Philomena y a otra cosa

Desde que en 2009 los señores académicos decidieran nominar a más de cinco películas para su máximo galardón, ha tenido lugar un fenómeno que va camino de convertirse en tradición. En todas las ediciones desde entonces, siempre nos encontramos con una nominada que la gente común no entiende. En 2009 fue The Blind Side (el telefilm de Sandra Bullock salvando a un pobre negro de la exclusión social), en 2010 127 horas (James Franco se pierde en el monte y se corta una mano), en 2011 Tan fuerte, tan cerca (niño buscando pistas para que lloremos) y el año pasado El lado bueno de las cosas (una comedia romántica de toda la vida pero con actores muy buenos).

En la lista anterior, no todo son malas películas, de hecho algunas me gustaron, pero son títulos que todos sabíamos perfectamente que no tenían ninguna posibilidad de ganar, y que si no hubieran estado entre las nominadas nadie las habría echado de menos. Como digo, es casi una pequeña tradición, que podría dar pie a futuras apuestas por “la nominada absurda del año”. Este 2014, Philomena tiene el gran honor de incorporarse a la colección.

Ir a ver Philomena te va a suponer el mismo esfuerzo que ahorrártela, y eso es una de las mejores cosas que se puede decir de ella. Es una película agradable, bien escrita y con una factura tan academicista como intachable, pero de la que casi seguro saldrás indiferente. Cumple todos los requisitos para llevarse la etiqueta de “correcta”, que es una de las peores cosas que se puede decir de una película.

Philomena, una irlandesa muy buenaza y muy católica, tuvo una aventurilla en la adolescencia que nueve meses después fructificó en un churumbel. Instalada en un convento en régimen de semiesclavitud para almas descarriadas, una de las cláusulas del contrato era que el fruto del pecado de la chica era propiedad de las monjas. Las religiosas, como no, ejercían ese derecho otorgado por ellas mismas vendiendo los infantes a familias americanas con ganas de familia y dólares en los bolsillos. Desde que se llevaran al suyo, con unos tres años, Philomena se ha preguntado qué sería de él.

Todo esto es el origen de la historia, el desencadenante que llevará a Philomena a juntarse muchos años después con un periodista en horas bajas, Steve Coogan, para buscar respuestas. Él es un inglés muy inglés y muy cínico al que la conmovedora historia de la protagonista le da bastante igual, pero que aun así se suma a la aventura porque no le queda más remedio. El resto, ya os lo imagináis: personajes contrapuestos que aprenden el uno del otro, momentos chistosos por lo diferente de la anciana y el periodista, monjas malvadas, un par de lagrimitas y a casa que se hace tarde.

La maravillosa interpretación de Judy Dench y la corrosiva visión del mundo de Coogan son los principales salvadores de Philomena. También merece parte del mérito el guionista, muy hábil para crear situaciones de complicidad entre los personajes, y la banda sonora, que tiene la elegancia de ser emotiva sin pedirte a gritos la ansiada lágrima. Por último, por qué no decirlo, la certeza de que se trate de una historia real siempre ayuda en la tarea de no excederse al criticar sus dejes maniqueos y la excesiva voluntad por beatificar a la protagonista.

Y ya está, no esperéis mucho más porque no lo encontraréis. Bajad vuestras expectativas y entrad a la sala con la seguridad de que no vais a ver una de las películas del año. Quizá así seáis capaces de disfrutarla como una versión deluxe de una cinta televisiva de sábado por la tarde. En el peor de los casos, su escasa hora y media garantiza que el calvario no sea para tanto. Y a otra cosa.

¿Qué gafas me llevo?

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Entonces: ¿voy a verla?

Si tienes especial interés en completar las nominadas a mejor película, daño no te va a hacer verla. Y si eres fan de las historias llenas de humanidad y buenas personas, quizá hasta salgas aplaudiendo. Si no perteneces a ninguno de los dos clubs, puedes dejar que pase tranquilamente por la cartelera.

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