Un reino feliz

Había una vez un reino donde el sol brillaba siempre. En este reino cundía la alegría. Eso era lo que decían los pregoneros reales. Sus gentes estaban siempre muy contentas. El rey velaba por que así fuera. Le hubiera disgustado profundamente ver descontento a alguno de sus ciudadanos. Nada había bajo la faz del cielo que pudiese disgustarle más o causarle mayor enojo. Por eso, el rey se mantenía ojo avizor. Vigilante en todo momento, para que la alegría no escaseara. No quería dejar cabos sueltos. No consentía que nada que proviniese de fuera traspasase sus fronteras, para que nada malo pudiera enturbiar el buen ánimo general.

Él protegía a su pueblo. Sobre todo y ante todo, protegía la alegría de su pueblo. Lo último que hubiera deseado este buen gobernante era que algo la desluciese. Por eso, jamás bajaba la guardia. Y dormía con un ojo abierto. Por si esto fuera poco, había atado unos lebreles a la cabecera  de su cama, para que le despertaran con sus ladridos estruendosos en mitad de la noche si, con su aguzado oído y su fino olfato, percibían que algo no marchaba como era debido. El rey era un hombre sabio, y por eso sabía guardar todas las precauciones. Eso es lo que hacen los hombres sabios.

Este rey era el más sabio de todos, porque lo había coronado nada más y nada menos que un pajarito. Un ave mágica, prodigiosa, legendaria, que sabía discernir quién era un buen gobernante y que escogía sólo a los mejores, a aquellos que se hallaban adornados con excelsas prendas y con las más intachables cualidades. Cuando el anciano rey murió, el pajarito descendió en picado desde las alturas, como un rayo divino y sumario, que fue a parar a los pies del  nuevo, señalándolo como el sucesor legítimo sin que cupiera lugar a las más parvas dudas. Su pico afilado se clavó allí, a los pies del nuevo rey, como una flecha infalible, y los ciudadanos supieron de inmediato que aquello se trataba de un mandato de índole sobrenatural, y le aclamaron, cargándolo a hombros y llevándolo en andas por la plaza, aupado sobre las parihuelas de sus manos.

El nuevo rey era un buen rey. Cómo amaba a sus súbditos. Como ya hemos dicho, no permitía que nadie fuera infeliz, de modo que creó un Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del  Pueblo. Desde este viceministerio, los cortesanos que trabajaban a las órdenes del monarca se aseguraban de que todos estuvieran contentos. ¿Qué más se podía pedir? Un rey elegido por un pájaro y felicidad en vena para la población entera. El paraíso ya había llegado a la Tierra y nadie lo sabía.

Nadie lo sabía porque nadie quería enterarse. El pueblo (plebe más bien, si es que hay que hablar con propiedad), era un organismo desagradecido por naturaleza. Los ingratos hacían oídos sordos a aquello que más les convenía. Fruncían la nariz, con un mohín de rabieta arrugándoles los labios, como niños melindrosos a los que se les pone delante un plato de acelgas. Malditos ellos que no deseaban ser felices. ¿Qué demonios les ocurría? ¿Por qué se empeñaban en no estar contentos? Al pueblo no había cristiano que lo entendiese. Aquellos ciudadanos no se entendían ni a sí mismos, y aun más lejos estaban de saber lo que querían.

Por eso el rey instituyó una Comisión de la Verdad, para que la dilucidara y se la contase a sus súbditos sordos. Y también anunció que llegaba el Carnaval, y subió la música y zapateó más fuerte para que todos lo oyeran. Y soltó a los lebreles.

Había una vez un reino donde el sol brillaba siempre. Había una vez un reino en el que los pájaros coronaban a los reyes. Había una vez un reino en el que se levantaban murallas gruesas de puntiagudas almenas para que el mal no entrase desde fuera. Había una vez un reino en el que los ciudadanos tenían que ser felices. Había una vez un reino en el que los lebreles corrían sueltos por las calles. Había una vez un reino en el que las reinas de la belleza morían de un disparo en la cabeza.

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Foto de portada: Detalle de corona (Foto: Jose Mesa)

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