Velatorio en Macondo

-Permítame que les sirva un café. ¿Cómo lo quiere usted?

-Con hielo. No sé cómo es el hielo. A mi edad, y todavía no lo he visto –replicó con la dosis exacta de mesura, melancolía y dignidad ofendida el coronel Aureliano Buendía.

-No mienta. Su padre le llevó a conocerlo una tarde remota –le rebatió Melquíades, el gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión.

-Puede ser. Pero no lo recuerdo –replicó el coronel Buendía, sentando cátedra con la misma dosis exacta de mesura y melancolía, sin que faltara la porción correspondiente de ofendida dignidad.

-Como guste. Enseguida se lo traigo.

En el salón todos guardaron silencio. El ambiente en la estancia era asfixiante. Recrudecían el bochorno los alientos transfigurados en jadeos de un acaloramiento apenas disimulado y los sudores que comenzaban a empapar inexorablemente las ropas del luto, tupidas en demasía para los rigores primaverales de aquella tarde de un abril que ya había sido consumido en sus dos tercios como una botella de anís.

-¿Cuánto tiempo más tendremos que estar aquí? –inquirió Remedios, visiblemente inquieta, buscando con su mirada esmeralda la comprensión de la concurrencia- Al pobre niño de Úrsula Amaranta lo están devorando las hormigas. Ya sólo queda la colita de cerdo. Sólo eso han respetado estas bárbaras.

Florentino Ariza carraspeó con disgusto por la osadía e impaciencia de la juventud y se asentó los lentes sobre el puente de la nariz.

-Esperaremos lo que haya que esperar. Yo a Fermina Daza llevo esperándola 53 años, 7 meses y  11 días. ¿Y ve acaso que desespere?

-Deje de alardear, vejestorio. Me pone enferma con sus ínfulas. Con esa cháchara tan pesada se parece al loro amaestrado que le causó la muerte al pobre doctor Urbino –le atajó la desalmada abuela de la cándida Eréndira, con los ojos hechos chispas.

Para no atizar la gresca, todos se volvieron a escudar en el silencio. Un perro azul se aovilló en un rincón y comenzó a rascarse con furia los cuartos traseros, comidos por la sarna. Afuera, se puso a llover una lluvia providencial, refrescante y necesaria que arrastró la hojarasca, pero que, poco a poco, empezó a penetrar demasiado hondo en los sentidos de los asistentes al velorio.

La tapa del ataúd permanecía cerrada a cal y canto. Nadie se atrevía a mirarlo. No querían darse cuenta de que ya no estaba. Aquello les dejaba muy desamparados, aunque se resistieran a admitirlo en voz alta. Así que, para llenar el espesor del silencio, llegaron tácitamente al acuerdo de dedicarse a alabar la figura del muerto.

-Qué bueno fue siempre.

-Qué bien se portó.

-Fue capaz de empeñarlo todo, hasta la estufa, el secador y la licuadora, para que nosotros saliéramos adelante.

-Todos le querían.

-Qué pluma tenía. Mágica y realista.

Cómo jugaba con las palabras. Y cómo las pintaba. Cómo las perfumaba. Y cómo las retorcía.

.

.

.

Los elogios parecían extenderse hasta el infinito, como un desvío por el que perderse con tal de no llegar a la verdadera cuestión, que a todos les rondaba la mente y se la ponía patas arriba. Al final, fue Santiago Nasar el que se decidió a mentar a la bicha, poniéndole el cascabel a ese gato taimado y fiero que les estaba arañando el corazón: “Era inevitable. La muerte es una cosa anunciada. Así viene escrito desde siempre en todas las crónicas”.

Con su muerte, yo ya no tengo quien me escriba –gimió el viejo coronel.

Pero sí quien le lea: la humanidad entera –sentenció el patriarca otoñal.

Y fue éste el modo en que llegaron a tocar el nervio de aquella gran ironía. La jugarreta fenomenal que les había gastado aquel padre suyo tan bromista: morirse él después de haberlos convertido a ellos en inmortales, condenándolos a cien años (y unos cuantos más) de eterna soledad.

***

Foto de portada: Estancia de la Casa-Museo de García Márquez en Aracataca, Colombia (Foto: Colombia Travel)

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