Alternativos

“Now, what I want is Facts. Teach these boys and girls nothing but Facts. Facts alone are wanted in life”.

Charles Dickens, Hard Times

La cuestión de siempre

Ya conocen ustedes ese momento crucial de toda disputa. Parece que el atacante A se hace con la razón, que flaquea B porque no puede replicar ni un solo pero. ¡Con qué garbo desgrana A sus razones contra la nueva ley del gobierno! Sin embargo, B no va a quedarse atrás; no puede permitir que el asunto se le tuerza; quizá no sepa muy bien cómo anular los argumentos de A, pero cuenta con unos aliados imprevistos: las cosas como son, la realidad, la ley del mundo. De modo que suelta, con ese tono de voz confiado del que sabe que ya nadie puede oponérsele: “Muy bien, la ley del gobierno es horrorosa e inútil, pero, a ver, tío listo, ¿qué alternativas das? ¿eh?”.

A titubea. Si calla y reconoce que no sabe de alternativa razonable alguna, B habrá logrado acallarle; pero si ofrece una alternativa, B sabrá deshacérsela como quien convierte el pan duro en miga para dársela de comer a las palomas.

Un ejemplo concreto

Pongamos que, por ejemplo, se discute sobre la legitimidad del rescate a la banca con el dinero estatal para las gentes de a pie. Uno demuestra la amoralidad del asunto; ilustra la estafa a gran escala que el trasvase de dinero público a entidades privadas tan poderosas representa, y clama al cielo por el hecho de que los grandes señores de las cajas de ahorros prosigan con sus sueldos sobrehumanos como si nada. Y el otro le dice “muy bien, pero ¿qué otra cosa podría haberse hecho?” De lo contrario, quiere alternativas. Uno le responde: “Pues, no sé, podrían haberle dado el dinero a los clientes que tuvieran sus ahorros en los bancos, y haber dejado sin embargo que la banca cayese, directivos poderosos incluidos”. Pero esa alternativa queda de inmediato anulada por la realidad: “Entonces habría bajado el IBEX, y la prima de riesgo, ante la inestabilidad de la banca, habría subido; y el capital extranjero hubiese salido de nuestros bancos hacia lugares de mejores condiciones para la inversión…”, etcétera. Y al final resulta que uno tiene que reconocerlo: lo que se hizo era lo único que podía hacerse; era la orden de Dios Todopoderoso que no sabía de alternativas, sino sólo de un Único camino (el único Dios verdadero: ni politeísmo ni hostias), el cual, a la postre, por inevitable, no sólo era necesario, sino consecuentemente bueno.

La razón es lo de menos

Ya se imaginarán entonces cómo en esta inversión argumental se esconde alguna falacia que con todo rigor vamos a analizar aquí gracias a los mecanismos del lenguaje.

Lo primero que notarán, cuando alguien le pide a otra persona alternativas, es que no se le están anulando los argumentos. Si uno dice que algo es falso, repugnante, rastrero y torpe, una réplica lógica invertiría esos adjetivos, hasta deshacer sus implicaciones, o mostrar ese algo –en un caso de contra-argumentación soberbia– como verdadero, gozoso, elevado y hábil. Las alternativas sólo se piden cuando no hay defensa racional posible. Implican una completa aceptación de los argumentos contrarios; o, más bien, un como desentenderse.

Pero con las alternativas se salta de un nivel de conversación, en el cual se departe sobre los atributos de un objeto concreto, a otro en el que dicho objeto ya no importa. De golpe y porrazo, la voz crítica, que criticaba “desde afuera”, se sitúan en el primer plano; no se la ha contradicho, sino que se le pide que deje de hablar de x, para explicar qué alternativas ofrece él personalmente.

"Si pudiéramos otear en el espíritu del que nos pregunta impaciente por las alternativas, seguramente veríamos algo como esto".

“Si pudiéramos otear en el espíritu del que nos pregunta impaciente por las alternativas, seguramente veríamos algo como esto”.

Mi consejo dialéctico, desde aquí, en este primer paso, consiste en negarse a dar alternativa ninguna: si estamos destrozando la última ley del gobierno, que se nos demuestre cómo erramos al destrozarla. Si se quieren alternativas, que reconozca el otro antes cuán acertados hemos estado, que lo haga solemnemente y de corazón, y que se proceda luego, una vez ambos de acuerdo en la ineficacia de la ley, a otro debate sobre las posibles leyes menos malas que tal vez podrían aprobarse en su lugar. Debate diferente al anterior, que suscitará seguramente escaso interés por parte de nuestro rival.

Porque quien pide alternativas durante una discusión, salvo en muy extrañas excepciones, no está interesado para nada en las alternativas que se le puedan ofrecen.

(Quien esto les escribe, desde que hace un par de años estuvo en la Fnac, y vio una sección de centenares de libros que ofrecían políticas alternativas de todo tipo, cada vez que en una discusión política sale lo de las alternativas, emplaza al solicitante a que se vaya allá y hojee durante horas, si le place, las mil alternativas que tantos libros explican).

Pero esas alternativas… ¡no se pueden aplicar!

