Poderosos

Un amigo bastante inquisitivo –y sin embargo fiel lector de esta sección– me dijo hace poco, de forma vil y alevosa, que mi tono como articulista le recordaba al del niño más sabihondo de la clase: ése cuyo monótono y agudo timbre de voz espanta hasta a los cuervos que se posan en los postes de telégrafos. Como me gusta llevarle a la gente la contraria, y como el tema de hoy lo pide, me esforzaré por resultar sencillo y llano cual carretera palentina. Hoy hablaremos del lenguaje que usa el poder.

Me llena de orgullo y satisfacción…

La retórica de los poderosos se sustenta sobre un principio esencial: legitimar su posición. Hubo modos más directos o salvajes de hacerlo: recuerden la admirable, malsana y prolija labor de Goebbels con la propaganda directa e indirecta. Pero al margen de técnicas concretas, más o menos clasificables (bien las aprovecha la publicidad), hay deslices o frases que nunca puede decir un poderoso. Su retórica se caracteriza, a grandes rasgos, por lo siguiente: abstracción, vaguedad, tendencia al eufemismo, anhelos de trascendencia, y ausencia de rasgos semánticos que denoten emoción o espontaneidad. Su lenguaje difiere mucho del de la calle; nunca una frase dicha por el poder nos emocionará, o nos hará descubrir una riqueza nueva de la vida. Voy a ponerles un ejemplo. El domingo (spoiler!) falleció un señor llamado Adolfo Suárez (fin del spoiler); perdonen que no sepa mucho más del asunto, pero es que se hizo famoso antes de que yo naciera. El caso es que salió el rey en la tele para hablar un poco de ello. Por desgracia me pilló en casa de mi madre, y no pude apagar la pantalla a tiempo. Ya sé que nuestro dicharachero monarca no escribió ni una coma del discurso, pero de sus labios, cito de memoria, salió más o menos lo siguiente:

Mi gratitud hacia el Duque de Suárez es, por todo ello, honda y permanente, y mi dolor hoy, es grande. Pero el dolor no es obstáculo para recordar y valorar uno de los capítulos más brillantes de la Historia de España: la Transición que, protagonizada por el pueblo español, impulsamos Adolfo y yo junto con un excepcional grupo de personas de diferentes ideologías, unidos por una gran generosidad y un alto sentido del patriotismo. Un capítulo que dio paso al periodo de mayor progreso económico, social y político de nuestro país.

Adolfo Suárez fue un hombre de Estado, un hombre que puso por delante de los intereses personales y de partido el interés del conjunto de la Nación española. Vio, con clarividencia y gran generosidad, que el bienestar y el mejor porvenir de todos pasaba por el consenso, sabiendo ceder en lo accesorio, si ello era necesario, para poder lograr los grandes acuerdos en lo fundamental.

Los súper-villanos siempre tienen más carisma que los héroes. Aunque Magneto es mucho menos campechano.

Los súper-villanos siempre tienen más carisma que los héroes. Aunque Magneto es mucho menos campechano.

Vamos a abrirnos camino a través de esta catarata de naderías. El texto, considerando toda la morralla que sueltan los que mandan, está al menos bien escrito; y se agradece. Olvidemos, de momento, la fantástica auto fellatio con que se nos adorna nuestra majestad cuando se elogia sin reparos (inapropiado para la ocasión, ¿no creen?); olvidemos también la verdad o la falsedad del hermoso cuento que nos narra;  y centrémonos  en el significado de las palabras.

¿Decíamos que el poder empleaba abstracciones vagas? La tira tenemos aquí: Historia de España, Transición (mágica, democrática y divina hace apenas siete años; hoy, según los intelectos más enterados, un apaño infecto de hábiles franquistas), pueblo español (ese ente unitario que protagoniza cosas), patriotismo, democracia, progreso (la zanahoria delante del burro, siempre avanzando hacia él), hombre de Estado (¿no lo fue también Mussolini?), o nación española (como me avenga a averiguar en serio qué es  “nación” me entra una meningitis).

