Los heroísmos a la fuerza

Preámbulo

En una taxonomía, los elementos de un nivel, por necesidad misma de la coherencia de la estructura, han de distinguirse todos entre sí; pero resultarán equivalentes en un nivel superior. O sea: por definición, ni el pino ni el laurel son la misma cosa; pero, a su vez, nada impide que ambos encajen en la categoría más global de “árboles de hoja perenne”, sin que deje de haber por ello ni pinos ni laureles.

Sospecho que algo así ocurre cuando las gentes ya envejecidas de una generación le reprochan a la generación siguiente una lamentable “falta de valores”: los valores (¡qué palabra tan fea, de tan hueca como está!) nunca desaparecen. Con frecuencia sucede que un valor devora a otros, y al final estos valores supuestamente desaparecidos continúan funcionando como tales, sólo que indiferenciados ante la categoría superior. La generaciones envejecidas no advierten de qué categoría superior se trata, y temen en consecuencia ese mentado vacío.

Por ejemplo: cuando se denuncia que alguien carece de valores porque antepone el dinero a cualquier valor.

¿Pero no resulta sin embargo que entonces el dinero, como el más efectivo de los disolventes, se erige, no como un anti-valor, sino como un valor de naturaleza superior a los demás? ¿Y este valor absoluto del dinero no apareja también un culto al yo, a la satisfacción material, al consumo, al deseo de alcanzar un status, y hasta a la honra si se me apura, como en las obras del Siglo de Oro?

O, a modo de contraejemplo, ¿no se suspende de golpe ese valor absoluto cuando alguien, en un restaurante, se ofrece a pagarle la cena a toda la mesa, y protestan los demás comensales, que no aceptan esa invitación, en nombre de su propia dignidad? “No vamos a dejar que pagues, porque lo justo es que paguemos a medias. Sin embargo, agradecemos tu gesto”, podrían decir de manera racionalizada. Que ahí la cuestión ya no es económica, sino social, se ve claramente en el hecho de que quizá a más de un comensal le vendría muy bien que se le invitase; pero por encima de lo monetario se alza a veces la dignidad personal, y no resultaría ni siquiera imaginable que alguien gritara en serio “pues si pagas, por mí estupendo, que así me sale la noche más rentable”. Hasta el criterio de rentabilidad tiene sus límites.

Lector

Un artículo ejemplar

Excúsenme los lectores esta larga introducción.

Pero hace poco me encontré con un artículo en el diario El Mundo que sirve como una muestra perfecta, bienintencionada y sin embargo torpe, sobre cómo se nos… no diré “manipula”, sino “adiestra” en una concretísima ideología del valor.

El artículo se titulaba “Dos millones para un héroe mutilado” (David Mucha, 16/03/2014). Cito el nombre del autor, pero no hagan mucho caso a los nombres propios. Los valores que vamos a analizar no los ha fabricado el periodista; a la postre, éste sólo es el fiel vocero de algo que le antecede, y hasta me siento inclinado a agradecerle la pureza con que reproduce los clichés periodísticos.

Aunque les recomiendo que se lo lean entero antes de proseguir, se lo resumo aquí en un par de líneas: Juanjo, a los doce años, pierde los brazos y las piernas tras electrocutarse con un transformador no señalizado. Ahora ha ganado un juicio contra Endesa, que le ha indemnizado con dos millones de euros.

Ya desde el titular se aúnan dinero y heroísmo como quien habla de dos hermanos. A mi juicio se ha titulado mal, porque el desarrollo del artículo se centra más en lo emocional que en lo monetario, y entre emociones y monedas se admiten malas componendas.

Y la noticia sólo es noticia a causa, naturalmente, del fallo judicial.

Por otro lado, los subtítulos hablan de un bombero muerto “al intentar salvarle” (¿por qué intentar, no lo salvó acaso? Tampoco se aclara después), así como de que Juanjo “soñó, y casi logra, alcanzar los juegos olímpicos”. Mejor haber escrito “soñó, y casi lo logra, con alcanzar los juegos olímpicos”, pues ‘lograr’ es un verbo transitivo, y la construcción más habitual de ‘soñar’ es preposicional: decir “esta noche soñé volar” o “sueño obtener el trabajo” es inadmisible.

No es mi intención debatir sobre cuestiones gramaticales o semánticas, aunque hay numerosos errores, de modo que entremos a analizar el artículo. Vayamos primero a lo más superficial: la forma. Así dice el primer párrafo:

Día. Luz de día. Las paredes le dan aura naranja a la piel de Juanjo. Un chico de 16 años que ha reaprendido a vivir. Se ve su lucha en cómo pasa de aplicación en aplicación en su móvil ayudado por la punta de su nariz, en la rapidez en que teclea así en el Whatsapp. O cuando nada en la piscina a la velocidad de su corazón… Candi, su cachorrito blanco, se acurruca a su lado con tanta placidez que cae dormido. El chico que, en 2010, perdió dos piernas y dos brazos por una descarga es hoy un héroe, hasta ahora, desconocido. Valiente, por bregar. Por enfrentarse a la ventura.

