Rebobina: Séptima entrega

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Conversación telefónica mantenida con Lucía Zamora.

Agosto, 2013.

Camuflada entre las sombras de un soportal le vi salir del palacete de Carlos Bepo. Sus manos sostenían una hoja de papel que, con cuidado, dobló mediante sucesivos movimientos para luego introducirla en uno de los bolsillos interiores de su gabardina. Durante unas décimas de segundo me sorprendió otra vez verle vestir tan abrigado en una tarde horriblemente calurosa y sofocante, en una tarde típicamente cordobesa. Cierto es que ya me había extrañado su atuendo cuando, minutos antes, yo misma me disponía a llamar a la puerta de aquel reputado crítico musical y, justo en el último momento previo a tocar el timbre, vislumbré la delgada silueta de Juan Águila acercarse por la calle con andares (sorprendentemente) nada sudorosos y sí en cambio muy resueltos; aparición la suya que me obligó a improvisar una repentina huida hasta la penumbra de una casa cercana, casi anexa. No dispuse de demasiado tiempo para asimilar la idoneidad de sus indumentarias según qué situación ya que, tras haber doblado el (que supuse) valioso documento y después de a su vez haber mirado fugazmente a un lado y a otro de calle Armas, nadie vio (ni siquiera distinguió mi acechante figura), estábamos únicamente él y yo, echó correr con pasmosa velocidad hacia la plaza de la Corredera.

Conté hasta tres y emergí de mi escondite para seguirle; por nada del mundo podía perder su rastro y permitir que esquivase de nuevo mis propósitos, cosa que lamentablemente había ocurrido en el viaje en tren desde Málaga la noche anterior, un trayecto en ferrocarril que aún flotaba entre los inquietos rincones de mi mente: un repentino apagón eléctrico, la invisibilidad de los negros campos andaluces al otro lado del doble cristal de la ventanilla, un roce súbito en el pelo y una caricia en los labios, y la nota con un número de teléfono garabateado guardada, como si de un señal o punto de lectura se tratase, dentro de la novela que yo leía o fingía leer titulada La última noche en Twisted River… ¿Te acuerdas? En fin, no había dormido bien y los incontables segundos de incomprensión nocturna todavía resonaban en mi cabeza con la fuerza de un irreal eco eterno, por siempre reverberante… Pero sabes que soy una mujer resolutiva y no permito que la duda ni las flaquezas me atenacen o detengan mis propósitos.

De modo que hice un esfuerzo por aparcar para un momento posterior cada una de las chispas difusas que nublaban mi discernir y, en lugar de regodearme en su contemplación reflexiva, focalicé mis sentidos en la visión de un Juan Águila que esprintaba, internándose en la habitualmente concurrida plaza de la Corredera, en esos momentos desierta debido a la temprana hora vespertina y al insoportable furor térmico. No comprendía el motivo de su prisa, la necesidad de alejarse de allí que le impulsaba. Mientras corría detrás de él a una distancia prudencial (recé en esos instantes para que el golpeteo de mis botas de verano, con algo de tacón, contra el empedrado no me hiciese tropezar ni tampoco causase un estruendo que forzase al huido a girarse y, por tanto, verme o descubrirme inesperadamente) al tiempo que también luchaba por no perder el aliento (cómo agradecí a su vez mis habituales sesiones de footing semanales que me mantenían entrenada).

Fue entonces cuando escuché unos gritos coléricos que llegaban desde detrás de mí. No distinguía el contenido de aquellas palabras vociferadas con un torrente vocal roto, desesperado, mas no me costó adivinar que el hombre furibundo no era otro que el propio Carlos Bepo que, desde la entrada de su palacete, vilipendiaba o exigía vete a saber qué a un Juan que, ya muy lejos de él, no se iba a frenar por sus hirientes insultos y súplicas. Seguramente, algo relacionado con la hoja de papel que Águila se había guardado. Los improperios del anciano me calmaron y a la par me garantizaron que por mucho ruido que yo hiciese el fugitivo no se alertaría ni se volvería nunca para comprobar la identidad de su perseguidor, sino que aceleraría la frecuencia de sus zancadas con el propósito de escapar ileso.

