‘Il Ginettaccio’

Mario Becedas | Falso 9

A diez días para que estallase la Primera Guerra Mundial venía al mundo el que iba a ser mago del pedal y hombre bueno de la bicicleta. La Italia dubitativa contemplaba el alumbramiento de un mito que, pronto, como la fatal contienda, cumpliría 100 años. En una Europa casi tan convulsa como la de hoy nacía Gino Bartali. Hijo de la Toscana y genética campesina en las venas, Bartali comenzó la etapa reina de su vida remendando bicicletas en el taller al que le había empujado su padre.

El aceite laboral engrasó las mecánicas manos de un Bartali cuyos méritos fueron un regalo para los pies. El presente del patrón por el trabajo bien hecho iba a ser la bicicleta con la que escalar el risco de los tifosi. Las interminables escapadas a bordo del sillín se iniciaron dejando en ristre la llave inglesa y acabaron con el solaz de un Mussolini que cosía el orgullo del fascio al dorsal de un impasible genio de la rueda.

Sufrido, enjuto y narigante, ‘Il Ginettaccio’, que así se le había bautizado ya, pronto derrapó en la caravana profesional a golpe de riñón. Cada vez que el socaire empolvaba las bocas del pelotón italiano y el asfalto se acercaba al cielo, Bartali, beato recalcitrante, se hinchaba de fe y hacía la goma con la divinidad escapando de un infierno a otro. Sus victorias en Giro y Tour constelaron el pecho negro de camisa de ‘Il Duce’. Antes, el campeón había meditado colgar la bicicleta por la muerte de un hermano, pero, para suerte de la Historia, consintió seguir en el pedal.

Llegaban los 40 y nadie se interponía en el camino del nuevo héroe itálico; el que luego sería su legendario rival Fausto Coppi aún era un meritorio de su equipo que le portaba los bidones. Pero Bartali era un europeo de entreguerras, y la segunda contienda mundial fue el abanico más duro de su carrera. La lágrima de orgullo patrio se había cristalizado en la larga espera de una competición varada por las bombas.

En ese intersticio de tanques y bombardeos, aviones y deportaciones, Bartali se maquillaba de campeonísimo y entrenaba y entrenaba por las carreteras de su beatus ille local. Soldados y campesinas lo coreaban a su paso sin sospechar lo sospechoso de tanto kilómetro. Altruismo várico y humanidad perpetua, Bartali escondía en el tubular de su cabra los pasaportes que iban a salvar a 800 judíos perseguidos por la Italia colaboradora con el nazismo gaseoso. Un gesto colosal que el Schindler toscano se llevó a la tumba.

Pasada la guerra, en una Italia de hoz y martillo, Bartali era una reminiscencia involuntaria de la competitividad fascista, aunque nunca se justificaría con su honroso gesto. La carretera se empinaba de nuevo y, esta vez, el cielo era para un ya intratable Coppi, que arrasó en Tour y Giro. Vencido, viejo y demudado de arrugas, Bartali, una pasa en bicicleta, se recompuso y protagonizó en su estertor deportivo una rivalidad encarnizada con el alumno que le había superado. Ambos dos reventaban cada carrera en los Alpes y se quedaban en un tú a tú insuperable.

'Pacto del agua' entre Coppi (i) y Bartali (d). Foto: loveciclismo.com (http://www.loveciclismo.com/gino-bartali-el-ultimo-representante-del-ciclismo-epico/lealta-coppi-e-bartali/)

‘Pacto del agua’ entre Bartali (i) y Coppi (d). (Foto: loveciclismo.com)

Eran las dos formas de ver Italia, el ciclismo y la fe. Un Bartali sabio, senecto y cumplido feligrés contra el agnóstico, excombatiente fascista y mujeriego Coppi. Una rivalidad que se acabó instalando entre dos viejos compañeros y que se zanjó con el pacto del agua. En una asfixiante subida de solano montañoso, Bartali quedó sin el líquido elemento y Coppi, antagonista en el crono, le pasó su bidón con palabras ya cinceladas en el mármol de la leyenda: “Toma Gino, bebe”. Aún podría el enjuto Bartali arañar la gloria y arrebatarle a su lanzado compatriota el Tour de 1946 y el Giro de 1948, competiciones que ganó con 32 y 34 años, y con una década de diferencia respecto a sus anteriores victorias. Nadie ha vuelto a conseguir algo así.

Alejado del mundanal ruido, Bartali se bajó del pedal y calló ante la Italia chismosa que lo encasillaba en el olimpo negro del fascismo que prendió el viejo continente. El hombre que había nacido con el siglo, porque el siglo europeo empezó en 1914, se dejaba llevar por la corriente de la vida y se quedaba al albur de la siguiente centuria, porque fallecía en el 2000 con el secreto de su verdad como bandera. Una casualidad permitió descubrir, años después, la bonhomía del afamado deportista. Y es que, ‘Il Ginettaccio’, como tantos otros héroes anónimos en un tiempo difícil, había salvado a Europa.

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Foto de portada: Busto de Gino Bartali en el santuario ciclista de Madonna di Ghisallo (Foto: tetedelacourse)

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