Es éste un tipo de redacción muy extendida en la prensa, y sin embargo no acabo de comprender cómo se justifica el narrador. Si se trata de contar una historia subjetiva, en la cual el propio periodista transmita sus personales impresiones, el texto reclama un “yo” que articule el relato en torno a su voz, identificada y concreta; si se trata de explicar los hechos con exactitud, todo lo literario resultará inapropiado, porque se presupone que la belleza de la expresión no sólo informa, sino que se recrea en lo informado con fines estéticos. Pero aquí el periodista, por un lado, se impersonaliza casi del todo; y, por otro, se atreve a decirnos que Juanjo “nada a la velocidad de su corazón”. Además de que esta metáfora no me convence en absoluto (se diría que la propia presencia de “corazón” quiere implicar algo hermoso, pero a tanto no llega la sola palabra, y nadar al ritmo de las propias palpitaciones no tiene mucho sentido), en la frase no hay información alguna: sólo un intento de hacer poesía.

Sin embargo –y esto es algo que todo escritor novel debería saber–, la sola mención de un pobre muchacho que pierde al comienzo de la adolescencia los brazos y las piernas (“los dos brazos y las dos piernas”, dice el artículo; por si acaso alguien piensa en tres o cinco de cada) debería dejarnos compungidos por sí misma, y toda retórica que tratase de reforzar nuestra compasión se condenaría por redundante y melodramática.

 Agüita

La mala elección del ámbito metafórico

Lo que sugiero ya mismo es que entre forma y fondo hay una disonancia insalvable; que la propia forma, dirigida a producir un efecto concreto, ahoga cualquier verdadero fondo, y se alza como fin en sí misma contra sus propias pretensiones.

Veamos cómo sucede tal cosa: saltemos sobre el tono general, y fijémonos en el campo léxico.

Llama la atención que desde el mismo titular se lo llame “héroe”. Lo sé, no en el sentido recto y usual de ‘aquel que realiza grandes hazañas dignas de fama y de imitación’; pues nadie querría, en verdad, quedarse sin brazos ni piernas. Sino en el sentido de que, careciendo de extremidades, ha sabido desempeñarse sin ellas, y sin caer en estados tales como la depresión, la desgana, o el suicidio. O sea: Juanjo es un héroe porque se sobrepone a la adversidad. Y quien dice ‘adversidad’ dice ‘adversario’; y quien dice ‘adversario’ dice ‘guerra’.

No estoy sacando de quicio la cuestión; el texto lo confirma al emplear un lenguaje explícitamente bélico: “Se ve su lucha”, “Valiente, por bregar. Por enfrentarse”, “David vence a Goliat”, “una batalla judicial”, “Su fortaleza”, “El más atrevido del grupo”, “fueron tres años batallando”, “Aparecieron grandes personajes que le daban aliento”, “Este tiempo de espera, de resistencia más bien”, “Con la fortaleza de un salmón”.  Incluso los rasgos físicos de Juanjo se revelan como revestidos de masculinidad guerrera: “Su voz está en pleno cambio”, “estoy tan vivo”, “su mirada férrea”, “rostro enjuto, atractivo”, “desea verse pleno”, etc.

Goya

Lo malo para el articulista es que, una vez introducido como metáfora un campo léxico entero, éste se adueña de él, y no al revés. Cuando aparece la cuestión del “más valer”, como se decía en el Cantar de Mío Cid, que adquiere su culmen en la guerra, todos los hechos se convierten en competición, todas las personas en rivales que aspiran a derrotarse los unos a los otros. Que no exagero ni un poco se demuestra en el siguiente párrafo, en donde la superación competitiva se vuelve tan palpable que hasta lo judicial (ajeno, en principio, a la voluntad de Juanjo) se narra así:

La indemnización de Juanjo marca un récord. Es la mayor compensación de carácter civil que le corresponde pagar a una entidad privada. Superior a la que ha obtenido una víctima parapléjica del accidente de Spanair [1,9 millones de euros]. Sólo por debajo de la compensación a Eduardo Madina, secretario general del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso, quien recibió tres millones de euros tras perder la pierna en un atentado etarra.

Quedan las tres víctimas, muy a su pesar, tan galardonadas y enfrentadas entre sí como los tres atletas que en las olimpíadas suben al podio. Con todo, no son el verdadero adversario de Juanjo, el rival de peso con el cual lidia para la obtención de la victoria social; ni tampoco lo es Endesa, villano secundario ya vencido; sino la vida misma. La vida real, cruda, con sus asuntos de falta de dinero, y las perpetuas incomodidades que no tener brazos o piernas conlleva. De modo muy explícito se dice: “Ante mi incredulidad (…) es Juanjo lanzándose solo de un trampolín” (debió escribir “desde”), “demasiado por hacer, llagas por cicatrizar” (esas heridas posteriores al combate), “pura dignidad, hasta sus últimas consecuencias” (el honor, los principios). De manera que el solo seguir vivo, y hasta activo, y perseguir un propósito, ya implica una heroicidad, una hazaña: es la vida la que debe ser vencida, es la superación, en su significado intransitivo, el objetivo final.