Un vez me hube internado en la plaza de la Corredera no fue difícil dar con Juan que, volcado sobre una de las bicicletas que el ayuntamiento de algunas ciudades pone a disposición de sus habitantes (siempre colocadas en aglomerada hilera y sólo en ciertos lugares muy concurridos y/o céntricos), desplegó una tarjeta y ésta brilló en el ambiente etéreo y cegador de la infernal tarde. Seguidamente, con un movimiento semicircular, el periodista con ínfulas de escritor desbloqueó una de las monturas que allí se acumulaban estacionadas. De un salto se acomodó sobre el sillín y empezó a pedalear y trastear con los cambios, ubicados en el manillar. Alargué mi carrera hasta la fila de bicicletas. Descolgué entonces la mochila que cargaba a la espalda y busqué sin fe una tarjeta que sabía no encontraría. Me lamenté de mi fortuna mientras observaba cómo Juan se alejaba y alcanzaba ya los aledaños de la plaza. En breve comenzaría a ascender por la calle Claudio Marcelo. Para mi asombro la solución al problema llegó repentina. Por desidia o descuido una de las bicicletas había sido mal aparcada por su último usuario y ésta había quedado desprendida del sistema que la apresaba y evitaba su robo. No dudé ni un segundo. Con un palillo para el pelo me recogí el cabello en un estrafalario moño y seguidamente me monté sobre las dos ruedas, y reinicié la persecución, esta vez cada uno de los dos motorizados, o al menos, sobre vehículos rodados, aunque únicamente impulsados por la fuerza de nuestras ancas.

El primer tramo de la ya citada calle Claudio Marcelo fue muy duro. Sin tiempo para hacerme con el dominio de la bicicleta ni ajustar el plato y las marchas, ascendí de pie la empinada pendiente, con las gotas de sudor resbalándome por la frente y el cuello. Qué alivio haber optado ese día por una camiseta de mangas cortas y unos cómodos pantalones; con otro atuendo habría llamado de forma considerable la atención, barrunto ahora. A la altura del Consistorio eché pie a tierra, el flujo constante de vacíos autobuses (¿a dónde irían? Pregunté a la nada) me impedía el paso. Cuando hubieron desaparecido rumbo a la calle San Fernando, divisé el destello de Juan Águila que, descubrí, había seguido trepando hacia la plaza de las Tendillas; eso sí, para mi malvado regocijo, había seguido trepando pero con severas dificultades, ya que su anterior ritmo de pedaleo alegre se había transformado en una lenta y arrítmica cadencia. Aquella cuesta le estaba costando un sacrificio titánico. Tal vez, me figuré, el calor y su inapropiada gabardina le pasaban factura al imbécil, como por otra parte era algo más que lógico.

Volví a arrancar y crucé hasta la otra acera y, desde ahí, con esfuerzo y ante la mirada de las imponentes columnas, testimonio vivo y presente del otrora templo romano, inicié mi subida hacia las Tendillas. Allí tuve que para otra vez. Lo hice a la vera de la fachada del histórico instituto Góngora. En esta ocasión me llevó algunos segundos más dar con Águila. Cuando ya notaba crecer mi impaciencia, le hallé en la lejanía, recorriendo la amplia calle peatonal Conde de Gondomar. Carente de árboles que proyectasen sombra, el calor debía de ser insufrible en ese tramo. Rápidamente compuse un plan que vino a ser el siguiente: el periodista había llegado en tren a Córdoba la noche anterior, al igual que yo, y la lógica sugería que habría cogido habitación en un hotel cercano a la estación. De modo que podría ser una buena idea tomar un atajo para recortar la ventaja que me llevaba y recuperar luego su rastro en la Avenida de América. Si hacía esto, me adelantaría a él y podría cortarle el paso en algún punto del amplio paseo que ahora ocupan las antiguas vías del tren, desde hace años soterradas.

Durante unos breves instantes dudé. Juan Águila no era (no es) lo que se podía decir un hombre lógico o que siguiese de forma alguna los imperativos de dicha lógica ni del sentido común. Sin embargo, me movía una corazonada. Además, había dado con él en casa de Bepo, lo que me hacía creer que no me encontraba mal encaminada en mis suposiciones respecto a él y, por qué no reconocerlo, me sentí amparada por un tipo de incierta dicha o suerte o, llámesele, destino quizá. Convencida de lo acertado de mi improvisado plan de campaña, sintiendo cómo la tela de araña volvía a cerrarse en torno a él (pronto le tendría atrapado), me desvié con mi bicicleta y, a un ritmo endiablado que me obligaba a sortear con pericia los escasos y despistados viandantes que vagaban por el centro de la ciudad, callejeé por la histórica José Cruz Conde y, posteriormente, por Doce de octubre, después de haber atravesado de un modo temerario la Ronda de los Tejares. Mientras serpenteaba por las vías cordobesas, sabía que el parque de Colón quedaba a mi derecha y suponía (deseaba, mi éxito dependía de ello) que Juan Águila se estaría desplazando con su bicicleta por El Gran Capitán o, tal vez (no podía haber seguido mucho más hacia el Oeste) por el paseo de la Victoria y la Avenida de Cervantes.

