Muhammad Ali, el origen

Sergio Menéndez | Falso 9

“¡Tráguense sus palabras! ¡Soy el mejor! ¡El mejor! ¡He estremecido al mundo entero!” Puede que los asistentes al duelo celebrado el 25 de febrero de 1964 en el Convention Center de Miami Beach no fuesen del todo conscientes de la repercusión que con el tiempo terminaría adquiriendo el espectáculo que acababan de presenciar sobre el ring. Pero lo que la mayoría de los medios de comunicación habían vendido como un combate donde la principal incógnita residía en el número de asaltos que Cassius Clay lograría mantener la vertical frente a Sonny Liston, la crónica de una muerte anunciada, en definitiva, deparaba en realidad una sorpresa de dimensiones tan colosales como las hechuras de un púgil que aquella noche se había subido al ring como campeón mundial de los pesos pesados y daba con sus huesos sobre la lona al filo del séptimo round.

Boca arriba y empleando las pocas fuerzas que le quedaban en levantar la cabeza en busca de una explicación lógica a lo que acababa de suceder, Liston contemplaba a su rival impotente y con las manos en alto, como si le estuviesen apuntando con una pistola. Pero quien lo miraba desafiante desde las alturas no le mostraba más armas que su bíceps derecho, justo antes de darse la vuelta y proclamar a los cuatro vientos su nueva condición dentro del boxeo. Quizá entonces no lo supiesen, pero acababan de presenciar una imagen histórica y el nacimiento de una leyenda.

Campeón de los pesos pesados desde septiembre de 1962 después de noquear a Floyd Patterson en el primer asalto, no había dudas de que Sonny Liston constituía el boxeador más temido de su generación. Y no fue precisamente en un gimnasio donde se formó, sino en la  penitenciaría del estado de Missouri, centro en el que cumplía una condena de cinco años por un delito de robo a mano armada y en el que empezó a desarrollar las habilidades que luego le permitieron ganarse la vida en el cuadrilátero junto a sus dotes para infundir el terror en los oponentes con sólo clavarles la mirada y dos manos de las que brotaban unos dedos como plátanos. No en vano se le apodaba “The big bear”.

Cassius Clay, por el contrario, concurría a la cita tras hacerse con el oro olímpico en Roma ’60 merced a su excelente juego de pies, rapidez de reflejos y una pegada que apenas se recordaban en alguien de una envergadura tan considerable. Condiciones que, sin embargo, lo situaban a ojos de la prensa y voces autorizadas del deporte de las doce cuerdas en desventaja con Liston. Algo así como un Drederick Tatum vs Homer Simpson.

Quizá por este motivo, fiel a la fama de lenguaraz que arrastraba consigo, Clay decidió inclinar la balanza a su favor y adjudicarse un tanto en la batalla por los intangibles provocando al gigantón de Arkansas con todo un despliegue de fanfarronadas que pasaron desde alquilar un autobús para que se paseara por las calles de Florida con el mensaje “Liston caerá en el octavo asalto” y acudir a los pesajes luciendo una cazadora en cuya espalda se podía leer “La caza del oso”.

Dicen incluso que después de reclamar su presencia al grito de “¡Traedme al gran oso feo!” el propio Clay se había ocupado en resumir a Liston sus virtudes a través de una frase acuñada por Drew Brown, uno de sus asistentes, y que pudo escucharse por primera vez la misma mañana del combate cuando vino a avisarle de que aquella noche “flotaría como mariposa y picaría como una abeja”.

Y no le faltaba razón al chico de Louisville, que no tuvo dificultades en esquivar los mazazos que le mandaban desde la esquina contraria. Sólo un corte a la altura en el pómulo izquierdo en el tercer round le pudo generar algún problema en las mangas posteriores debido a una sustancia irritante con que su rival pudo haberse rociado los guantes. Pero Clay logró rehacerse y, toda vez recobrada la electricidad de sus puños, se impuso a su rival nada más mostrarse el séptimo cartelón. Tirado en la banqueta, incapaz de ponerse en pie, Liston únicamente alcanzó a escupir el protector bucal.  KO técnico, campana y se acabó.

Esta semana se cumplen 50 años del combate que enfrentó por primera vez a Sonny Liston y Cassius Clay, uno de los mayores espectáculos que jamás se haya podido ver sobre un ring y consagración, a su vez, del boxeador más grande de todos los tiempos. Un hombre que al día siguiente de proclamarse campeón de los pesos pesados contra todo pronóstico, sorprendería de nuevo al anunciar su conversión al Islam, lo que repercutía sobre la forma en que sería conocido desde ese preciso instante en la medida en que su nombre pasaba a ser Cassius X primero, inspirado por su viejo amigo Malcolm X, carismático líder del movimiento a favor de los derechos de los afroamericanos, para transformarse luego en el legendario Muhammad Ali.

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Foto de portada: Muhhamad Ali (Foto: benyupp)

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