La gran estafa americana: ¿Grande? No tanto ¿Estafa? Ni mucho menos ¿Americana? Como la Coca-Cola

Si fuéramos justos con David O. Russell y mirásemos su trayectoria reciente con cierta frialdad, casi todos estaríamos de acuerdo en que lleva una buena racha. En los últimos cuatro años ha firmado tres buenas películas y ha desarrollado un estilo y unas señas de identidad claramente reconocibles –que sean más o menos interesantes y genuinas es otro debate-, además de haber conseguido que algunos de los mejores actores de su generación se presten a trabajar para él una y otra vez.

Esto sería lo que pasaría si fuéramos justos, pero en el instante en el que aparecen ante nuestros ojos las 25 nominaciones a los Oscar que han acumulado estas tres últimas películas -el único que se le acerca es el mismísimo David Fincher-, la justicia se va a tomar por saco, nuestra mirada se vuelve inquisidora y los cuchillos se afilan. Es lo que tiene un sarao de dimensión mundial como los Oscar, que al final nos lo tomamos un poco en serio y a veces se nos olvida la mamarrachada obliguista que realmente es. Así que lo mejor será que nos preocupemos de La gran estafa americana sin pensar por un momento en lo demás.

David O. Russell es un director con muchas cosas interesantes y La gran estafa americana es un buen reflejo de todas ellas. El tipo sabe dónde poner la cámara para crear escenarios de intimidad, fiestones monumentales, vergüenza ajena o transmitir lo que sienten los personajes. Y juega con las distancias, tanto emocionales como físicas del plano, para llevarte al lugar que le interesa. No se corta en sacar planos de pies, barrigas o escotes si con ellos está diciendo algo, como tampoco le importa alejarse hacia un plano general, frío, para enfatizar la sensación de que un personaje está perdiendo los papeles.

Estos rasgos técnicos están subordinados a un bien mayor: la verosimilitud. El director quiere que te creas las historias que cuenta, aunque sean tremendamente exageradas, y sobre todo a los protagonistas que están en el tablero de juego. Por ello, uno de los aspectos más cuidados de la obra es la creación de los personajes, tanto a nivel de guion como en lo externo, en lo que ve el ojo. No es una celebración setentera que Christian Bale aparezca con ese tripón y esas estrafalarias chaquetas, o los escotes imposibles de Amy Adams, sino una pista más de que estamos ante dos personajes muy inseguros para los que la fachada exterior sirve como un escudo de luces para ocultar al mundo lo que realmente son. Un juego de apariencias, tema de forma y fondo en la película.

Como todo esto no es fácil, el elenco del que se rodea el director tiene que estar a la altura de la tarea, y vaya si lo está. Christian Bale se inspira en los grandes papeles setenteros de Robert de Niro para transformarse (una vez más) en una persona nueva;  Jennifer Lawrence necesita la mitad de tiempo en pantalla que el resto para componer un personaje para el recuerdo; Bradley Cooper se encuentra comodísimo en el juego de personaje tranquilo/pasado de vueltas que tan bien le funcionó en El lado bueno de las cosas; y por encima de todos Amy Adams, que mezcla la fragilidad con la dureza de su personaje con tantísima precisión que cualquiera diría que no es así de verdad. Si la película se acerca a la brillantez es por ellos, sin ninguna duda.

Porque pese a todos los méritos que he venido desgranando hasta ahora, La gran estafa americana cae por el único sitio por el que tiene prohibido hacerlo: se hace larga y, en demasiadas ocasiones, aburrida. Porque por mucha profundidad, conflictos emocionales e incluso reflexiones sobre la sociedad que quieras hacer, en el fondo la trama de la película es la misma que la de Ocean’s Eleven, Reservoir Dogs, El golpe o Snatch. Es decir, historias que narran un plan complicado y su aun más complicada ejecución. Y ¿qué tienen en común todas ellas? Que son divertidas hasta reventar. Aquí, pese a los cambios de lealtades, las dificultades crecientes que aparecen por el camino o lo difícil que es leer para donde van a tirar los personajes, la película no consigue pegarnos con Superglue a la butaca mientras cruzamos los dedos porque el plan salga adelante. Y al no hacerlo se llevará a muchos espectadores por el camino.

Da lo mismo que la ambientación sea espectacular, con un vestuario y unos escenarios que adoras desde el minutos uno, ni tampoco importa que se hagan juegos interesantes como combinar distintas voces en off o que Louis CK repita una historia con moraleja que nunca se resuelve. Ni siquiera una de las mejores bandas sonoras de canciones de los últimos años- Duke Ellington, Paul McCartney, Elton John o Jefferson Airplane, entre otros, en una recopilación con la que te irías de viaje al fin del mundo- van a conseguir que salgamos de la sala con la sensación de plenitud y victoria que pretendían las expectativas creadas. Puede que gane el Oscar de la Academia, pues recopila grandes actores y cuenta una historia profundamente americana de las que tanto les gusta premiar, pero para el del público tendrá que seguir intentándolo. Talento no le falta.

Lo que dije de La gran estafa americana

Bien le hubiera venido a David O. Russell que los académicos no le hubieran hecho tanto caso en los últimos años, porque tanto The Fighter como El lado bueno de las cosas, hubieran quedado en nuestra cabeza como mejores películas si no las hubiéramos visto con la odiosa etiqueta de películas hipernominadas a los Oscar. Porque el tipo, pese a sus más que evidente aroma a Scorsese o Brian de Palma, es un buen director que normalmente trae buenas historias bajo el brazo.

La historia se repite. ¿Repetirá O. Russell saliendo con las manos vacías de la gala?

Parece que veremos el reverso de El lobo de Wall Street.

Estrenarse tan cerca y competir con la película de Scorsese puede hacer mucho daño a La gran estafa. Arriesgando un poco menos, Scorsese ha hecho una película mucho más redonda y que, sobre todo, recompensa mucho más al público.

Bajar un par de escalones en la clase social de los timadores llevará consigo menos glamour y más pelos churretosos como el de Christian Bale. Estafadores de poca monta tratando de subir de nivel y dar un gran golpe, sin evitar todos los altibajos que pueda conllevar meter en un complejo plan a una serie de personas que no se fían ni de su sombra.

El guion tiene todo eso y más. Además, no suele ser previsible en sus giros y los personajes dan muchísimo más de sí de lo que puedas pensar a priori. Sin embargo, como ya he dicho, el pecado es que te aburres.

Juegos de lealtades, diálogos con gracia y actores en estado de ídem se dan cita para copar nuestras hinchadas expectativas. Esperemos que no sea un chasco.

No lo consideraremos un chasco, pero por poco. Es una película que lo tiene todo para ser grande y de la que por el contrario pocos nos acordaremos en unos años. Una lástima.

¿Qué gafas me llevo?

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Entonces: ¿voy a verla?

Si eres de los que quiere llegar a los Oscar con los deberes hechos, entonces no te lo pienses. Si te da más igual, lee lo anterior detenidamente y piensa si te apetece lo que te vas a encontrar, porque es posible que no sea tu película.

 

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