Economistas

Acostumbrado como estoy a tragarme textos perfectamente legibles, no salgo de mi asombro cuando leo ciertas secciones de los periódicos. Una de las más espantosas, de ésas que chorrean ideología hasta empapar la página que ocupan (y quien dice “ideología” dice “religión”), es sin duda la económica.

La economía, esa infiltrada entre las ciencias

Como sabrán los lectores, la economía, de ciencia, tiene más bien poco. Porque ni puede recurrir al experimento para corroborar sus tesis –una de las características de toda ciencia que se precie–, ni predice suceso alguno, ni consta de un corpus definido de términos exactos e irreductibles, ni se ocupa de entidades físicas. Tampoco se contenta con describir un estado de cosas, sino que pretende alterar ese estado al mismo tiempo que lo describe: mala economía será la que arruine a las poblaciones ejerciéndose sin embargo con rigor científico. Pero ella, como maneja números y fórmulas, se tiene que creer precisa y matemática; y por ese deseo de volverse seria y respetable emplea un vocabulario en apariencia muy técnico y objetivo.  Hasta aquí, nada que no se haya dicho antes en otros sitios.

Quizá alguien replique, no obstante, que la economía cumple también su función: la de administrar con sabiduría los recursos de los que dispone un país. No le negaré  yo nada a este argumento, porque eso es lo que de toda la vida se ha llamado “echar cuentas”; pero a su vez quiero recordar que la economía necesita de la mentira constante para lograr sus fines. Especialmente si se ve obligada a hablarle a las gentes sobre su proceder. Un ministro de economía no puede aparecer en la televisión para decir que las arcas del país están tiritando, que no sabe muy bien cuándo mejorarán, que duda sobre cómo afrontar la crisis, y que sus medidas no han tenido efecto. El único discurso que van a escucharles ustedes a los economistas que ocupan el poder (siempre habrá outsiders que anuncien la inminente llegada del Apocalipsis) oscilará entre la esperanza y el miedo (que son las dos caras de una misma moneda): la esperanza, para legitimar el papel salvífico de la economía; el miedo, para que la gente se someta dócil a sus “dolorosas medidas”. Con frecuencia ambos aparecen entremezclados; pero siempre augurando un futuro próximo o lejano en el que por fin florecerá la hierba y lucirá el sol.

Ello nos sumerge de lleno en un campo muy distinto del de la ciencia. Para la ciencia, el tiempo en que se cumplan sus leyes no cuenta: la velocidad será igual al espacio partido por el tiempo hoy, mañana, y el doce de abril de 2067. A la economía, por el contrario, sólo el perpetuo futuro la sostiene. Pero, como el futuro aún no ha llegado, toda planificación es por esencia metafísica, ficticia. Al menos hasta el instante en que dicha planificación se haya materializado: lo cual nos sitúa de pleno en el reino de lo subjetivo; o sea, de lo emocional; o sea, de lo irracional.

Pero que el discurso económico del poder sea irracional no quiere decir que no se arme a su vez de falsas razones.

El manuscrito Voynich, más fácil de descifrar que algunos artículos de las páginas salmón.

El manuscrito Voynich, más fácil de descifrar que algunos artículos de las páginas salmón.

Un artículo cualquiera

Vamos a analizar un artículo con el que me topé hace ya unos cuantos meses; no reviste nada de especial. Acaso, que apenas habla del futuro: mas vean los lectores cómo, incluso refiriéndose al presente, no se desprenderá de ese lenguaje sibilino tan inherente a los economistas, que gustan de encubrir las cosas desnudas con otros nombres más simpáticos o misteriosos.

El artículo, extraído de El País (26 de septiembre de 2013) es el siguiente:

El Banco de España destaca el efecto de la reforma laboral en la caída de salarios

La noticia es una mera glosa al titular; titular bastante claro de por sí, aunque me quedo con la duda de por qué ese efecto no se ha tomado claramente como causativo. Podría haber escrito el periodista: “El Banco de España cree que los salarios han bajado a causa de la reforma laboral”. Vayamos al texto.

