The Grandmaster: Kung-fu crepuscular

Es ésta una película que parece oriental sin más, pues posee todos los rasgos que definen al cine chino según la opinión más extendida y tópica: una fotografía muy bonita, gente tomando sake o té, sentimientos contenidos, morosidad en el desarrollo de la trama, y frases semejantes a un haiku que no significan mucho pero que lo simbolizan casi todo. Puede que la distancia cultural constituya aquí, por lo tanto, la principal traba para el espectador hispánico. Aunque todas las personas sienten lo mismo en todos los sitios, para que me entiendan piensen en que se proyecta, como si fuera por completo contemporánea, una copia de Sor Citröen en Sudance 2014: les aseguro que sería el film más salvajemente vanguardista del festival.

Pero si reducimos The grandmaster a los chiclés asiáticos, pasaremos por alto dos cosas muy importantes: la primera, que es una película muy, muy extraña, en la que los hechos cruciales se narran mediante escuetos textos blancos con fondo negro; en la que todos los sentimientos de los personajes, más que manifestarse, se vislumbran; en la que se vulneran unas cuantas normas de organización narrativa; y en la que hasta las peleas parecen motivo de introspección.

La segunda es que estamos ante una película bellísima y extraordinaria.

No sorprende que sus imágenes alcancen un nivel de pureza estética magistrales (emplea Wong Kar Wai planos cortos, primerísimos planos y planos detalle, incluso intercalados, con una soltura exquisita), ni sorprende la contención tan expresiva encomendada a los actores, pues en sus rostros reside la complejidad del personaje. Pero sí que escuchemos una banda sonora de partitura tan clásica, hoy en día casi demodé, que lo mismo incluye un crescendo de trombones como una desnuda melodía de erhu.

Y al margen de la técnica, ¿qué cuenta la película? Pues la sinopsis es engañosa. Habla de la vida, en efecto, del buen Ip Man, pero ello no supone sino una excusa para seguir desgranando el amor, el paso del tiempo, el aferro a la estirpe y a las tradiciones, a las dudas morales o sentimentales -lo mismo, en realidad-, y a todo lo que ya ha aparecido antes en la obra de este gran director.

Yo reconozco aquí que, habiendo visto dos veces In the mood for love (Deseando amar, vaya), no pude emocionarme en ningún momento. Y cuando me dispuse a ver The grandmaster lo hice sin apenas expectativas; sin embargo, a medida que avanzaba el metraje, me dejé llevar por la historia -o la historia por mí-, y para cuando quise darme cuenta me encontraba en la segunda guerra mundial, y lamentaba el desgarro que había causado en China a tanta gente, y me importaba lo que les ocurriese a los protagonistas de este drama tan sofisticado.

He leído por algunos sitios que la historia es digna de un folletín; pero no tanto, y mucho menos que las de otros productos que se hacen pasar por atípicos o independientes. Todo en The grandmaster está equilibrado, destila eso tan poco frecuente como es el “buen gusto”: sin excesos, sin alardes de sentimentalismo, con un guión tan fino como bien desarrollado, y con un tempo de los hechos tan propio que se acerca a la solidez de un bloque de granito. Incluso parece que a veces se tiene a sí misma por “película pequeña”, y rehúye por ello toda deliberada trascendencia.

No es una película para todos los gustos (lo que es yo, dudo que se la recomiende a más de media docena de conocidos), pero sí un plato de primera categoría.

¿Qué gafas me llevo?

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Entonces: ¿voy a verla?

Si quieren ver una película muy buena y muy rara de cojones, ésta es su oportunidad.

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