Citius, altius, fortius

Julián Carpintero | Falso 9

Derrumbado y hecho pedazos. Ese fue el estado en el que el Ejército italiano encontró el Obelisco de Axum a finales de 1935, en mitad de la invasión de Abisinia que Benito Mussolini había ordenado para la expansión de su proyecto de Imperio y que tenía en el noreste de África su punto de partida. Cuentan que fue un terremoto lo que causó el desplome de la majestuosa construcción, de 24 metros y más de 1700 años de antigüedad, la misma con la que los fasci regresaron a Italia en octubre de 1937 como un trofeo de guerra y que colocaron, para mayor gloria del régimen, en la romana Piazza de Porta Capena, junto al Ministerio de la África Italiana.

Dos décadas después, una lágrima se confundía con las gotas de sudor de Abebe Bikila, un joven etíope que, descalzo, protagonizó una de las mayores hazañas de la historia del olimpismo cuando, al pasar frente al expoliado monumento, despertaba la admiración de todo el planeta y el orgullo de sus antepasados.

Pocos eventos deportivos han sido capaces de congregar tamaña cantidad de gestas como lo hicieron los Juegos Olímpicos de Roma de 1960. La XVII edición del sueño que el barón Pierre de Coubertin hizo posible en 1908 supuso un antes y un después en las citas olímpicas, pues éstos fueron los primeros Juegos en ser retransmitidos por televisión y en contar con una competición paralela dedicada a los atletas paralímpicos.

En los 18 días en los que duró el certamen, a la gimnasta soviética Larisa Latynina le dio tiempo a ganar seis medallas; el rey Constantino II de Grecia comandó al oro a su equipo de vela; la PalaLottomatica fue testigo del inicio de la leyenda de Cassius Clay; y la atleta norteamericana Wilma Rudolph olvidaba la poliomelitis que padeció cuando era una niña colgándose tres oros en pruebas de velocidad.

Pero, por encima de todas las cosas, fueron los de Roma unos Juegos en los que el continente africano tuvo la ocasión de reivindicarse a ojos del mundo cuando más lo necesitaba –sería la última participación de Sudáfrica, penalizada hasta 1992 por su política del apartheid– al encontrar en la figura de aquel etíope enjuto y seco, que diría Machado, el mejor abanderado posible.

Nacido en Mout en 1932 en el seno de una familia humilde, el pequeño Abebe heredó el espíritu indómito de su nación, ya que Etiopía puede henchir el pecho de orgullo al afirmar que es el único país de África que nunca fue colonizado por los europeos. Cuando vino al mundo, hacía sólo dos años que Tafari Makkonen –que pasaría a la historia con el nombre de Haile Selassie I– había accedido al trono de emperador como supuesto último descendiente del Rey Salomón en la Tierra. No obstante, después de los seis años en que duró la ocupación italiana, Haile Selassie volvió de su exilio en Inglaterra para seguir marcando los designios de Etiopía desde Adís Abeba.

Uno de los niños que luchaba por sobrevivir en los campos del país respondía al nombre de Abebe Bikila, cuya existencia giraría radicalmente tras la irrupción en su vida del entrenador sueco Onni Niskanen, quien tras la lesión de Wami Biratu vio en él un diamante al que pulir, pues, a pesar de que había empezado a correr a los 17 años y contaba con un físico privilegiado para recorrer grandes distancias, adolecía de la técnica y la mentalidad necesarias para poder soñar con un triunfo de tronío.

Adebe Bikila en el maratón de Roma 1960 (Foto: Wikipedia http://en.wikipedia.org/wiki/File:Abebe_Bikila_maratona_olimpica_Roma_1960.jpg)

Abebe Bikila en el maratón de Roma 1960 (Foto: Wikipedia)

Así, casi sin esperarlo, Abebe se plantó en los Juegos Olímpicos de Roma para participar en la maratón, sin duda una de las pruebas estrellas del olimpismo, gracias a que el COI le sufragó el viaje y la estancia en la ‘Città Eterna’. Fue entonces cuando el mundo se estremeció al observar a aquella gacela a la que no le hicieron falta zapatillas para ganar la medalla de oro y establecer una plusmarca mundial en dos horas, 15 minutos y 16 segundos batiendo al marroquí Rhadi Ben Abdesselem.

Adidas, marca oficial de los Juegos, ofreció a Bikila varios modelos de calzado pero los rechazó todos porque se sentía más cómodo corriendo como lo había hecho desde que era pequeño. “Quiero enseñar al mundo que mi país ha logrado siempre todo con determinación y heroísmo”, dijo a los periodistas cuando éstos le preguntaron por sus pies descalzos, justo después de haberse enfundado en un abrazo con su hermano Albalonga, también maratoniano, en medio del Estadio Olímpico bajo la bandera verde, amarilla y roja de su país.

A su vuelta a Etiopía recibió honores de Estado y fue nombrado miembro de la Guardia Imperial de Haile Selassie, pero su vida continuó midiéndose zancada a zancada. Cuatro años después, en los Juegos de Tokio volvió a colgarse el oro pese a que tuvo que ser operado de apendicitis seis semanas antes de la prueba y no tuvo tiempo de realizar la preparación que a él le hubiera gustado. Esta vez el COI le obligó a utilizar zapatillas como al resto de atletas, una especie de grilletes de los que se liberó al entrar en la meta, instante que aprovechó para lanzar un beso al cielo y sacar una foto de su malogrado hermano Albalonga.

Comenzaría entonces una cuesta abajo en su vida que tendría su punto de inflexión en los Juegos de México de 1968, en los que un veterano Abebe no pudo terminar la prueba a causa del exceso de altitud. Para más inri, un accidente de tráfico un año después le dejaría postrado en una silla de ruedas, un golpe moral al que no pudo sobreponerse y cuyas secuelas en forma de hemorragia interna le provocarían la muerte con sólo 41 años. Sin embargo, la instantánea de un descalzo Bikila rodeando el Obelisco de Axum aún hoy representa el alma contestataria de un continente que comenzaba a despertar y que ansiaba romper las cadenas que tan fuerte oprimían sus cuerpos y sus mentes. “Más rápido. Más alto. Más fuerte”.

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Foto de portada: Abebe Bikila con la medalla de oro en la maratón de Tonkio 1964 (Foto: Wikipedia)

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