[Todas las negritas que lean serán mías].

“La reforma laboral ha contribuido a deprimir los salarios y no ha hecho nada por evitar la elevada temporalidad en la contratación. Son algunas de las conclusiones del Banco de España, que publicó ayer un primer examen sobre los drásticos cambios legales (abaratamiento del despido, más poder negociador para las empresas, medidas de flexibilidad interna) que introdujo el Gobierno a principios de 2012. El supervisor del sector financiero cree también que la “moderación salarial” lograda se empieza a traducir en una menor destrucción de empleo.”

“La reforma laboral…” empieza la primera frase. ¿Por qué “reforma”? Como casi siempre suele pasar, la peor ideología es aquella que, de tan vista como está, ya nadie la ve. ¿Vamos a tragarnos que todo cambio en una ley ayude a mejorar? No otro matiz conlleva en sí ‘reforma’: Aquello que se propone como innovación o mejora en algo.

Para los que piensen que la nueva ley laboral ni innova ni mejora, más exacta resultará la palabra “cambio”. ¿Han leído en algún lado “cambio de la ley laboral”, o “la nueva ley laboral”? Yo tampoco. Ya ven: hasta los más adversos a la nueva ley seguirán llamándola reforma. Tanto intoxica la lengua del poder cuando se nos aparece tan bien disfrazada.

Pero la frase continúa: “La reforma laboral ha contribuido a deprimir los salarios”. No hemos leído ni diez palabras cuando ya se nos encubre, con un término sacado del ánimo de las almas humanas, el hecho de que los salarios han bajado. ¿Con qué pretendida pertinencia se tolera en este caso el inadecuado término “depresión”?

Abajo le cambia el epíteto, y habla de “moderación salarial”.

No voy a detenerme mucho en la “elevada temporalidad”. El articulista quiere decir que los empleos temporales han aumentado. Pero si la temporalidad es elevada, significa que el tiempo, la cualidad de ser temporal una cosa, se prolonga.

Más adelante se enumeran los “drásticos cambios legales” de la susodicha ley (estaría bueno que fueran ilegales). “Más poder negociador para las empresas”, se dice. Pero incluso en un sintagma como “poder negociador”, capta el oído otra incongruencia. Si “negociar” implica tratar de un asunto, o comerciar, entre dos partes, ¿a cuento de qué se introduce ahí el poder? Si una de las partes posee más poder que la otra, la negociación, que se presupone de antemano equilibrada, pierde al instante su cualidad de negociación; y por mucho que el poderoso se empeñe en seguir llamándola de un modo amable, bien sabemos todos que no hay negociación posible, sino a lo sumo rendición pactada, cuando uno de los negociantes lleva desde el principio las de ganar. Podría haberse escrito, por tales razones: “más poder para la empresa”, sin mentira alguna.

Seguimos. Lo de las medidas de flexibilidad internas, si no se hubiese vuelto ya tan popular el eufemismo, no lo entendería nadie; y sin embargo merece la pena detenerse en ello, porque ahí lo relevante no son las medidas (“medidas” es un verdadero cajón de sastre, y su significado, tan abstracto, se puede aplicar a cualquier acción humana encaminada a un fin), sino el hecho de que a la flexibilidad se la adjetive como “interna”. Pues dicho adjetivo se revela como infinitamente tramposo en cuanto se le somete a la prueba semántica de la oposición: si decimos “medidas de flexibilidad externas”, ¿qué carajos, salvo un sinsentido, estamos expresando?

