La mirada tranquila

Mario Becedas | Falso 9

Sucede a menudo que el deporte alumbra promesas antes de tiempo. Que los focos más que iluminar una prometedora proyección, la derriten. Quizá el caso se encone más en el ciclismo, una religión estricta en la que a cada neófito se le asigna sin preguntar el rol de sucesor de alguna divinidad activa pero ya en decadencia.

De este halo maldito no pudo escapar el bueno de Oliverio Rincón. Su rostro selvático, cobrizo, de mirada tranquila pero reflexiva, pronto llamó la atención sobre el sillín. Nacido en Duitama (Colombia), su instinto sobre la cabra le vino de usarla como medio de transporte para repartir el pan, el duro trabajo que acometió desde los 12 años.

Su progreso desde entonces en las impronunciables rampas andinas de su país hacia el profesionalismo no tuvo parangón. Hasta que una luz se abrió en el cielo y a finales de los ochenta se le hizo depositario de un encargo colosal. Era el elegido para suceder a dos leyendas de Colombia entre los piñones: Lucho Herrera y Fabio Parra.

La primera gran pedalada de Rincón no fue en falso, y ganó la Vuelta Colombia de 1989. No tardó en saltar a Europa. Sus meteóricas ganas lo colocaron en la agenda de unos equipos españoles muy pugnaces por entonces. Ya de neoprofesional sorprendió a propios y extraños con su Vuelta a España del ’91, donde rozó la victoria en Cerler y en Covadonga, hitos del asfalto empinado. Ese año arrasaría en la Escalada a Montjuic.

Ancho de hombros y pleno de caja torácica, Rincón fue un bimotor de combustión pulmonar. Su ritmo de ascensión le situó como escalador excelso. Un grimpeur de los que derriten la carretera sinuosa de los veranos franceses. El Tour le vería ganar una etapa de leyenda en 1993, ya en las filas del mítico Amaya, donde había recalado después del Kelme, avispero de leyendas colombianas. Nada más cruzar la meta en Andorra, su director Javier Minués estalló de admiración: “Bendita locura la de Rincón”. El corredor había aguantado una fuga de las históricas, de las de 200 kilómetros contra la nada.

Ese mismo año sería el único en que lograse acabase el Tour. La general siempre fue una espina clavada para Rincón. Su irregularidad le apartó de unos podios que lo habrían consagrado para siempre. Sus victorias de etapa en Giro y Vuelta quedaban sepultadas por sus cuartos y quintos puestos. No subir al cajón final propició su declive.

Ya en el ’95 lo fichó la potentísima ONCE de Manolo Sáiz, un imperio con Alex Zülle y Laurent Jalabert a la cabeza. Rincón, estrella declinante pero aún reconducible, iba a ser un gregario de lujo para La Grande Boucle. Pero un doloroso forúnculo le hizo ver el infierno sobre el sillín. Según contó Carlos Arribas en ElPaís, el abceso tenía el tamaño de un huevo de dos yemas.

Esta caída de la terna provocó que su director lo relegara y, ya en septiembre, en la primera Vuelta a España que se disputaría por esas latitudes del año, Sáiz le hizo salir el último en el prólogo por miedo a que lanzasen chinchetas durante el recorrido, como ya había pasado en 1992. No era plan que se las encontrasen los líderes de la escuadra. Rincón ya era un sparring.

Después vendría el fichaje postrero por el Vitalicio y una retirada con poco sabor. Rincón, que nunca perdió la calma, no pudo cumplir la promesa que le inocularon en sus comienzos, pero había legado al ciclismo momentos de bella factura.

Pero no le dejarían respirar ni en su retirada. En el 2000 las FARC le secuestrarían hasta dos veces, liberándolo pronto, por fortuna. Aún así, no tardaría en volver a su pasión, dirigiendo desde 2012 al equipo Colombia, de categoría Profesional Continental. La mirada tranquila de Oliverio Rincón, que ayer cumplía 46 años, nunca ha dejado de cernirse sobre el punto en el que el asfalto comienza a ser invisible.

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Foto de portada: Oliverio Rincón, foto como director del equipo ciclista Colombia (Foto: Colombia Team)

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