La gran batalla

El seis de julio de 1961 ocurrió algo maravilloso. Hacía ya más de una década que el jazz había entrado en nuevos caminos y el swing era un recuerdo pasado de moda en la década que se iniciaba, cuando la música popular del Siglo XX aún no imaginaba la cantidad de saltos mortales que iba a ser capaz de dar. Cuando las grandes orquestas de jazz se habían convertido en una rareza prehistórica, como un fósil que se empeña en mantener su aspecto intacto a pesar de que el mundo que le rodea ya no es el suyo, alguien tuvo una gran idea.

El Conde del Swing

Para saber qué es el swing solo hace falta escuchar The Kid from Red BankSplanky One O’Clock Jump. Como un cuento de Borges, la big band de Count Basie era una herramienta de relojería. Consiguiendo siempre a los mejores arreglistas (Quincy Jones,  Sammy Nestico o Neal Hefti), la banda sonaba exactamente como debía hacerlo. Basie convirtió el sonido de su orquesta no solo en un estándar, sino en el ideal de belleza que busca casi cualquier big band que haya surgido posteriormente.

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Todavía hoy, a un mes de que se cumplan las tres décadas de su muerte, William James Basie, el Conde, sigue siendo el máximo referente en cuanto al sonido de una big band se refiere. Cada sección de la orquesta de Basie sonaba como un órgano, como si no fueran en realidad casi veinte músicos, sino un septeto con tres vientos capaces cada uno de ellos de emitir cuatro o cinco sonidos a la vez. Los solos se llevan los aplausos del público, pero son los soli -partes de los temas en los que una sección, por ejemplo, la de saxos, toca sin apenas acompañamiento del resto de la banda- son los que dan la talla de una big band. El nivel de compenetración que consiguieron sus músicos sigue dando miedo. Cada una de las tres secciones de viento de su orquesta (trompetas, trombones y saxos) sonaba como un solo hombre. Eso sin contar sus trabajos con Sinatra, el mejor ejemplo de cómo debe repartirse el protagonismo entre un crooner y una orquesta.

No hay un tema de Count Basie en el que alguien esté descolocado, siquiera una micra. La precisión en los ataques a las notas, los crescendos y diminuendos, los efectos, el nivel de cada músico en cada momento, todo estaba siempre medido al milímetro. Todo estaba siempre en su sitio en la Orquesta de Count Basie, pero la creatividad de sus miembros siempre tenía vías para expresarse. La música de Count Basie nunca ha sonado constreñida y, lo mejor de todo, es que sigue siendo divertidísima.

El Duque del Jazz

Si Edward Kennedy Ellington hubiera nacido a mediados del Siglo XVIII en Europa, Mozart hubiera tenido serios problemas. Duke Ellington es el gran compositor americano. Su creatividad iba más allá de cualquier género, como demostró con Black, Brown & Beige o con sus casi desconocidos Conciertos de música sacra. Fue capaz de crear un estilo, el jungle, que imaginaba todo un continente, pero no se limitó a ello. Ellington pasó por la historia de la música como un pilar al que recurrir antes o después, de una u otra forma.

Lo consiguió siendo extremadamente fiel a sus ideas sobre la música y el arte. Cuando las big bands parecían desahuciadas y todos los músicos iban pasando a formar grupos pequeños, más rentables y fáciles de manejar, el Duque mantuvo la suya a toda costa. Cuando los contratos faltaban, él mismo la pagaba a sus músicos con el dinero que recibía por los derechos de autor de sus obras.  Ellington era un pianista gigante, pero solo con su instrumento estaba limitado. En realidad, él tocaba la orquesta.

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A pesar de que sus composiciones pueden dar en ocasiones una sensación de caos, este siempre está al servicio del bien común. Es un caos vegetal, que parece crecer sin control, pero solo porque la idea de la que parte y hacia la que camina van mucho más allá de nuestras expectativas, creando paisajes imposibles, que dejan sin respiración. Cuando el jazz era considerado una música plenamente popular, Duke Ellington empezó a recibir reconocimientos que sin él, probablemente, no se hubieran entendido hasta mucho tiempo después. The Duke fue el primer hombre negro en aparecer en una moneda de los Estados Unidos -quienes lo decidieran posiblemente no sabrían que, en los años treinta, había tocado para el CPUSA, el Partido Comunista de los Estados Unidos, según cuenta Martin Smith en John Coltrane. Jazz, racismo y resistencia– y, en 1965, fue nominado al Pulitzer de música (un premio que recibió póstumamente en su categoría especial de 1999). Al ser rechazado para el título en la primera ocasión, Ellington dijo: “El destino está siendo generoso conmigo. No quiere que me haga famoso demasiado joven”. Tenía 66 años.

