Diez años y un día

Yo nací y morí el mismo día. El 11 de marzo de 2004. Nací porque empecé una nueva vida. Morí porque dejé atrás la que tenía. Cuando esto te ocurre, no sabes si alegrarte o entristecerte. No sabes si estás del lado de la vida o del de la muerte. Me he quedado en una zona un poco gris. Desde entonces, tengo el corazón gris. Antes era rojo. Ese cambio de colores es una de las consecuencias que sobrevienen cuando se nace y se muere el mismo día. Este síntoma no viene contenido en los manuales de Medicina, pero así es. Lo certifico desde mi posición de paciente, de testigo. De pasajera de un tren que explotó en Atocha. De mujer que celebra el cumpleaños el mismo día que hay tallado en su epitafio.

Han pasado diez años de mi muerte. Y hoy tengo diez años de edad. Diez años y un día. Todo el mundo habla de la década. Del decenio exacto. Nos encanta redondear, porque el redondeo es fácil. Nos permite atar las cosas y cerrar los círculos. Lo que yo no puedo cerrar son mis heridas. Por eso, para mí, ese día que ha venido después de los diez años es importante. Porque este 12 de marzo es un día más que tendré que vivir después de morirme. Y para los vivos que vienen de la muerte, ningún día está de más. Un solo día siempre cuenta. En un solo día puedes nacer y morirte al mismo tiempo. Visto así, ¿cómo no va a contar?

Los que se quedaron en las vías no tienen este día que se suma a los que han transcurrido en diez años. Cuando pienso en ellos, en los que iban conmigo en aquellos trenes, se me encoge este corazón gris que tengo ahora. Y me palpita más rápido, como si de este modo pudiese regalar los latidos sobrantes a los que ya no laten. Se lo debo, y por eso continúo con esta vida que empezó hace ahora diez años y un día, aunque no puedo quitarme de la cabeza la idea de que a ellos no les sirve de nada y que, tal vez por eso, no importaría mucho que me volviera a morir. Pero no me muero porque entonces llega el día. Ese día. Todos y cada uno de los que, como gotas de agua, han formado un río de diez años. Gotas que, por sí solas, se evaporan, pero que tienen que fluir, sin faltar una, para que podamos seguir navegando.

Hemos seguido navegando. A dos aguas. Entre la vida y la muerte. Como si el océano se hubiera partido otra vez (la primera vez que ocurre desde tiempos de Moisés) y tuviéramos que transitar por esa lengua de tierra estrecha y yerma sobre la que se ciernen dos murallones de agua. Y no son pocas las ocasiones en las que apetece quedarse a mitad de camino. Porque ellos se quedaron a mitad de camino. En aquellos trenes despanzurrados que jamás llegaron a estación de destino. También se quedaron en mis pesadillas y en mi insomnio. Se quedaron en mi miedo y en mi culpa. Se quedaron en el recuerdo, en ese pasado que se convierte en presente continuo y eterno. Viven allí, a pesar de haberse muerto. Viven en alguien que está un poco muerta, pero que también está lo suficientemente viva como para que ellos no se mueran.

Tengo diez años y un día. Me siento muy joven y muy vieja. Ayer compré un gran pastel de chocolate. Le hinqué diez velas y las soplé. Luego, las llevé a la vía de Atocha donde nos morimos aquel 11 de marzo y las volví a encender. En memoria suya. También en la mía. Para que el mundo se acuerde. Madrid no olvida. Pero, aun así, ya han pasado diez años y cerrar la década alivia. Ya se han rendido los homenajes de recuerdo. Ya se han saldado las deudas contraídas con la muerte. Ya podemos continuar con la vida.

Y eso es necesario y está bien, pero, para mí, hoy empiezan los diez años y un día. 

***

Foto de portada: Monumento en recuerdo a las víctimas del 11m en Atocha (Foto: Daquella Manera)

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