No duden demasiado los lectores. Resulta que sí, que la oposición entre internas/externas se usa en la jerga empresarial. Copio del diario expansión, que nos define así las dos flexibilidades: “(…) tanto la flexibilidad interna (márgenes y mecanismos de adaptación de las condiciones de trabajo a la situación económica y productiva empresarial y del mercado), como en la externa (ajustes mediante la extinción de contratos de trabajo)”. Como le pasó a Sócrates cuando preguntó qué era la virtud, buscaba una respuesta y se encontró con un enjambre. Lo de los mecanismos (otra palabra vacía, que se puede aplicar a cualquier cosa con elementos dinámicos) de adaptación de las condiciones, etcétera, claro se nos muestra: que si la cosa está chunga y lo dice la empresa, habrá que apretar a los trabajadores; pero, ¿márgenes? Y en cuanto a la flexibilidad externa, ya ven: significa “despidos”; “reducción de plantilla”, si quieren ponerse exhaustivos e incluir, por ejemplo, el cese de los contratos temporales.

No diga "las víctimas del terremoto", diga, "moderación de la flexibilidad estructural de las condiciones vitales de los integrantes del conjunto de los pre-viviente antes del deceso"

No diga “las víctimas del terremoto”, diga, “moderación de la flexibilidad estructural de las condiciones vitales de los integrantes del conjunto de los pre-viviente antes del deceso”

Les limpio de ideología el primer párrafo del artículo:

El Banco de España mostró los resultados de un estudio acerca de las consecuencias de la nueva ley laboral, aprobada a principios de 2012. Dicha ley abarató el despido y aumentó el poder de las empresas, tanto en las condiciones que impongan éstas en los trabajos, como en los pactos con los sindicatos. Por ello, dice el Banco de España, los salarios han bajado, y los empleos temporales han aumentado.

Tan acostumbrados estarán los lectores a traducir las noticias económicas, que tomarán casi como un chiste la nueva redacción; o, peor aún, percibirán un tono tendencioso: “Vaya, vaya, qué texto tan poco objetivo; cómo se nota que el que lo ha escrito despotrica; y qué burdo”. Pero reparen en que no se dice nada que no esté arriba; y, sin embargo, ¡cuánta maldad hace falta para hacernos comulgar así con ruedas de molino! ¡Para llamar flexibilidad externa al despedir, para decir que las pagas se deprimen, que los salarios no bajan sino que se moderan! Quiero se aperciban con fuerza y ganas de la extrema vileza lingüística que se oculta tras ese torrente de hueras palabras que trata de maquillar lo que, dicho de otro modo, resultaría intolerable. Y vean que no se trata de un panfleto, o de una propaganda organizada, sino de un artículo cualquiera, de un día cualquiera, de un periódico que se dice afín a la izquierda.

La claridad del Banco de España

Vamos ahora a coger el toro por los cuernos. Lean con atención y asegúrense de captar cada una de las ideas y matices del texto que sigue (salto al tercer párrafo). He aquí la elevada prosa del Banco de España:

“Los resultados incipientes apuntan a una profundización del proceso de moderación salarial tras la aprobación de la reforma de 2012, que podría estar empezando a reflejar una mayor sensibilidad del proceso de determinación salarial a la situación específica de las empresas”. En otras palabras, los cambios introducidos por el Ejecutivo del PP habrían facilitado que los salarios pierdan poder adquisitivo o, incluso, bajen, para facilitar que la actividad empresarial se ajuste a sus mucho peores perspectivas de negocio, en una economía atenazada por la recesión. Una etapa de contracción de la que España estaría a punto de salir: “La información disponible sería coherente con una estabilización, o incluso, con un leve avance del producto en el periodo julio-septiembre”.

Ya el articulista, que a pesar de todos sus amaneramientos, se percata del desastre, nos lo advierte antes: “…lo dice a su manera”.

De nuevo, más palabras vacías: “proceso”. Sirve para cualquier cosa que conste de dos o más elementos y que transcurra en el tiempo. ¿Orinar? “Proceso por el cual el pis emerge de la uretra” ¿Hervir? “Proceso por el cual el agua se vuelve gaseosa”. No me digan que no da gusto la palabra “proceso”. Aquí se trata de una profundización (?) de ese proceso de “moderación salarial”. En el lenguaje económico, imagino que “profundizar” significa “aumentar”, “intensificarse”. Lo que me despista del todo son esos resultados “incipientes” (o sea, “que empiezan”): si un resultado es algo por definición concluido y cerrado, ¿cómo pueden estar empezando?