Llegamos a la segunda parte de la falacia. Si hemos optado por la opción mansa (e ingenua) de ofrecer alguna alternativa en el calor de la discusión, pronto nos habrán demostrado los defensores del statu quo cómo no vale nuestro ingenio; cómo las ocurrencias más graciosas se convierten en un desastre ante la ineluctable terquedad de lo real.

Lógico, por otra parte. Cada acción posee sus límites, sus pegas, sus contradicciones. Por cuidadosos que seamos elaborando alternativas, cualquier salvaje ilustrado –tanto más salvaje cuanto más culto y abstracto– pondrá patas arriba el modelo que le ofrezcamos.

¿Dónde está la trampa?, se preguntarán.

Pues en lo siguiente: siempre que se discute sobre la polis (o sobre un asunto privado de la máxima intimidad, que la mayoría de las veces son lo mismo), se abren dos bandos; el que defiende lo que hay, para él inevitable, y el que lo critica.

El truco está en que los únicos que jamás se achantan ante las críticas son los que gobiernan. Llámenlos “el Poder”, “el Gobierno”, o “el Estado”, según contextos. Cuando un gobierno saca una ley, ¿creen ustedes que la paralizan porque cientos de voces les demuestran los horrores que van a generar sólo con aprobarla? ¿Creen que la mínima crítica va a hacerles cambiar ni una coma?

No. Más bien primero aprueban la ley, luego se retiran… y allí se las den todas.

Las desgracias producidas por sus decisiones no entran en el ámbito de la razón, de lo argumentado, ni de las alternativas. La impunidad superior que quien crea o deroga las leyes ostenta, les legitima a su vez para declarar como impertinentes cualesquiera posibles malos resultados que de su gobierno puedan derivarse.

Así que pregúntense por qué alguien, tomando unas cervezas, se ve obligado, para ganar una discusión, no sólo a dar alternativas, ¡sino a darlas perfectas!

De lo contrario, dice la opinión de la taberna, sus críticas no valen nada.

"Hace no mucho, una alternativa útil al abuso de poder; con sus pegas, evidentemente".

“Hace no mucho, una alternativa útil al abuso de poder; con sus pegas, evidentemente”.

En resumen…

Pues no.

Cuando se debate sobre un asunto x, se discute sobre x.

Las alternativas son un intento de desviar la cuestión a otro campo. Por lo tanto, su función no es debatir con libertad sino fulminar al oponente.

Ya arriba les recomendé no tragar nunca con semejante cambiazo dialéctico.

Porque si cedemos, estaremos haciendo el primo.

Los que sí pueden, de facto, y no en una mera discusión teórica, cambiar las leyes o las cosas a voluntad, son impermeables a los argumentos fulminantes sobre las consecuencias nefastas de tal ley o tal acto.

Como nosotros carecemos de esa ventaja, toda alternativa está atrapada en las hipótesis teóricas y futuras: o sea, a no ser nada. Polvo que se lleva el viento.

Si discutir fuera el fútbol, preguntar por las alternativas debería estar sancionado con penalti y expulsión. Y a aquel incauto que tratara de dar alternativas razonables… ¡a ése que el entrenador lo mande sin más al banquillo!

P.S: Lo que son las cosas. Había terminado de escribir este artículo, cuando amanezco con la siguiente noticia. ¿Se imaginan que tan chapucera ley la hubieran sugerido ustedes, como método de recaudar más dinero, durante una charla de sobremesa? Habría sido descartada por irracional unánimemente entre dos sorbos de café. Lo que les digo: cuánta disputa vana ahorra estar en el poder.

***

Foto de portada: Punks en un concierto (Autor:  Wikipedia)

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2 Respuestas a “Alternativos

  1. Pues este articulo es muy alternativo, porque hace una crítica hacia cierta clase de personas pero, sin embargo, no propone ninguna alternativa para esa gente. El que escribe se comporta igual que los que critica. Curioso.

  2. Gracias por el comentario, Alternatiboy.

    No obstante, te insto a que releas el artículo. No estoy en absoluto interesado en la crítica hacia “cierta clase de personas”. No tengo ni siquiera muy claro cómo definir clases cerradas de personas. La crítica va dirigida contra un tipo de argumento -usado, evidentemente, por personas- que en el fondo es engañoso, porque se pretende pertinente cuando no lo es.

    Por otro lado, lo que el artículo rechaza es esa exigencia casi metafísica de alternativas. Más que una alternativa, podría exigirse una honradez en la discusión que la “exigencia moral de alternativas” echa por tierra. No creo que si animo a alguien a debatir con honestidad y orden hagan falta más “alternativas” que a ese limpio proceder.

    Y, con todo, a menudo sucede que uno hace lo contrario de lo que predica (no es el caso del artículo, pero sucede a veces). ¿Qué hacemos cuando eso pasa? Pues nada: ocurre que lo que se dice está en contradicción con el que lo dice. Exagerando: Si Hitler -ejemplo extremo por excelencia- dijera que “hay que ser compasivo con la gente”, ¿sería menos verdad la frase porque llegara de unos labios corrompidos?

    Ya se ve que no: hablante y mensaje (argumentos y personas) son cosas bien distintas, por mucho que se muestren simultáneas.

    Un saludo.

    P.D: lo único alternativo del artículo es la imagen de los punks.

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