¡Y cuánta trascendencia! ¡Qué asuntos tan excelsos! ¡Qué grandísima importancia tan alejada de nuestras miserables vidas!

Hay algo común a todas estas expresiones: que el contenido real al que aluden resulta tan vago como etéreo. Si hacen la prueba, verán que “pueblo español” no significa gran cosa: poniéndonos rigurosos, diríamos que es el “conjunto de personas censadas en España en un momento determinado”. Lo cual nos deja casi como estábamos, moviéndonos en la tautología. Del progreso casi no merece la pena hablar: cada veinte años la noción de hacia dónde va el progreso cambia, y hoy día, por ejemplo, manda lo económico, cuando a principios del siglo pasado los más ingenuos intelectuales anhelaban, no una España de inversiones extranjeras, sino una “regeneración espiritual” que enriqueciera las almas de los españoles: no me digan que no les hace gracia. Suena tan demodé…  Y, en fin, que cada una de esas supuestas realidades son más bien ideaciones intangibles. Nadie va a estirar el brazo para tocar una nación enterita; ni puede vivirse o verse la historia de España salvo cuando ya ha pasado y se ha observado “desde el exterior”; ni hay una concepción nítida para delimitar los rasgos del patriotismo (a veces la gente ama tanto a su patria que mata a sus compatriotas por amor a ella); ni veinte libros bien gordos nos dirán qué es exactamente la Transición, salvo que nos la definan a lo basto, como un periodo de cambios políticos que duró desde 1975 hasta 1986. Así también defino yo todo cuanto se me ponga por delante.

El conocido eslógan de la Transición española. Lo bueno es que vale también para el período comprendido entre 1212 y 2014.

El conocido eslógan de la Transición española. Lo bueno es que vale también para el período comprendido entre 1212 y 2014.

En el texto, evidentemente, cada uno de estos conceptos se presenta como claro y sin ambigüedades, y se agrega, de modo simplón, una retahíla de adjetivos que definen a los señores importantes que anduvieron metidos en aquel pretérito fregado: era gente excepcional,  generosa, patriota; y Suárez, además, era clarividente, y se dio cuenta de que el bienestar de todos pasaba por el consenso. (Qué tío, ¿eh? Como si alguien creyera que el bienestar de todos se deriva de la disensión y el enfrentamiento descarnados). “Consenso”: Si les queda algo de sensibilidad, tamaña palabreja les dará escalofríos. No se usa nunca en el lenguaje coloquial, salvo con cierto tono irónico. Allá donde aparece con solemnidad, la conversación se hiela. Si dos amigos nuestros discuten, o si en una familia nadie se pone de acuerdo, la gente dice “venga, no peleéis”, “tenéis que entrar en razón”, “o nos entendemos o nos irá mal”; y aún así esas frases indican que la situación empieza a salirse de lo razonable. Pero cuando alguien dice “hay que alcanzar un consenso” se lee lo siguiente: “Yo tengo mis inviolables intereses y ese de enfrente tiene los suyos. Vamos a ver si le puedo sacar un buen pellizco, y a cambio le cederé alguna cosa que me importe tres bledos, por si cuela”. Por eso es una palabra tan usada por el poder: porque implica negociación (otra palabra espantosa: sólo se negocia con el enemigo; con el amigo, se charla), porque implica cálculo, porque implica que lo emocional, lo espontáneo, ha quedado fuera. Se trata de un eufemismo encubierto.  A la gente de la calle no le hace falta el consenso; tienen más a mano el sentido común o el “pelillos a la mar”.

Emociones excluidas

Vean lo que ocurre cuando el rey quiere ponerse triste y solemne: no puede. Mi gratitud hacia el Duque de Suárez es, por todo ello, honda y permanente, y mi dolor hoy, es grande, suelta de repente. Ahonden en la frasecita. Lo llama “Duque de Suárez”. Introduce un “por todo ello”, ¡una cláusula causal, o sea lógica y racional!, justo antes de declarar a corazón abierto que le tiene gratitud. Pero lo peor llega con “mi dolor, hoy, es grande”. Porque sabemos que su dolor es de hoy (por algo está dando el discurso); pero, ¿qué extraños motivos le habrán llevado a convertir una expresión habitual como “me duele mucho la muerte de x” en “mi dolor es grande”? “Mi dolor es grande” posee la agilidad gramatical de un paquidermo, y no se aleja mucho –en cuanto a salero– de aquel “teléfono, mi casa” de la película de ET. Cierto que la declamación del rey nunca ha ayudado demasiado, pero, incluso sobre el papel, esas frases esconden tanta emoción como un bacalao expuesto en una pescadería.

