Desarraigo, dignidad y esperanza

Hay días como hoy en los que piensas que probablemente el desarraigo sea esto, perderse grandes y pequeños momentos que van construyendo memoria colectiva y que también hubieran sido tuyos de no ser porque un día todo se torció y tuviste que coger una maleta, llenarla de recuerdos y despedirte de los tuyos aguantando las lágrimas. Salir en busca de algo que a veces no está muy claro si merece o no la pena en este complejo y muchas veces absurdo mundo: un trabajo, un futuro, un proyecto de vida lo más digno posible.

Hoy precisamente esa palabra, dignidad, cobra un sentido especial al ver a todos esos caminantes dejándose los talones en la carretera por sus derechos y los tuyos, a todas esas personas que abandonan sus hogares y canalizan su rabia con paso firme para reclamar lo que unos cuantos se empeñan en destruir.  La única esperanza de contribuir en la distancia con esa marea de valentía y coraje y sentir un poco menos el inmenso vértigo de ver cómo las raíces se van haciendo más débiles con el paso de los años es acudir a la protesta simbólica que se celebra frente al consulado y ver alguna que otra cara conocida de quienes como a ti las circunstancias les obligaron a marcharse.

Pero esta vez ni siquiera eso. El trabajo de 6,31 libras la hora con el que pagas el alquiler te impedirá llegar a tiempo. Con suerte podrás acercarte dos horas más tarde por si acaso queda alguien con quien poder compartir alguna palabra de apoyo, aunque las previsibles inclemencias climatológicas no dejan mucho margen al optimismo.

Marchas de la Dignidad a su paso por la plaza de Cibeles (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Marchas de la Dignidad a su paso por la plaza de Cibeles (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Has estado tentada muchas veces a dejarlo todo, coger un avión y volver, pero no es fácil. Con el paso del tiempo inevitablemente está también va siendo tu casa. Como a muchos un país extranjero te ha abierto sus puertas de par en par, te ha dado la posibilidad de trabajar, de estudiar, o de las dos cosas al mismo tiempo, de aprender una lengua, de vivir experiencias que de otra forma no podrías haber vivido, de conocer a gente maravillosa, y una inmensa gratitud te inunda cada vez que lo recuerdas, pero siempre queda esa sensación de angustia que te resquebraja el alma si piensas mucho en ella.

Si piensas en que tu familia te necesita pero no te lo dice para no hacerte sentir mal, si piensas en todos los momentos que te estás perdiendo con tus amigos de toda la vida, en los abrazos que por Facebook o por Skype no se pueden dar, si piensas en los amores que no pudieron ser porque la distancia les cortó las alas, en tantas y tantas cosas que ya no forman parte de tu vida.

Llevas dos años fuera y tienes claro que quieres volver algún día. Y quieres volver a un lugar en el que no te sientas fuera de lugar. Hace tiempo, aún en la Universidad, hiciste una caminata de tres días, 60 kilómetros, 20 cada jornada. El tremendo dolor, las ampollas, los calambres y la sensación de que los tobillos se te iban a partir en cualquier momento te dejó como a muchos casi sin habla en la recta final. Por eso ahora, cada vez que ves las imágenes de toda esa gente que lleva varios días caminando puedes hacerte una ligera idea del sufrimiento físico que están pasando, por ti, por todos. Y por eso, solo puedes decir gracias. La inmensa tristeza de no poder estar ahí al menos encuentra consuelo en la esperanza de saber que así, peleando desde todas partes, algún día, quizá no muy lejano, tendrás, tendremos, la oportunidad de volver. 

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Foto de portada: Columna noroeste en las Marchas de la Dignidad 22M (Foto: Miguel Ángel Moreno)

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