Entonces fui a dar al vial y giré a la izquierda. Avancé durante un rato por la Avenida de América pero no había ni rastro de mi perseguido personaje. Allí no estaba… Transcurrieron unos minutos y mis esperanzas rondaban ya niveles mínimos. Me culpaba con ahínco por la cabezonería de haber seguido mi intuición en vez de haber continuado mi acecho, cuando apareció la bicicleta de Juan a gran velocidad. A simple vista una podía deducir que había recuperado el resuello perdido subiendo Claudio Marcelo. Desde lejos le observé estacionar su montura en un puesto idéntico al ubicado en la Corredera. Se alejó caminando y yo le imité, no sin antes abandonar también mi bicicleta robada con el resto de sus hermanas posicionadas en hilera; la dejé de idéntica manera al modo en el que me había hecho con ella, no la enganché. Se me antojo el mío un gesto de justicia poética. Además, no me vendría mal tener una herramienta de escape rápido si la situación se complicaba en exceso.

Anduve detrás de Águila hasta que se internó en un imponente hotel cuya mole de hormigón hacía esquina entre El Gran Capitán y la Avenida de la Libertad. Yo conocía el lugar, ya que este establecimiento resultaba y resulta llamativo en la noche cordobesa debido a la iluminación cambiante de sus ventanas. Sí, por muy absurdo que pueda parecer, el hotel, a través de unos potentes faros, muta la tonalidad de su fachada y se convierte durante cada velada en un gigantesco y cambiante caleidoscopio chillón y estrafalario. Juan cruzó el hall sin atender a nada ni a nadie. Llamó a uno de los ascensores y, únicamente acompañado por su concentrada sombra, subió en él. Con las gafas de sol sobre los ojos, me adentré en el elegante recibidor del hotel. El aire acondicionado supuso una bendición paradisíaca, aquel sitio era un oasis en mitad del desierto urbano. Mientras fingía curiosear unos folletos informativos sobre excursiones y lugares típicamente turísticos (Puente Romano, La Mezquita, el Alcázar de los Reyes Cristianos, los Baños Árabes…), memoricé el luminoso y rojizo número cuatro que, sobre la puerta del ascensor, indicaba la planta en la que se había apeado mi inminente víctima. ¿Y si alguien se había subido en esa planta y Juan seguía hasta un piso superior?, me angustié por un momento. Cómo saberlo. Mi temor se deshizo con la misma presteza con la que había cogido forma y se deshilacharon mis miedos debido a que el elevador volvió al bajo y de él emergió una señora de avanzada edad e inseguros ademanes. Definitivamente, Águila, sin saberlo, me aguardaba en el cuarto.

Las pronunciadas y alargadas escaleras me condujeron hasta el pasillo de aquella planta. Puertas a ambos lados franqueaban el taconeo de mis pisadas. El silencio pesaba como una losa en esa zona del hotel. No sabía cuál era su habitación, pero, ya te lo dije antes, soy una mujer de recursos. De mi mochila cogí el teléfono y al dictado de la tarjeta que dormía en el bolsillo izquierdo de mis pantalones, marqué el número que allí estaba escrito: 766 79 06 49. Y esperé. Y entonces sonó, sí. Entonces el aparato dio señal y cada uno de los zumbidos de la llamada crepitó acompasado al soniquete de un móvil que mis oídos deducían que debía de hallarse dentro de la 0401… Colgué y toqué con los nudillos a la puerta. Y volví a esperar. Entonces me abrió un sonriente Juan Águila, ya sin gabardina y con las mangas de su camisa estampada dobladas hasta los codos. Iba descalzo y, mientras reparaba yo en ese hecho y también contemplaba que sus talones pisaban el bajo de los vaqueros, él me dijo con inexacta redundancia: “¡Hola, Lucía! Veo que viste la tarjeta”. “Eso parece, ¿por qué la dejaste dentro del libro?”, pregunté yo. “Estábamos jugando, ¿no?”, fue su única contestación que, en el fondo, no era para nada una respuesta sino otra cuestión, una indagación distinta a la que yo le había hecho. Miré con intensidad sus ojos azules y él se apartó de mi camino, se echó a un lado y me invitó a pasar.