¿Se imaginan a un rey titubeante, que callara pensativo entre frase y frase, y mirara al suelo con ojos húmedos y temblorosos, mientras dijera “Se nos ha muerto Adolfo. Era un hombre tan admirable. ¡Qué últimos años pasó el pobrecito: olvidando la vida que con tanta hermosura había vivido! ¡Y cómo se dejó la piel por este país! ¡Cómo nos entregó tantos años de esfuerzo, con esa honestidad tan pura que siempre empleaba para todo! Yo lo apreciaba muchísimo”? Aunque el tono elevado se mantiene, ya ven ustedes que tanto sentir en boca del rey nos resulta inconcebible.

Qué lejos han quedado esos tiempos en los que el cabecilla de turno gemía y todo. Pero es que por entonces eran bastante torpes, y salían de los abismos de una España fea, católica y sentimental.

Cómo notarlo

Hace falta, sobre todo si uno vive muy cerca del periodismo (que tiende a imitar el lenguaje que más escucha), tiempo y oído para captar al vuelo las trampas de esta retórica oscura y torticera. El poder no puede mostrar debilidades, ni vacilaciones: por eso, con toda lógica, excluye de su discurso cualquier sentimiento. Por eso habla de abstracciones, o reduce la infinita complejidad del mundo a dos o tres conceptos con los cuales manejarlo plácidamente.

En las palabras valorativas se les ve enseguida el artificio. Cuando un político quiere elogiar o denostar algo, escoge siempre los vocablos más mansos, más vacíos, más superficiales. ¿Recuerdan el talante de Zapatero? La RAE define el talante como “disposición personal”, “modo de ejecutar algo”. En consecuencia, el talante puede ser malo o bueno: pero esa ambigüedad es fenomenal para un político, porque así quiere decir aún menos, así puede diluir aún más el significado. Zapatero la usó como neutra: “yo tengo talante”, y hasta sonaba bien y todo.

 Lo del famoso "acontecimiento interplanetario" no sé si pertenece al lenguaje del poder, o si fue directamente una gilipollez.

Lo del famoso “acontecimiento interplanetario” no sé si pertenece al lenguaje del poder, o si fue directamente una gilipollez.

Lo mismo ocurrió con positivo y negativo. En cuanto el poder se hizo con ellas, encontró un método formidable para excluir de su vocabulario “bueno” y “malo”, prohibidas en ciertos contextos. Y también con el verbo “valorar”, que significa “reconocer, admirar, estimar el mérito de alguien”, o también “dar valor a algo”; como el poder no puede decir sin más “no me gusta”, o “yo desprecio” surgió la maravilla de “valoro negativamente”. Ha vuelto neutro un verbo que en su uso común era ponderativo. Lo mismo pasó con “evolucionar”. Ya se ha extendido aquello de “evoluciona positivamente”. ¿Es posible evolucionar negativamente? ¿Qué porras de evolución es ésa? Y, si me obligan, prefiero “ha evolucionado, pero a mal”. Que suena más de andar en chanclas.

Plano y previsible

Hoy hemos leído un fragmento del discurso del rey; ya les dije que estaba, al menos, bastante bien escrito, y que eso debería consolarnos. Pero en futuros artículos nos adentraremos en otros textos no tan claros, en los cuales se verá con qué descaro el poder, cuando habla, no dice nada, o lo dice con extrema malicia. Porque ésa es otra característica de su lenguaje, acaso la más desoladora, la más obvia, la más relevante… y, por ello mismo, la que más desapercibida pasa: que el poder no puede sino limitarse a repetir lugares comunes. El contenido de sus arengas es siempre predecible.

