Una cuestión de fe

Sergio Menéndez | Falso 9

“Le sacamos del habitáculo, le quitamos el casco y le hicimos una traqueotomía. Por sus reacciones neurológicas, vi que se trataba de una lesión cerebral mortal. Entonces suspiró y su cuerpo se relajó. Fue el momento, y no soy religioso, en que pensé que su espíritu había salido de su cuerpo”.

Apenas habían transcurrido 24 horas de la última conversación entre Sid Watkins, miembro del equipo médico de la Federación Internacional de Automovilismo y un conmocionado Ayrton Senna. La muerte de Ronald Ratzenberger durante la sesión de clasificación para el Gran Premio de San Marino de 1994 había dejado el paddock del circuito de Imola sumido en la tristeza y la incertidumbre. La misma suerte que había querido que un Rubens Barrichello en su temporada de debut en la Fórmula 1 saliera ileso del accidente sufrido el día anterior en los entrenamientos libres se cebaba luego con el piloto austriaco de la escudería MTV Simtek-Ford.

Ante las trágicas noticias que llegaban del Hospital Maggiore de Bolonia, Watkins, sabedor del estado de ánimo de Senna, quien se había desvivido siempre por mejorar las medidas de seguridad en los circuitos, llegándose incluso a enfrentar públicamente al por entonces presidente de la FIA, Jean-Marie Balestre, se acercó al tricampeón del mundo y su amigo personal para sugerirle la posibilidad de dejar en ese preciso instante la Fórmula 1 y marcharse juntos de pesca.

Sin embargo, pese a los problemas de tracción y viraje que estaban haciendo del Williams-Renault una máquina indomable, Senna levantó la mirada y le contestó: “Sid, no puedo abandonar”. De haber sabido lo que el destino le deparaba en la carrera del día siguiente, puede que el brasileño hubiese aceptado la oferta, calarse un gorro rodeado de señuelos en lugar del casco y, de este modo, cambiar la crónica de un Gran Premio que hablaba de una muerte anunciada.

En realidad, que Ayrton Senna fallecería sobre el asfalto constituía una evidencia. Para quien había convivido con el peligro, interiorizándolo hasta tal punto que le llevó a declarar sobre su fatal destino que, a pesar del temor que la muerte y el dolor le inspiraban, todo lo compensaba su fascinación por el miedo, no cabía despedirse de otra forma. La única duda que se albergaba al respecto es dónde y cuándo se produciría.

En ese sentido, Dios, la única autoridad por la que Senna profesaba una fe que trascendía los límites de la tremenda seguridad que tenía en sí mismo, le reservó un momento y, sobre todo, un escenario a la altura de la leyenda. No sólo por el hecho de que el trazado de Imola sea considerado el más rápido de cuantos se han diseñado, quizá demasiado, sino también porque Emilia-Romagna, la región de Italia donde se asienta, sirve de sede social a los tres grandes constructores automovilísticos del país, a saber Ferrari, Lamborghini y Maserati.

Podría decirse, entonces, que el genio de São Paulo, un piloto de otro tiempo que llegó al circo máximo de las carreras procedente del karting en 1984 coincidiendo con el ocaso profesional de Niki Lauda, cuando a Ron Dennis le empezaba a clarear la coronilla y la tabacalera Philip Morris gozaba de presencia en monos y alerones, dispuesto a discutir y luego arrebatarle a Alain Prost el puesto de “chico Marlboro” de la Fórmula 1, el digno sucesor de Emerson Fittipaldi tocó literalmente el cielo en la capital del mundo de la velocidad.

Aquel 1 mayo de 1994 y el nombre de Tamburello, la fatídica curva que nunca llegó a completar, quedarán para la eternidad en el álbum de los recuerdos más trágicos de un deporte al que Senna se dedicó de manera casi religiosa, en el que puso cuerpo y alma y a la que contribuyó con hazañas del estilo Gran Premio de Brasil de 1991, en el que un fallo mecánico bloqueó su caja de cambios obligándole a concluir lo que restaba de prueba en sexta marcha. Una maniobra que la prensa calificó de milagrosa y, por tanto, de las muchas que le llevaron a ser considerado una auténtica deidad, una cuestión de fe.

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Foto de portada: Ayrton Senna, en una de sus victorias con McLaren en el GP de Brasil (Foto: Instituto Ayrton Senna)

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