El espíritu de la Transición

A lo mejor estáis enterados ya, pero por si acaso os lo cuento: ha muerto Adolfo Suárez. Como su fallecimiento fue anunciado como el de aquella novela de García Márquez, nos ha brindado un ejercicio de crónica de la pre-muerte, con guardias informativas en la puerta del hospital y aperturas de telediario con una orgía de eufemismos para evitar decir “no, no se ha muerto todavía.” Por suerte, nuestro expresidente no hizo la de Mandela en noviembre y, fiel al estilo político que llevó en vida, dimitió cuando el contexto se lo demandaba.

Yo de Suárez sé lo justo, pues el hombre había dejado de ser presidente unos cuantos años antes de que naciera, y en el colegio fui instruido al respecto por los libros de la editorial del grupo Prisa, que en las cosas de la divina Transición no puede decirse que sea mi fuente predilecta. Por esta razón, ahora que ha muerto y el relato único del paso del franquismo a la democracia está en entredicho, me siento indefenso ante la vorágine de información que me llega. ¿Por variada y contradictoria? No, precisamente por lo contrario.

Decía nuestro querido Foucault, amigo íntimo de esta sección, algo así como que a la hora de elaborar discursos, es decir, los cuentos que nos contamos, el poder se cuida muy bien de establecer claramente los límites de lo que se discute. También decía que para convertir lo subjetivo en objetivo, una herramienta clave es la repetición. Esto último lo decía también Goebbels unos cuantos años antes, pero no está muy bien visto lo de tenerle como referencia filosófica salvo si eres publicista, así que nos vamos a quedar con el francés.

Y después de este interludio filosófico, unas portadas.

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Si después de ver esto no pensamos que nos están queriendo vender algo es que somos un buen blanco en lo que se refiere a comernos discursos con patatas. Yo no había visto tal coincidencia desde aquel 11 de marzo en el que ETA había cometido su mayor atentado. Más aún, si nuestros principales políticos, los mismos a los que no creemos una palabra cualquier otro día del año, coinciden al decir cosas como “consenso”, “diálogo”, “libertad”, “democracia” y  eso de que tendrá “un lugar privilegiado en la historia”, uno no puede evitar pensar que le están escribiendo los libros de historia en directo.

No me malinterpreten, no quiero decir que Suárez no representara todas esas cosas, ya he reconocido mi ignorancia al respecto. Al menos se puede decir que en su corta etapa como presidente preguntó más cosas a los españoles que sus sucesores, o que dimitió sin aferrarse como un loco a la silla. Ya son dos cosas admirables y que curiosamente no han sido las más repetidas estos días por nuestros políticos actuales. El problema viene con ese discurso unificador, que no deja margen para la sana discusión, a riesgo de quedar como un subversivo, un antisistema o, simplemente, marginado de la conversación.

La grieta

Lo que nos muestra todo esto es la asombrosa capacidad que tiene el poder para escribir realidades difíciles de cuestionar, pero eso que tan bien funcionó en el pasado puede estar sufriendo una grieta en el presente. Es posible que en temas como el de Suárez, una teoría unificada pueda hacer que incluso los enfermos de la sospecha terminemos tragando. Pero no pasa lo mismo con el presente. Como bien defiende el imprescindible “CT o la Cultura de la Transición”, el 15M supuso más que cualquier otra cosa una fuga en la capacidad del poder para imponer sus historias, y los años transcurridos desde entonces no pueden dar más la razón a esa teoría. Aquel despertar de muchos se ha ido extendiendo como la pólvora, y cada vez son más los instalados en la duda metódica al recibir las explicaciones del mundo que se nos dan desde arriba.

Ahora que sabemos que los periódicos, principalmente los de “toda la vida”, tienen unos propietarios que defienden unos intereses entre los que informar no siempre es la prioridad, o que el poder político tiene como principal misión la autoconservación, cada vez es más frecuente que sus mensajes no sean nuestra única fuente. Buscar el gato encerrado en las redes sociales o los medios alternativos es una tarea que estamos incorporando poco a poco a nuestra forma de enterarnos de lo que pasa. Quienes lo poseían han perdido el monopolio del mensaje y hoy existe una oposición a su discurso.

Un par de aclaraciones: cuando hablo del discurso del poder soy plenamente consciente de que no todos los discursos del sistema son el mismo (no es lo mismo El País que el ABC), pero lo que sí es cierto, como decía Foucault, es que su discurso se maneja en unos márgenes estrechos, y son esos márgenes los que desafía esta nueva etapa. También tengo claros los problemas que surgen de la pérdida de referencias fiables, como que nos traguemos cualquier cosa que leamos por internet, pero ese es un tema complicado que si me permitís (y si no, también) mejor dejaremos para otro momento.

Para intentar ahondar un poco en el tema, tampoco tenemos que irnos muy lejos. Este mismo fin de semana, una enorme manifestación recorrió Madrid bajo lemas como “techo para todos” o “no al pago de la deuda”. ¿Dónde han oído los cientos de miles de manifestantes ese discurso? Al PP y al PSOE no, y en los medios tradicionales tampoco. Para más intriga, banderas catalanas e ikurriñas desfilaron alegremente por la ciudad sin que nadie se volviera loco ni recitara cual papagayo aquello del “desafío soberanista”. ¿En qué periódico leyeron los debates sobre el modelo de estado los que portaban los cientos de banderas republicanas (las más numerosas)?. Quizá, sólo quizá, es porque un discurso se está construyendo aparte, al margen. A lo mejor hay mucha gente que está pensando un país sin contar con ellos. Mirad las portadas del día siguiente y juzgad vosotros mismos.

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Foto de portada: Parte del dispositivo policial del 22M (Francisco Villena Sánchez)

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