Sufridores (sentimientos, ideas y causas)

¿Ha sido sanguinaria y celosa la humanidad contigo, hermano mío, hermana mía?
Lo lamento por ti, conmigo no fue sanguinaria ni celosa.
Conmigo todos fueron amables, no llevo cuenta de lamentaciones.
¿Qué puedo hacer yo con las lamentaciones?

(Walt Whitman, Canto de mí mismo)

La mayoría de las veces (por no decir, “todas”, lo que quizá sea exagerar) no se discute para confrontar las ideas que uno tenga con otras deslumbrantes que a lo mejor posee el vecino: se discute para tener razón. Primero se lanza la mosca lo más lejos que se puede y, en cuanto el rival replica, aguzamos los oídos para tirar de la caña con fuerza en el momento más oportuno. Llevo ya muchos años tratando de aprender bien el arte de discutir. Precisamente para no liarme yo en esas bajezas dialécticas. Gratifica más una discusión en donde uno se come su orgullo y se traga su ignorancia. Tampoco se crean que sé discutir así todas las veces: tardes hay en que me muestro tan obcecado como los demás. En cualquier caso, he ido notando también cuáles son los recursos más viles que se emplean con frecuencia. No hace falta irse al opúsculo (que por lo demás nunca me ha entusiasmado) de Schopenhauer sobre dialéctica erística, que desgrana el asunto en exceso.

Voy a ofrecerles hoy uno de esos argumentos repugnantes con el cual el pescador demagogo atrapa a los besugos una y otra vez. Su mayor maldad consiste en que, cuando alguien lo usa, ni siquiera es consciente de que no es ni siquiera un argumento, ya que trata de situarse por encima de cualquier otro argumento.

Ideas y sentimientos…

Dice el lingüista Agustín García Calvo que, en la lengua, en el mundo de las palabras con significado, se pueden distinguir dos tipos, un poco a lo bruto: las ideas y los sentimientos.

Las ideas están constituidas por una serie de rasgos cerrados, más o menos definidos, y no precisan para su aclaración más que de una explicación formal. Por ejemplo: ‘El Ministerio de Hacienda’, ‘Suiza’, ‘un libro’, etc. Cierto que todas las palabras de la lengua, sobre todo cuanto más usadas, tienden a cambiar de significado con el tiempo; pero estos cambios son descriptibles y pueden consignarse históricamente. En el caso de nuestros tres ejemplos, para saber qué es el Ministerio de Hacienda, o Suiza, basta con una definición oficial pertinente, y ésta suscitará en la gente pocas dudas.

Los sentimientos, por el contrario, parecen más libres de una definición cerrada; y si uno trata de racionalizarlos, de dar cuenta de ellos, se encontrará con una perpetua falta de límite, como si pudiera añadirse, y hasta como si hiciera falta, otro y otro matiz más. Traten de responder a la pregunta de “¿qué es el amor?” entre doce; habrán pasado ustedes todos a mejor vida antes de que se alcanzase un completo consenso. Ni con cinco poetas entre medias.

…que se entremezclan         

Sin embargo –he aquí la clave del artículo de hoy–, todo esto no quita que las ideas, a su vez, puedan provocar sentimientos; ni que los sentimientos, del mismo modo, tiendan a petrificarse en ideas. La idea de ‘Cataluña’, por ejemplo, que necesita de una definición territorial cerrada y exacta (si no, podría confundirse con ‘Aragón’, o hasta con ‘Murcia’), ¿qué sentimientos no provocará en un joven y apasionado nacionalista? Y el sentimiento del amor, que parece indefinible y hasta ilimitado, ¿consistirá en la misma idea para el arzobispo de Granada que para un concejal de Izquierda Unida? Muy seguramente no.

Porque tendemos a lo uno tanto como a lo otro. Sin embargo, ese entrecruce nos trae problemas. No está mal racionalizar lo que sentimos o pensamos: o sea, no está mal razonar acerca de ello, o tratar de entenderlo, de hacerlo accesible a la razón. Pero convertir las cosas del sentir en ideas bien cerradas traiciona lo indefinible del sentimiento; y convertir las ideas demasiado en sentimiento nos lleva a profesar una ideología,  que se sitúa por ello más allá de cualquier razón: por eso de las ideologías se dice que son irracionales.

Vaya berenjenal, ¿eh?

No tanto.

El eterno reproche

Llegamos al argumento usual que les había prometido.

Se trata de esa frase tan española, tan ramplona, tan de cajetilla de ducados y caña con su tapita, o tan de comentario con mucho karma de periódico digital: “¡Eso lo dices porque no te ha pasado a ti!”. Aunque sirve igual la variante: “Si hubiesen matado a tu hijo no pensarías lo mismo”. La cual se usa muchísimo para cualquier discusión acerca del terrorismo o de los accidentes de coche con conductores borrachos. Personalmente me fascina cuando adquiere la forma de maldición futura: “¡Ojalá no te pase a ti lo mismo, a ver lo que pensarías!”. Con ese ojalá bilioso que anhela convertirse en te lo dije.

