Esperanza de evasión

“Yo nací para las emociones fuertes”. Eso fue lo que pensó al tiempo que el fresco costumbrista de la Gran Vía corría al otro lado de la ventanilla del automóvil. Pensarlo y meter la quinta con un ademán brusco y resoluto fue todo uno. En la selva no estaba permitido titubear. Si lo hacías, te comían. La infalibilidad de la ley del más fuerte y demás teodicea darwiniana, que ella se aplicaba con el rigor de un padrenuestro.  Una mujer de acción tenía que hacerlo. Si no, jamás habría llegado a convertirse en una súper heroína capaz de hacer de las situaciones límite su hábitat natural.

Apretar dientes, sangre fría y un pico de adrenalina. Era todo lo que hacía falta. Como en aquella ocasión en la que el helicóptero en el que viajaba se despeñó desde las alturas, con un manoteo desesperado de hélices, y ella, en el interior del aparato, lejos del alcance de las miradas, apretó la muñeca de su camarada, que gimoteaba ante la mueca dentona de la muerte inminente, y le espetó:

-Deja de lloriquear como una nena. Tu pusilanimidad me produce arcadas.

Dicho esto, le cruzó la cara de un bofetón, con el loable propósito de que se serenara, y acto seguido, sin que le temblaran las canillas, apartó al azorado piloto de un empujón y se hizo con el control de la nave, la cual, como no podía ser de otra manera con semejante ama y señora, enderezó el rumbo  (por la cuenta que le traía), y aterrizó en el suelo plácidamente. Luego contaron la versión oficial de que se habían estrellado y que, si habían salido ilesos, se debía, más que a la suerte, a un milagro. Pero no existían los milagros estando ella mediante. La que había salvado la situación había sido ella, sólo que, en su repertorio de súper poderes, figuraba el de ser muy modesta, y no quiso que se aireara la verdad. La cruda verdad.

Recordar su currículum heroico le asestó un pildorazo de orgullo y, sin poderlo evitar, picó espuelas a su bólido con una sonrisa de suficiencia

Vivía más tranquila lejos del bullicio de las cámaras y el chorreo de los agradecimientos. Claro está que no pudo evitarlos cuando salió descalza e indemne de un ataque terrorista perpetrado en un hotel de Bombay, cargando sobre sus hercúleas espaldas a unos cuantos huéspedes que habían quedado paralizados por el terror. No así ella, que, con inexpugnable entereza, se erigió en relatora de la tragedia, poniendo por testigos a dos calcetines blancos y veraces, que guardó como un talismán, como supervivientes elocuentes de aquella gesta, investidos de un valor litúrgico equiparable al de la capa de Superman.

Recordar su currículum heroico le asestó un pildorazo de orgullo y, sin poderlo evitar, picó espuelas a su bólido con una sonrisa de suficiencia, subió la música unos cuantos decibelios y bajó la ventanilla unos cuantos centímetros, para que el viento le despeinara la rubia cabellera mientras quemaba asfalto y a lo lejos entonaban su canto las sirenas policiales. Born to be wild.

Por la magnitud de su entrega y de su inmolación, no entendía que en esos instantes le estuvieran haciendo aquella cochinada: no le entraba en la cabeza que osaran tratarla como al resto de los mortales.

Y, sin embargo, aquellas arriesgadas peripecias palidecían si se ponían al lado de la que llevó a cabo aquel lejano día en el que se plantó en el adusto despacho de su padre y enterró la mirada en los arabescos de la mullida alfombra persa, pero sólo dos segundos, justo antes de declarar con inamovible determinación aquello de:

-Papá, quiero ser política.

Aquello era lo más temerario y lo más bestia que había hecho en toda su existencia: elegir la dureza de aquella vida. Pocos estaban amasados con la pasta necesaria para aguantarlo. Ella se había sacrificado, por el bien común. Porque eso es lo que hacen los verdaderos súper héroes. Por eso, por la magnitud de su entrega y de su inmolación, no entendía que en esos instantes le estuvieran haciendo aquella cochinada: no le entraba en la cabeza que osaran tratarla como al resto de los mortales.

Si la humanidad, en una especie de confabulación cósmica, pretendía que una mujer de acción se sometiera a la imposición de una multa, es que la humanidad estaba loca (pero loca de encerrar y tirar la llave), y, además, se iba a quedar con un superlativo palmo de narices. Y la mujer de acción que vivía en ella pisó el acelerador, con un desprecio por el mundo tan potente que derribó una moto (que se lo tenía bien merecido por estar en medio), y puso ruedas en polvorosa, escapando a toda mecha hacia el horizonte de su próxima aventura.

***

Foto de portada: Coche detenido en la Gran Vía madrileña por los agentes de movilidad con Esperanza Aguirre en su interior. (Foto: I.R.S. vía eldiario.es)

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