El pecho de Marina

Miro con curiosidad el dibujo pegado en la pared de una habitación que no es la mía. Son las siete y media de la mañana del primer día del año y estoy tumbada en la cama de uno de los compañeros de piso de mi amigo. No conozco al individuo en cuestión, pero mi amigo asegura que la utilización de su cama está autorizada. Hemos celebrado el final de 2013 en su casa y, previsor, pidió permiso a sus compañeros antes de que se marcharan a pasar las navidades con sus respectivas familias. Además, hemos puesto sábanas limpias. El edredón es grueso y huele a suavizante. Tras desearnos feliz año por enésima vez, mi amigo cierra la puerta y se marcha a su habitación. Yo me abrazo al edredón respirando hondo y pienso que 2013 ha sido un año horrible para casi todo el mundo que conozco. Luego me incorporo para ver mejor el dibujo de la pared porque al principio no entendía si aquello era arte abstracto pero ahora creo que son unos pechos.

Lo firma “Marina”. Se trata de una cartulina rosa que contiene dos circunferencias verdes, una al lado de otra, coloreadas con témpera. Algo en el trazo sugiere círculos concéntricos, y algo en la textura del centro de cada círculo sugiere contacto con una superficie rugosa. Pienso en cómo sería el proceso de creación dentro de mi conjetura e imagino a Marina con el pecho pintado de verde y la cartulina enroscada como si fuera un corsé. O a Marina tumbada sobre dos círculos de pintura fresca que previamente ha colocado en la cartulina con un pincel.

En realidad, no conozco a Marina. Sí conozco a personas con otros nombres. Todas están teniendo dificultades para construir una estructura en la que poder establecer una vida fidedigna. Aún así, intentan seguir adelante y comportarse como se supone se comportan los adultos. Yo también hago lo mismo. Cuando nos vemos, hablamos de nuestras experiencias y nos preguntamos unos a otros si esta edad ha sido invariablemente igual de difícil en todas las épocas, o si todo se complica dentro del caleidoscopio de la crisis y de la vida en el extranjero. Aunque la incertidumbre en la toma de decisiones ya existiera, sin duda el limitado número de oportunidades reduce la posibilidad de poder tomar decisiones en sí. Intentamos racionalizar nuestras situaciones todo el rato.

En algún momento me quedo dormida. Unas horas más tarde escucho el despertador y me reúno con mi amigo en la cocina. Mientras preparamos café, le pregunto por encima de mi dolor de cabeza que cómo se llama la novia de su compañero de piso. Con gesto de sorpresa ante mi inesperado acierto sobre la situación sentimental de una persona a la que desconozco, contesta “Se llama Marina”. Después añade “Se licenció en Bellas Artes hace un par de años. Está intentando dar clases de pintura como autónoma, aunque no es fácil encontrar alumnos en esta coyuntura”. Los dos miramos al suelo perpetuando el silencio. Él acaba de terminar unas prácticas y no sabe qué va a pasar en los próximos meses. Yo regreso al extranjero dentro de tres días, donde tengo trabajo, y la distancia de la gente me va erosionando por dentro.

De repente, mi amigo levanta la vista y hace una broma. Es muy mala, pero me acuerdo del pecho pintado de verde esperanza de Marina y sonrío.

***

Foto de portada: Letting go (Lisa Plummer)

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