Iron Man 3 o cómo caricaturizar un cómic

Supongo que hay películas inolvidables. Y otras que se hacen inolvidables. De cualquier modo, las despedidas nunca fueron fáciles. Hay que tener temple y buena mano para medir la despedida de un héroe. Sobre todo si es carismático (y este ciertamente es quien añade un poco de milonga a los sosainas moralistas de The Avengers). Iron Man 3 tiene una tarea difícil que despacha con la más absoluta ligereza. Y eso se va de la mente cinéfila tan pronto como vino. Pero a un fan no se le olvida.

Es cierto que las dos anteriores películas —el desfile de bandera americano que supuso el bautizo de Iron Man (2008) y el desvarío espectacular de Iron Man 2 (2010) — concentraban un ímpetu americanista (también presente en este film) más amigo de la carcajada que de la solemnidad. Pero hay que recordar el contexto: el personaje creado por Stan Lee surge en 1963, en plena guerra de Vietnam y con la amenaza comunista como trasfondo, con el objetivo de encarnar a un patriota rico y famoso que se encargaría de proteger los EEUU de los monstruos del Este. La cosa tampoco ha cambiado tanto en los últimos años. Al lío.

El problema de Iron Man 3 es que cuenta con un comienzo sólido y una apuesta innovadora —apuesta que desmitifica el personaje de Stark— pero con los cimientos arraigados en un  endeble guión  y una trama incoherente donde las haya. Y es verdad que Iron Man 3 coquetea con una historia profunda, pero solo el tiempo justo para desbaratarla en un libreto simple con algún que otro episodio vergonzoso por el camino —véase el momento bricomanía, o la facilidad con que Tony encuentra archivos hiperclasificados—. Sin embargo, su punto de partida no puede ser más prometedor: el problema de ansiedad que experimenta Tony Stark después de los sucesos de New York, incidente acontecido en la película The Avengers (2012) —una forma  inteligente para dar cohesión al abominable y rentable universo Marvel— que deja en evidencia la fragilidad emocional del hombre de acero. Este planteamiento pone en las manos del guionista y también director Shane Black una jugosa metáfora —aunque desgastada, igualmente válida— que desaprovecha en favor del espectáculo y la superficialidad estética.

Quizá el mayor pecado de Iron Man 3 es que, aún teniendo en cuenta estos elementos alentadores, la película se hace insufriblemente aburrida por su aparatosa incapacidad para sorprender y divertir (ya que apuesta hasta el final de sus consecuencias por ambas formas de entretenimiento) —yo la he visto dos veces quedándome dormido en el mismo punto y bien sabe dios y el gobierno americano que la tercera vez ha sido por obligación—.

Un plantel de personajes incoherentes, escenas dedicadas al parvulario americano, y unos previsibles giros detectivescos propios de la narratología milenaria de James Bond,  hacen el resto. Iron  Man 3 se mece en un síndrome que parece no contentar ni a fans ni al espectador medio; un síndrome muy extendido que suele aquejar a las películas de superhéroes de la todopoderosa Marvel: cuando el guión trabaja sobre una trama clásica del cómic, esta se vicia y se reconduce de manera forzada hacia una realidad de obligado anclaje en la actualidad. El resultado, casi siempre, es un pastiche irreconocible que enardece fatalmente a los fans y desorienta al espectador medio. Y de este síndrome Iron Man 3 tiene mucho.

En este sentido (por ilustrar con el ejemplo más flagrante), El Mandarín —archienemigo de Iron Man en la viñeta, nacido en China antes de la revolución comunista, poderoso líder y fuente de espiritualidad— ha tardado tres entregas en aparecer en pantalla y queda relegado a un prototipo de Bin Laden adusto y sin carisma. Black y, el también guionista, Drewn Pierce eliminan las referencias orientales y místicas —con fines políticos y comerciales según afirman algunas voces— para conceder al emblemático villano la cualidad de un mugriento guerrillero terrorista primero, y de un patético drogadicto segundón más tarde.

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Gandhi guerrillero

A la funesta gestión de las buenas ideas se unen la desafortunada creación de las ideas arriesgadas. Para atenuar el vacío —difícilmente reemplazable— de El Mandarín, se ha dispuesto a un villano ejemplar: el verdadero enemigo es Andrich Killian (un excéntrico científico creador de un poderoso virus que pretende gobernar el mundo) y su ejército superhumano-regenerador y emisor de calor; algo así como un equipo de humanos-inmortales gusiluz con un gran problema de agresividad.

Pero si hay algo que desluce a Iron Man 3, más allá de un disparatado e incongruente guión, es su empeño de maravillar con serpentina metálica y vacía por todo lo alto, con un tono narrativo descuidado y dicharachero que pretende ser, en sus inicios, maduro pero que acaba vencido por cierto ánimo kitsch del guion, un impulso de broche de oro barato con pretensiones épicas que no acaba de cuadrar en pantalla. Todo está dispuesto para el retiro de Iron Man en una película convencida de derrochar inteligencia y personalidad. Y donde se queda muy corta de ambas. Como Tony Stark.

¿Qué gafas me llevo?

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Entonces: ¿voy a verla?

Si eres pseudo-fan saldrás indignado; si no, estafado. Si tienes problemas de sueño, tu película ideal de domingo-modorra.

 

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