El laboratorio musical de España

En los años ochenta, si uno entraba a una discoteca lo más probable es que bailara todo el rato al ritmo de canciones pop/rock, bien nacional o venido de fuera. Hoy, 30 años después, es raro no encontrar en esas pistas de baile otros sonidos, de origen latino, que invitan a mover las caderas de un modo bien distinto. Vamos a ver, con ‘Diez Temas 10’, cómo hemos pasado de bailar con Prince a hacerlo con Juan Magán. Se trata de una suave y casi natural evolución durante la últimas dos décadas, pero en ella ha sido decisivo el rol que ha jugado el laboratorio musical de España por excelencia: las Islas Canarias.

Pero para llegar a ese punto es preciso hacer un breve repaso, a modo de contexto, por el conocido vínculo histórico del archipiélago con América Latina: desde su descubrimiento, Canarias fue un puente de paso imprescindible en los viajes hasta el Nuevo Mundo; allí hicieron escala los Colón, Vespucio y compañía y de allí partieron muchos de los que acabarían colonizándola. Después, durante los siglos posteriores, las islas fueron un importante engranaje para canalizar los flujos migratorios entre la metrópolis y el continente americano; e incluso, tras la descolonización, miles de canarios fueron,vinieron y acogieron en continua relación con los americanos, creando un vínculo que ya sería irrompible con países como, sobre todo, Venezuela, Cuba o Puerto Rico.

Así se forjó un nacionalismo -porque aunque no exista ya un deseo generalizado de independencia, sí existe el concepto de nación canaria- más cercano al estilo de vida y a la cultura del otro lado del Atlántico que a los de la España peninsular: “Aprendí que un latinoamericano es un hermano (…), soy canario con el corazón latinoamericano”, cantaba hace unos años el cantante insular por excelencia, José Vélez.

Poco a poco, Canarias se fue gestando como la plataforma puente que aún hoy es, imposible de ignorar a la hora de trazar las rutas migratorias y comerciales, físicas y virtuales, entre ambos continentes. Pero con la irrupción de la segunda mitad del siglo XX y de los efectos de la entonces incipiente globalización, ese concepto se amplió hacia una dimensión cultural, muy concretamente en el ámbito de la música.

El origen del laboratorio musical

Las Islas, como consecuencia de ese vínculo histórico, siempre se habían visto influenciadas por los ritmos latinos que llegaban de las costas bañadas por el mar Caribe; hasta que con la entrada en la década de los ochenta, esa relación fue vista como una oportunidad inédita por la industria musical para conquistar también la España continental. Fue a partir de entonces cuando las discotecas y radios del archipiélago se convirtieron en una suerte de laboratorio donde se mediría el éxito y la popularidad de lo que a la postre se convertirían en grandes hits en todo el país.

Su estilo de vida, a caballo entre uno y otro mundo, constituía un perfecto caldo de cultivo para realizar estas prácticas mercantiles. Así, los canarios comenzaron a ser como los roedores con los que experimenta un científico, sólo que en este caso la que respuesta que buscaban los estímulos de las batas blancas de las discográficas no era a un fármaco o a una modificación genética, sino al éxito comercial de determinados corrientes y estilos musicales.

El primer gran género en pasar por ese filtro de las Islas fue la salsa. A comienzos y mediados de los ochenta, comenzó a llegar el son de grandes artistas como los Tito Puente, Celia Cruz, Rubén Blades, Willy Chirino, Héctor Lavoe, Willie Colón, Lalo Rodríguez y un sinfín de nombres que venían sobre todo de Cuba, Puerto Rico y Centroamérica, a pesar de que la mayoría de ellos estaban afincados en Estados Unidos (contradictorio, por otro lado, dada su frecuente defensa de una Latinoamérica unida y bolivariana). El éxito de estos ritmos, unos más puros y otros expuestos a una cierta fusión, prendió rápidamente en el archipiélago -cristalizando, por ejemplo, en esa especie de himno que reza “la rica salsa canaria se llama mojo picón” en la voz de Caco Senante– y pronto la mecha comenzó a extenderse también a la Península.

Hasta entonces, la salsa era aquí música marginal que se escuchaba en apenas un puñado de locales frecuentados por la colonia latina en Madrid, en medio del pop y el rock propios de la Movida; pero poco a poco, temas como Quimbara, Oye cómo va, Pedro Navaja, etc. fueron haciéndose un hueco hasta conformar una avanzadilla que empezó a llamar a una puerta que, con el tiempo, quedaría abierta a artistas de otra generación, con más exito a este lado, como Gloria Estefan o Marc Anthony, sucesor natural de Lavoe. Es cierto que la salsa no llegó a popularizarse masivamente, pero en poco tiempo ya nada en las discotecas volvería a ser como antes: si te gustaba bailar, tenías que mover las caderas más como Patrick Swayze en Dirty Dancing que como John Travolta en… cualquiera de sus películas.