La segunda parte de la frase nos asombra por su precisión: “podría”. Tal vez, supongo, podría ser que no. Mas el caso es que “podría estar empezando a reflejar una mayor sensibilidad (¿!) del proceso (ese proceso, que no falte nunca) de determinación (?) salarial a la situación específica de las empresas”. Dios mío. Por dónde empezar.

Bien, para ir desenredando la madeja, aclaremos la primera parte: “Hasta ahora, los resultados nos dicen que los sueldos han bajado tras la aprobación de la ley”. Queda en suspenso la duda de con qué antecedente se corresponde el relativo “que”, sujeto de “podría estar empezando a reflejar”: ¿se refiere a la profundización, a la ley, al proceso, a la moderación? No creo que haya argumentos suficientes en este mundo para optar por una de las cuatro palabras en detrimento de las otras, pero adviertan que esa indeterminación tampoco afecta mucho al sentido de la frase.

También confieso que no sé lo que quiere decir la “sensibilidad” en este contexto; y menos aún cuando esa sensibilidad se refiere al proceso de determinación salarial. El articulista nos lo explica a su manera: que los sueldos pierden poder adquisitivo o bajan cuando una empresa sospecha, o cree –de nuevo la fe introducida como causa–, que le va a ir mal en un futuro.

Para ir concluyendo por hoy, la frase entera quedaría de este modo:

Hasta ahora, los resultados nos dicen que los sueldos han bajado tras la aprobación de la ley de 2012, lo cual refleja (o podría reflejar, no estamos seguros) que las empresas los han modificado según sus expectativas económicas.

Llama la atención que los sueldos hayan bajado, y que tenga que venir a decírnoslo el Banco de España, tras un minucioso examen, cuando ya en la ley misma se le daba más poder a las empresas para bajar los salarios. La segunda parte de la frase está implícita, de hecho, en la primera; y toda ella es de una simpleza lamentable.

Este señor adorna la fachada del Banco de España. Varias fuentes aseguran que hasta la llegada de los modernos economistas no tenía el ceño fruncido.

Este señor adorna la fachada del Banco de España. Varias fuentes aseguran que hasta la llegada de los modernos economistas no tenía el ceño fruncido.

Eppur si muove

Sé que el artículo de hoy ha sido tan largo como difícil. Les dejo pendiente la segunda parte de este análisis para dentro de quince días.

Pero me gustaría que volviesen a leer la frase del Banco de España. Resulta tan indignante y torticero su modo de escribir (impreciso, superficial, tramposo), que quiero se pregunten si acaso alguien sano puede llegar a encadenar semejante sarta de dislates uno tras otro. ¿Pueden concebir qué clase de mente trastornada escribe así, lo da por válido, y se arroga la osadía de hacerlo público? No sólo por el enfermizo uso del idioma, sino por todas las taras que arrastra: si unos expertos en la materia, unos señores importantísimos del Banco de España, no pueden escribir una sola línea que se entienda, una sola línea llana y directa; y, si están acostumbrados a tragar con tales espantajos semánticos, ¿cómo funcionan sus extraños cerebros? ¿Qué clase de mentes desviadas palpitan bajo esa apariencia de “saber mucho”? ¿Les parece lícito que nos extravíen con unos vocablos que no son ya meros tecnicismos –a los tecnicismos se les presupone un grado de definición en extremo especializado y escrupuloso–, sino, muy al contrario, expresiones deliberadamente y imprecisas y ambiguas?

Lean y relean la frase; piérdanle el respeto, y traten de entender algo.

Así es el lenguaje del poder cuando quiere impresionar: confuso, dificultoso y como revestido de mucha importancia. Sólo cáscara.

Bien escuchado, debería darnos miedo. Por lo poco que dice. Por lo mucho que trata de esconder. Por su ignorancia.  Porque estamos en sus manos.

***

Foto de portada: El aquelarre, o El Gran Cabrón, de Goya (Wikipedia)

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