No está de moda cantar sobre política

“¿Ahora sobre qué
van a cantar las bandas?

Yo por mi parte he terminado
hasta el culo de los Doors,
la Velvet y Malasaña
y canto un estribillo que dice así:

Muy a mi pesar alguien se me adelantó
y asesinó al último nuevo cantautor.
Muy a mi pesar no he sido yo
y esto no es un grupo de flamenco pop”

(El último cantautor, Miguel Ángel Hernando, ‘Lichis’. La Cabra Mecánica)

Estamos acostumbrados a observar la Historia de España en clave pendular, como un compendio de idas y vueltas entre pulsiones contrapuestas, muchas veces solucionadas de forma violenta. La pugna entre políticos liberales y progresistas durante el siglo XIX, el sistema canovista o el actual bipartidismo entre Partido Popular y Partido Socialista son algunos ejemplos.

Será por vísceras, será por entusiasmo desenfrenado, será el carácter latino o por la duda metódica cartesiana, pero circular de uno a otro extremo es algo habitual en nuestra cultura. También en la música, un terreno en el hemos podido observar cómo se ha pasado de la preponderancia de lo político al absoluto silenciamiento de los problemas sociales de nuestro país, si lo observamos con cierta perspectiva.

Cantaba ‘Lichis’ la muerte del “último cantautor” en un dicho de La Cabra Mecánica titulado Ni jaulas ni peceras y editado en 2003. Pero, en su sentido de expresión de lo político a través del cauce de lo musical, los cantautores llevaban muertos mucho tiempo más, probablemente unas dos décadas.

Un canon de música comprometida en España

Identificados como parte del impulso social que se opuso a la dictadura franquista durante los años 60 y 70 –pese a que el dictador muriera en la cama-, cantautores como Lluis Llach forman parte de una memoria de canción política o canción protesta que ha sido incorporada al canon español de “lo que debe ser un músico comprometido”. Etiqueta que a muchos ha pesado bastante, pero que es innegable. Como es innegable la relación directa de canciones como L’estaca con la resistencia, al menos intelectual, al franquismo. Un símbolo de resistencia que ha traspasado fronteras y culturas, llegando incluso a la primavera árabe tunecina de 2011.

Dima, dima, esta versión de la canción del artista catalán elaborada por Lakadjina y Yasser Jeradi, fue uno de los himnos de la revolución tunecina que terminó con el régimen de Ben Alí en 2011, una prueba de cómo las canciones tienen vida más allá de sus intérpretes. Otra prueba de lo simbólico de este tipo de canciones es el uso que la Cadena COPE hizo de la canción de Llach para oponerse a la retirada de dos frecuencias de radio en Cataluña por parte del Consejo Audiovisual catalán, desautorizada por el cantautor.

Para la libertad, con Joan Manuel Serrat cantando a Miguel Hernández o Vientos del pueblo, otro poema del autor levantino musicalizado por el cantautor chileno Víctor Jara, son ejemplos de cómo la música y la política han estado vinculadas muy estrechamente durante ciertos periodos de nuestra historia reciente. En la versión escogida para la lista de Spotify cantan Víctor Manuel y Ana Belén, otros dos artistas muy significados por sus declaraciones políticas. Ambos aparecieron en los típicos spots electorales de las primeras elecciones democráticas dando su apoyo al PCE.

Los años ochenta y, sobre todo, los noventa, rompieron con esta línea de compromiso político en la música popular, que no en el rock más cercano a la izquierda. Grupos como Reincidentes, Los Suaves, La Polla Records, Eskorbuto y etcétera mantuvieron esa línea de protesta política, que les marca desde sus inicios.

Evidentemente, las temáticas no están ya por la exigencia democrática –que también, en cierto sentido, especialmente respecto al aparato policial-, sino que se amplían hacia el antifascismo, el movimiento antitaurino, la solidaridad latinoamericana o el apoyo de los nuevos parias de la tierra que llegan a España con el nuevo milenio y la prosperidad económica: los emigrantes.

Cierto desdén político

Sin embargo, el pop y la canción de autor abandonan mayoritariamente el impulso político, incluso percibiéndose cierto desdén por la función política de la música popular. La letra de Vuelve la canción protesta de Los Planetas es un buen ejemplo de esto.

Estos son los nuevos profetas de la nueva revolución.
Vamos a cambiar el mundo con esta canción.

No me creo lo que dices,
veo que no es verdad.
A partir de ahora nunca más.

Si alguien no lo puede remediar,
la canción protesta volverá.

Políticos y banqueros tiemblan,
vuelve la canción protesta.

(Vuelve la canción protesta, Los Planetas)

Cantautores de la actualidad, como Ismael Serrano o Marwan, de origen palestino, también incluyen cierto barniz social en algunas de sus canciones, pero por lo general la emergencia de la recesión económica y los pronunciamientos políticos sobre ella o sobre cualquier otro tema son difícilmente encontrables en la música actual española.

El tabú de la significación política

La prueba de que la significación política se ha convertido en prácticamente un tabú en la música popular española bien se puede encontrar en la polémica que hace unos dos años protagonizó Lourdes Hernández (Russian Red) al contestar en una pregunta de un cuestionario de la revista de moda Marie Claire que prefería la derecha a la izquierda. Una simple contestación que provocó un tremendo revuelo e incluso fue aprovechada por medios como La Razón para adscribirla a una nueva tendencia: la del “pop cool y de derechas”.

La artista madrileña, defendiéndose del revuelo que se había organizado respecto a ello, se afanaba en defender en el país la “carencia total de sentido político” de su música. “No he sido nunca, ni seré, una autora comprometida con ninguna otra causa que no sea la de hacer canciones que vengan estrictamente de un lugar íntimo y verdadero, tan alejado de todo esto”, afirmaba Hernández a un blog de Elpais.com.

En esa misma entrada, dando su opinión aparecían otros músicos de la escena pop-rock como Enrique Bunbury, en su nuevo modo comprometido después de haberse caracterizado durante toda su carrera por ir a su bola con considerable éxito, o Nacho Vegas. El asturiano afirmaba a este respecto: “En mi generación, la del pop independiente, hace años percibía cierto distanciamiento cínico, del tipo ‘yo paso de política’, lo cual no deja de ser una actitud reaccionaria. Afortunadamente creo que eso ha ido cambiando”.

¿Ha cambiado, de veras? Manolo Martínez, de Astrud, hablaba en esa misma entrada de Elpais.com de “tibieza y desinterés” como actitud política del pop español actual. Tampoco parece que haya mucho más, aparte de canciones determinadas en grupos determinados. La política sigue siendo un tabú para los artistas y grupos de música popular en España.

Pero no desesperemos. Todavía nos queda El Niño de la Hipoteca.

***

Foto de portada: Manifestación Zaragoza 19J 2011 (Foto: Zaragoza_19J)

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