Pocos años después, comenzaron a llegar otros ritmos latinos como la bachata o el merengue, que tanto aquí como al otro lado del charco tuvieron su máximo exponente en figuras como las del cantautor Juan Luis Guerra o de Wilfrido Vargas, responsable de auténticos hits de los noventa como Abusadora, A mover la colita o El africano (¿recordáis? La de “mami, qué será lo que quiere el negro”).

La última década del siglo XX comenzaba con la bilirrubina por las nubes, pero no sin previo paso arrollador por el filtro de las Canarias; luego fue avanzando y casi sin darnos cuenta empezaron a llegar de Puerto Rico nombres como los de Ricky Martin, Chayanne, Elvis Crespo, etcétera. Sin ellos no podrían explicarse las listas de éxito de las fiestas de las últimas dos décadas pero la buena acogida de que gozaron habría sido imposible sin el trabajo de los citados pioneros de la salsa en nuestro país.

El experimento de Telecinco

No obstante, lo mejor del laboratorio musical canario aún estaba por llegar. Y lo haría por sorpresa, gracias a las cadenas de televisión estatales y, más concretamente, a Telecinco. La gente de fuera de Canarias, por lo general, desconoce una de las prácticas televisivas que han marcado para siempre la cultura musical de las últimas generaciones residentes en Canarias: la emisión de videoclips durante las pausas para la publicidad. ¿Por qué sucede esto? El contexto bien merece explicar el motivo, que no mucha gente, ni siquiera dentro del archipiélago, conoce.

Allá por el año 2000, Telecinco decidió empezar a vender el espacio para publicidad de sus emisiones en Canarias por separado al de las del resto de España, precisamente por la peculiaridad y diferenciación de esta audiencia con respecto a la del resto del país. Pero en esa fórmula, que sin duda resultaba más beneficiosa para todos, había un problema: por lo general, la publicidad que se vendía en Canarias no era suficiente para rellenar el tiempo, cada vez mayor, destinado a los anuncios en el intermedio de sus programas en el resto de España, generándose un desfase en la programación de contenidos de uno y otro territorio. ¿Qué decidió hacer entonces la filial de Mediaset? Resolver dicho hueco vacío con la inclusión de videoclips de canciones.

Al principio, los temas que aparecían eran bastante heterogéneos, pero pronto fue cerrándose el cerco hasta dar únicamente con canciones gestadas en las Islas o llegadas de Latinoamérica. Se dio entonces un nuevo boom de estilos latinos con la salsa de Edwin y Jerry Rivera o la bachata de Tony Tun Tun, si bien el trasvase de sus canciones a la España peninsular fue esta vez mucho más tímido.

La verdadera estrella en este período fue, sin duda alguna, Obsesión, aquella canción de Aventura que hablaba de la psicosis de un joven por un amor no correspondido. Esta bachata fue bailada hasta la extenuación en todo el país, pero para cuando llegó a la Península, las Islas estaban más que hartos de escucharla, pues su éxito allí tuvo lugar prácticamente un año antes de aterrizar en las listas nacionales. Es, sin duda, el gran exponente de esa teoría del filtro musical canario que venimos defendiendo desde el principio de esta historia.

Últimos resultados

Pero el verdadero fenómeno que tuvo lugar en Canarias seguía aún por llegar: porque a posteriori supimos que Obsesión no fue sino el germen de algo mucho más grande, un devastador gigante que llegaría (había surgido, también en torno al Caribe, una década antes) en forma de nuevo género: el reggaetón.

Todo empezó con Don Omar y el videoclip de la canción Dale Don dale, que enseguida se convirtió en un absoluto éxito ineludible en las discotecas insulares. Tanto que muy pronto comenzaron a llegar del otro lado del Atlántico nuevos cantantes y grupos dispuestos a hacer perrear hasta al más insulso de los mortales con sus letras a menudo superficiales y despectivas. Lo consiguieron. La ola del reggaeton inundó como un tsunami las costas canarias y siguieron la estela hacia el resto del país: Noche de sexo, Gasolina, Ven báilalo, Cuéntale, Ella y yo, Lo que pasó pasó, Hasta cuándo y muchos temas más hicieron las delicias de las hormonas de jóvenes y adolescentes durante toda la segunda mitad de los 2000 y martirizaron los oídos de tantos otros que tenían sus gustos muy lejos de aquellos ritmos. Eso sí, siempre con el consabido desfase de varios meses tras alcanzar la fama en las Islas.

La evolución, como es normal, ha seguido su curso y en los últimos años el reggaetón mudó su piel gracias a la música electrónica hasta tornar en lo que se ha dado en llamar electrolatino, un cambio en el que fue pionero, una vez más, el bueno de Don Omar con su Danza Kuduro. Y también lo fue el barcelonés Juan Magán, lo cual nos sugiere una evidente prueba de que, a estas alturas, la industria no necesita ya ningún laboratorio donde filtrar qué petará en las discotecas españolas, pues lo latino está más que presente en cualquier listas de los temas más populares del momento.

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Foto de portada: ‘Tito el Bambino en Acceso Total’ (Autor: bella8213)

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