Una vez dentro, cerró la puerta y me comentó algo que no escuché. Me aproximé hasta la gabardina, que se encontraba tirada sobre un sillón granate, mientras percibí música procedente del baño; detrás de la puerta entornada tenía que haber una radio encendida o algún reproductor porque aquellas eran las notas del tema ‘Bobby Jean’, de Bruce Springsteen y la E Street… La hoja de papel sobresalía de uno de uno de los bolsillos interiores. Su respiración en la nuca me sobresaltó. Giré sobre mí misma y quedamos frente a frente. Entonces nos besamos y yo le arranqué del rostro esas enormes gafas de ver, que rodaron por el firme, y Juan me arrancó el palillo que me recogía el cabello. Le lancé sobre la cama, luego me quité la camiseta y me dejé caer sobre él, y le planté mis tetas en la cara y eso le encantó, como ya adiviné la noche anterior en el tren, por lo que con fiereza me desabrochó el sostén mientras yo le despojaba de la camisa y el rítmico solo de saxofón llegaba hasta nosotros desde las insondables profundidades del lejano cuarto de baño…

En realidad, creo que tampoco debo contarte todos los detalles de las horas que estuve con Águila en el hotel. Ése no es el acuerdo al que llegamos en la primera de estas llamadas. Hay cosas que quedarán entre nosotros, es decir, entre él y yo, se entiende; que no te relataré, vaya. Pero te aseguro que ese día lo pasamos a las mil maravillas los dos juntos y que, largo rato después, el fogoso Juan quedó profundamente dormido y entonces yo registré la habitación de arriba abajo (efectivamente, sobre el lavabo había un reproductor de música conectado a un pequeño altavoz). Y, por supuesto, me adueñé de la hoja de papel, un documento que, para mi incredulidad, contenía la letra, la mismísima letra, de la canción perdida de Elston Gunn. En otro bolsillo, esta vez de sus pantalones vaqueros, hallé una fotocopia de dicho documento. Ésa era la razón por la que Águila había tardado tanto en llegar al lugar en el que yo le esperaba apostada. Se había detenido en cualquier reprografía del centro a sacar un duplicado de los versos del tema. Había sido muy precavido el listillo, pero de poco le sirvió, ya que me llevé la copia conmigo.

Cuando hube repasado todas sus pertenencias y el fondo de su maleta, me terminé de vestir, sin calzarme todavía, agarré mi mochila y me dispuse a abandonar la habitación de hotel. Ya era tan tarde que afuera comenzaba a anochecer. Antes de salir de la 0401 le contemplé dormir por unos instantes, iluminados sus rasgos por los penúltimos rayos del sol vespertino, unos visitantes venidos desde detrás las cortinas, y el resto de su cuerpo en sombra bajo las sábanas. Y fui tan tonta que volví a compadecerme de Juan, pero soy una mujer resolutiva y no me permito flaquezas; te lo repito… En silencio cerré la puerta, me puse los zapatos y el pasillo se tragó el golpeteo contra el suelo de mis botas de verano, con algo de tacón. La araña había devorado al estrafalario Juan Águila después haber urdido la pegajosa tela que le había apresado… Gracias a su acción había llegado hasta mí ese valioso documento. Me había dado muchísimo más de lo que yo esperaba recibir de él. Me había puesto sobre la pista correcta… Me llevé la letra de la canción y también la copia por todo lo anterior y porque yo no podía consentir que aquel periodista de tres al cuarto, sin imaginación ni talento para escribir el texto que decía estar preparando, tuviese en su poder el borrador con el texto de aquella magnífica canción casi borrada de la Historia; no podía consentir que él se hiciese con lo que a mí me pertenecía y, de hecho, me pertenece por legítimo y hereditario derecho. La sangre es la sangre.

Continúa con la octava entrega de Rebobina

***

Foto de portada: Estatua de John Lennon en La Habana  (Aris Gionis).

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