Es verdad que hay, como es natural, escalas: no es lo mismo un discurso que va a llegar a toda la nación que una rueda de prensa más relajada, o que un parlamentario diciendo cosas desde su escaño. También lo iremos viendo por aquí. Y algo habrá que decir de Toni Cantó: puede que meta la pata con frecuencia, pero parte de sus torpezas en Twitter se deben, no a que diga cosas que no puedan decirse, sino a que no emplea con rigor el registro que a un diputado se le presupone. Sus palabras, en una charla informal, pasarían desapercibidas. En esos elevados ámbitos, se nos aparecen torpes y desmañadas.

Indigna dignidad

Por eso me ha dejado bastante triste, y hasta meditabundo, que la marcha del pasado fin de semana se llamase a sí misma “de la dignidad”. “Dignidad” es una palabra tan fea como “consenso”, y puede usarla Mariano Rajoy sin pestañear, más de veinte veces, en cualquiera de sus conferencias.

Es éste un buen criterio para discernir si nuestra lengua, al escribir o al hablar, está viciada o no, sobre todo si uno es periodista: si nuestras palabras coinciden con las que se permite decir el poder, mejor será que las reemplacemos por otras.

Podremos ya viajar a la luna y dividir el átomo, pero a la humanidad aún se le resiste el difícil arte de contar gente...

Podremos ya viajar a la luna y dividir el átomo, pero a la humanidad aún se le resiste el difícil arte de contar gente…

Porque “dignidad” significa “excelencia, realce”, “gravedad y decoro”, “merecedor de algo”: muy aristocrático, muy del gusto del poder. La gente que se vino a Madrid no lo hizo por nada de eso. La gente que se vino a Madrid (me niego a llamarlos “indignados”, otro término también prostituido, que el poder pronuncia sin ningún rubor) lo hizo porque no sabe qué hacer; lo hizo porque está enfadada con los que mandan, y a su modo también se desespera; lo hizo porque siente que en este mundo de las cifras y los rescates hay gato encerrado. Yo la hubiera llamado “marcha de los que están jodidos por decisiones que ellos no tomaron, y además no aguantan el mamoneo de los de arriba”.

Muy largo, se me dirá, sí: pero ya les aseguro yo que jamás un político pronunciará el sintagma “los de arriba”. Sólo por eso, merecería la pena.

Por si acaso…

¿He logrado que palpite algo de desconfianza en sus corazones? ¿Alguno se pregunta aún qué tiene de malo usar el lenguaje de los poderosos, si al fin y al cabo sus palabras tampoco son del todo suyas? ¿Habrá que decir que lo bueno de la lengua común consiste en la riqueza de su tono, en la capacidad de suscitar emociones, en que habla sin miedo, en que no trata de vender nada, y en que cuando fluye limpia y directa puede decir todo lo que se proponga con precisión y sencillez, cosas ellas que el poder, agarrotado, no puede?

Aunque me temo que la vocecilla de sabihondo no me la he podido quitar ni un poco, se ha hecho lo que se ha podido.

Dentro de quince días, más: y con más saña.

***

Foto de portada: La coronación de Napoleón, de Jacques-Louis David (Wikipedia)

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3 Respuestas a “Poderosos

  1. Brillante artículo, lo valoro positivamente. Por otro lado, algún día, alguien debería sacar una recopilación en forma de libro de los millones de palos recibidos por ZP por cualquier cosa, en cualquier lugar, por cualquier motivo, en cualquier momento o oircunstancia, sin que le hiciera falta, siquiera, al “talantoso” exmandatario haber pasado por ahí. :)

  2. ¿Coincide, Jorge? ¡Nos copian! xD

    Viernes: todos los palos que se le den a ZP son pocos. Además de la grave culpa que arrastra por haber sido presidente del gobierno (ya hay que tener mala sangre y el alma podrida para alcanzar tan elevado cargo), sus discursos eran lamentables. Eso al que suscribe le pone de los nervios. Se tolera la incompetencia, pero la mala retórica… esa no. xD

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