Si tú fueras Charles Manson, también lo habrías hecho

Si tú fueras Charles Manson, también lo habrías hecho

Un ejemplo

Hace no mucho le di vueltas a todo esto cuando una señora se encontró con el violador de su hija –un señor que estaba de permiso, pero cumpliendo su condena, pues la violación había sucedido hacía muchos años– en una cafetería; la señora se marchó, cogió un bidón de gasolina, y le prendió fuego al violador tras preguntarle si se acordaba de ella. El hombre falleció. Las declaraciones de la asesina en el juicio oscilaban entre el reconocimiento de una enajenación mental y la insistencia en que ese violador, en cierto modo, se lo merecía (solicitó el indulto, de hecho). Las discusiones que leí o presencié sobre este asunto apenas se detenían en la utilidad de la justicia, o en el valor de las leyes en sí, sino que casi todo el mundo aplaudía la inmolación del violador porque había que ponerse en el lugar de la madre.

Lo que equivale a decir: “Todas las razones que me des, por muy bien que me lo argumentes, toparán con el obstáculo de que la madre sentía un dolor terrible; por lo tanto, estaba incapacitada para razonar, y lo que hizo resultó inevitable”. Y quien dice inevitable dice necesario.

A mí eso me ha sonado toda la vida como si estuviera el carro delante de los caballos. Intriga además que ese “ponte en su lugar” nunca se emplee para referirse a la catarsis con los verdugos, con los malos; nadie diría “cómo se nota que no eres un pederasta secuestrador: si lo fueras, también tú lo habrías secuestrado”. Sin embargo, si alguien hace algo cegado por el dolor, ese alguien, más allá del bien y del mal, más allá del juicio ajeno, es incluso hasta “bueno”.

Se logra así la proeza de lo que Max Weber decía en su excelente libro “El político y el científico”: se usa la ética “como medio para tener razón”. “Nada más abyecto en este mundo”, apostillaba.

Y sin embargo…

¿Dónde se encuentra entonces la falacia lógica del argumento, la contradicción?

En lo siguiente: que, cuanto más se siente un sentimiento, menos se vuelve éste una idea cerrada y precisa. El dolor, por ejemplo, o arrebata o paraliza; o te lanzas rabioso contra lo que duele, o te quedas aletargado en un rincón; pero un dolor que se justificase a sí mismo a través de unos actos razonados y precisos, ¿qué clase de dolor ponzoñoso sería? Y un amor ciego y absoluto, si se entregase al cálculo de lo que la pasión le renta al enamorado, ¿no sería un amor de opereta?

Nos queda –ya lo dijimos– la posibilidad de racionalizarlo; pero eso se logra indagando en él, conociéndolo, analizándolo. Labores todas psicológicas, o verbales (lo que hacemos aquí con la lengua). Y que no valdrían para sustentar acción positiva alguna, ni para andarse la vida alimentando el propio dolor como si fuera éste una planta a la que regar periódicamente con un poco de inquina.

Ser precavidos

La excusa del sentimiento como idea se presta a la creación de ideologías y causas. Por eso es peligrosa. Que se muestre una catarsis sistemática y apasionada hacia las víctimas –no afecto o simpatía, no: catarsis, exaltación incluso– nos acerca al riesgo de que las víctimas adquieran el rol de víctimas profesionales; de que sean incapaces de liberarse de su condición. Y que, por lo tanto, no sólo generen ellas mismas ideas definidas y férreas sobre su dolor, sino que se tengan por portadoras de una inherente superioridad moral. Cosa que ya está sucediendo.

Ser maltratado no es ningún mérito", dijo una vez. Y -cosa rara- nadie le llamó fascista.

Ser maltratado no es ningún mérito”, dijo una vez. Y -cosa rara- nadie le llamó fascista.

Creo necesario que en días como los nuestros, tan dados a ese respeto casi sacro por lo irracional (ni Rousseau habría mostrado tanta reverencia), se examinen sin compasión los motivos de cada uno de los actos ideológicos.

Y animo a los lectores a perderles el respeto a las causas, y a examinarlas primero con el debido juicio. Por muy absolutas que nos parezcan, por muy justificadas, por mucho que se amparen en el dolor.

Porque puede haber cosas al margen de la razón; ideas por encima de ella, ninguna. Que alguien sienta algo no garantiza que esté en lo cierto; sólo garantiza que lo siente.

Lo cual implica a su vez otras cosas… que dejaremos para otra ocasión.

***

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