El encuentro

Recién estrenada la década de los sesenta, en un contexto en el que el jazz ya había superado incluso al bebop y en el que los estilos más vanguardistas empezaban a asentarse, las big  bands y el swing hacía tiempo que habían abandonado las listas de éxitos. No resulta difícil imaginar la situación en la que Duke y Count se encontraban. Podemos elucubrar que la idea partiera de alguien de Columbia Records, una compañía para la que Ellington seguía grabando regularmente y con la que Basie ya solo trabajaba en colaboraciones con otros artistas, pero se enmarca dentro de una etapa muy concreta de la discografía de Duke. En los primeros años sesenta, Ellington, en una situación de paréntesis entre distintos contratos discográficos, aprovechó para grabar con un gran número de destacados nombres propios como Louis Armstrong, Frank Sinatra, Charles Mingus o John Coltrane, seguramente como una forma de dar un nuevo impulso a la carrera de la orquesta, antes de lanzarse al mercado internacional con largas giras mundiales.

Duros rivales a lo largo de más de dos décadas en la pugna por figurar como la orquesta de jazz más importante del país y grandes amigos y admiradores mutuos en su vida privada, de pronto se encontraban con la posibilidad de compartir estudio. En una sesión de apenas dos días y sin ensayos previos, seleccionaron buena parte de las joyas de la corona de ambos repertorios y juntaron a treinta músicos de jazz bajo el mismo techo para sacar a la luz First Time! The Count Meets the Duke, el único disco de las dos big bands más importantes de la historia tocando juntas.

El resultado parece extraño a primera vista. Es poco reconocible, pero ese misterio da ganas de seguir poniéndolo una y otra vez, buscando los matices escondidos en cada corte, que solo van saliendo a la luz por acumulación de escuchas. Los estilos de ambas bandas -diferentes, por no decir opuestos-, se funden en una masa espesa y sabrosa. Los temas de Duke tienen el swing de Basie y los de Count son marcadamente ellingtonianos. Los momentos de interacción entre los pianos de los dos líderes ponen el pelo de punta y los solos que ejecutan los jefes de sección de ambas formaciones son una buena muestra de cómo un tema se puede atacar desde puntos de vista completamente alejados y que siga funcionando a la perfección.

Como suele pasar cuando se unen dos formaciones completas, sea cual sea el estilo, da la sensación de que la oportunidad daba para una mayor experimentación que la que resulta finalmente. Los temas se enfocan la mayor parte de las veces como escritos para una big band con el doble de miembros, sin explorar demasiado las posibilidades que ofrecen dos pianos, ocho trompetas, seis trombones, diez saxos, una guitarra, dos contrabajos y dos baterías juntos. Sin embargo, los arreglos y la acumulación de músicos sí consiguen que las piezas tengan un valor sinfónico muy superior al de cualquier big band al uso, dando lugar a una rara obra maestra.

Originalmente presentado con nueve cortes, el disco en su versión CD desveló versiones alternativas, charlas entre los músicos y hasta una inacabada versión del famoso Blues in Hoss Flat de Basie, que había alcanzado su máxima popularidad gracias a Jerry Lewis y, muchos años después, a Peter Griffin.

Habrá quien diga que es un disco menor. Que no es el mejor trabajo de uno ni de otro. Que, a inicios de los años sesenta, el público se había olvidado del swing y de las big bands. Seguro que hay alguien que dice que lo hicieron solo por el dinero. Habrá quien diga todo eso y es posible que incluso tenga su parte de razón. Pero, escuchando el resultado, ¿a quién le importa?

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2 Respuestas a “La gran batalla

  1. Estimado Jorge,

    Excelente recordatorio tu reportaje, era un disco que tenía muy olvidado, creo que tienes razón en todo lo que dices. “Sólo por dinero” como la Capilla Sixtina, Las Meninas, David Cooperfierld….

    Muchas gracias por tu trabajo, los detalles los comentamos tomando un café, que esto lo lee todo el mundo.

    Abrazotes.

    E

  2. Gran y preciso comentario. Yo soy fan de Count Basie y tengo varios discos de Duke Ellington. Este álbum me encanta porque además, para beneplácito de los melómanos, contiene datos precisos sobre los solos de cada tema. Además, el hecho de que cada orquesta esté en un canal de audio, facilita mucho su apreciación. Gracias por comentarlo.

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