Guerras sucias: The American way of war

Contaba Alessandro Baricco que, investigando la “influencia” –por usar un eufemismo- que el editor de Raymond Carver ejercía sobre los cuentos del autor americano, se acercó a una biblioteca de Bloomington para consultar los manuscritos originales de Carver con las correcciones de Gordon Lish –el editor–. A diferencia de lo que habría ocurrido en Europa, le permitieron el acceso a los documentos sin el mayor problema. “En casos como éstos yo oscilo entre dos pensamientos: «Son así y sin embargo matan a la gente en la silla eléctrica» y «Son así y por eso matan a la gente en la silla eléctrica»”, dice Baricco en su famoso artículo sobre el tema.

Algo así he pensado yo al ver Guerras sucias, el documental de Rick Rowley sobre el trabajo del periodista de investigación Jeremy Scahill, que narra las operaciones estadounidenses encubiertas en la denominada “Guerra contra el terror”. El documental es brillante por su forma y por su fondo. Es capaz de sacar a la luz un tema terriblemente importante y complejo, lleno de aristas y de puntos oscuros, y hacerlo de manera clara, concisa (el metraje no llega a la hora y media) y, sí, entretenida.

El ritmo que Rowley le imprime a la investigación de Scahill lo convierte casi en un thriller periodístico. El documental es trepidante, al más puro estilo americano. Algo arriesgado, pues reconozco que mi parte europea más conservadora llegó a pensar, mientras lo veía, si eso no frivolizaba el contenido de la película. La respuesta es no. Se miente más de la cuenta por falta de fantasía: también la verdad se inventa. No me atrevo a llevarle la contraria a Machado.

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Los americanos son capaces de volarle la cabeza a dos mujeres embarazadas, enviar a drones para eliminar a un chaval de dieciséis años –ciudadano de los Estados Unidos, por cierto- o cargarse a una tribu entera de Yemen y, sin embargo, hacen un documental como este y se lo cuentan al mundo. O quizá lo hacen precisamente por ello. Es difícil entender a los americanos. A esos dos Estados Unidos tan opuestos que inundan al resto del mundo.

En un tiempo, pudo parecer que Barack Obama estaba más cerca del Estados Unidos que te ofrece los originales de Carver y te desea suerte en tu investigación que de la silla eléctrica. Eran los tiempos del miedo y el odio a los neoconservadores que habían sembrado el mundo de guerras, del discurso en la Universidad del Cairo y el unánimemente precipitado Premio Nobel de la Paz. Hoy, Rowley y Scahill colocan otra pieza más en la vidriera que proyecta una luz cada vez más oscura con la imagen del presidente norteamericano.

La guerra de Obama, que es la guerra de la que habla el documental, es más sucia, más silenciosa y posiblemente más peligrosa que la que inició su predecesor. Es la guerra que  salió a la luz con el asesinato extrajudicial a Osama Bin Laden, pero que llevaba librándose mucho tiempo antes y continúa hoy en un campo de batalla sin límites. Una guerra fuera del límite de las fronteras, de los gobiernos, de la prensa o de los tribunales.

Las operaciones secretas del Mando Conjunto de Operaciones Especiales (JSOC) prolongan una contienda destinada a no acabar nunca, como la que enfrentaba a Oceanía, Eurasia y Estasia en 1984. Cada nueva operación americana no reduce, sino que amplia la lista de objetivos a eliminar, en una escalada a la que nadie parece dispuesto a poner coto y en la que los responsables acumulan un poder cada vez mayor y menos controlado. Las tropas americanas pueden abandonar Afganistán, pues ya no hace falta presencia militar para librar la nueva guerra. Una guerra escondida a plena vista, como dice Scahill al final del documental, que se ha convertido en una profecía autocumplida que se repite una y otra vez.

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Merece la pena ver Guerras sucias (disponible en plataformas online como Filmin o Wuaki.tv) por muchas razones. Porque es capaz de mostrar un tema tan trascendental como cuáles son las guerras que se están librando hoy y hacerlo de una forma que puede llegar a disfrutarse. Porque, sin caer en el sensacionalismo en ningún momento, consigue singularizar el horror y que, de una maldita vez, te importe la historia de quienes sufren en lugares que no son tan lejanos como queremos creer. Y para recordarnos que, como Afganistán, Yemén o Somalia, como siempre y como cualquier lugar, Estados Unidos también merece la pena. A pesar del JSOC, a pesar de la silla eléctrica.

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