No importa la historia sino cómo la vendas

Llegados a este punto, un lector podría reprocharme: “No te estás enterando de nada. Este pobre chico tuvo que lidiar desde niño con una carencia que le hace el día a día muy complicado. De la noche a la mañana, sin brazos ni piernas. Toda su vida cambió. Pero ha tenido la fuerza de voluntad para sobreponerse. Qué menos que admirar su ímpetu, que solidarizarse con su dolor”.

Pero yo replicaría: “No estoy aquí hablando de Juanjo; quien, por supuesto, tiene todas mis simpatías, porque su situación me parece, la verdad, lo bastante dura como para desearle la mejor suerte, y lamentar que haya padecido tan inesperada desgracia. Estoy denunciando que al artículo mismo, y al periódico, le importa un bledo la vida de Juanjo”.

“¿Cómo?”, preguntarán.

Si nos fijamos en el diálogo directo, veremos que Juanjo responde con monosílabos y silencios; y casi siempre mirando a sus padres. Esos gestos, interpretados sin mediación, yo los traduciría como indiferencia hacia el periodista; o, cuanto menos, como lejanía. Contesta con la palabra “no” unas ocho veces. Incluso en un momento dado el periodista le pregunta si está triste; el chico contesta que no. “Tienes derecho”, replica el entrevistador. “No lo estoy. Estoy cansado”, responde el entrevistado. Saltándose, como es normal, toda cuestión normativa sobre el derecho a estar triste o no.

La construcción del “heroísmo” proviene, si se lee atentamente, sólo de las acotaciones y narraciones del articulista, no de lo que Juanjo hace o dice sin más.

Como anticipé antes –sólo que, espero, se vea ahora con claridad–, la forma se impone sobre el fondo con tanta fuerza que el fondo desaparece hasta convertirse en una sombra.

De hecho, nunca se nos cuenta nada de su vida cotidiana, que sería el escenario idóneo en donde esta supuesta lucha heroica hallaría representación; no hay ningún interés en mostrar o describir los esfuerzos del muchacho, sino sólo aquellos hechos que puedan integrarse simbólicamente en el ámbito de lo épico y de lo bello:

Y cómo Juanjo va atravesando ese océano que es una piscina de 50 metros cuando te impulsas con el torso y parte de una pierna. Y lo ves raudo, junto a otros nadadores sin ninguna lesión. En la grabación, quizás sea un efecto de la ilusión, parecen ir la par, con una pequeña desventaja para Juanjo. Cuando llega al final, todos los espectadores se unen en un aplauso coral. Seco y dulce. Un homenaje al chico que es capaz de todo.

Juanjo no significa aquí ya nada de por sí, pero tampoco se nos aparece como muestra de lo general (o sea, como ejemplo de una clase de ‘personas que se distinguen por carecer de extremidades’), sino que está ahí para ocupar un papel abstracto: la personificación forzosa de unos valores sociales y personales ya previamente escogidos, bajo los cuales el artículo trata, con toda la retórica posible, de suprimir lo distintivo de Juanjo. Si Juanjo no representase del todo esos valores, ya se esforzarían lo bastante para que pudiera representarlos; y, si en un caso extremo, fuera feo, antipático, de voz débil, estuviera amargado, no quisiera ni nadar, y dijera cosas como “lo único que me alegra es haberle quitado dos millones a los hijos de puta de Endesa”, el periódico y el periodista seguramente ni se molestaran en entrevistarle, o salieran de su casa despavoridos.

Juanjo es sólo la ocasión casual, indistinta, que halla el escritor para desplegar una perspectiva y una conclusión elegidas de antemano, a saber: la misma que adoptan todos los reportajes sobre gentes desventuradas.

O, para decirlo con otras palabras: el artículo ya estaba en realidad escrito antes incluso de que alguien pensara en escribirlo.

Sin embargo, todo estaba ya reglado…

Pero nadie publica para nada, ni hay en este mundo periodista ninguno, por muy mercenario que se tenga, capaz de lanzar sus artículos dominicales a los lectores como quien arroja un pedazo de carne a las fieras; de modo que, yendo más allá de su fiel adaptación a los clichés que el mercado editorial le demanda, podemos eximir al periodista de toda culpa (seguro que lo escribió con recta buena fe).

No es él, el articulista, como sujeto creador, el que alevosamente ha usado una retórica que todo lo somete a su paso; es la retórica misma, en realidad, la que se ha servido de él. Pues esa retórica, y no otra, es la que esperan encontrarse los lectores cuando leen una historia con todos los elementos que describen una hermosa “superación”.

Espectadores

A estas alturas del análisis, y habiendo quedado más o menos evidente que ni el texto podría ser muy distinto, ni los lectores típicos esperarse de él otra cosa, cabría añadir cómo este artículo, información cuantitativa aparte, cumple más bien una función ritual: pues igual que el articulista sabía de antemano qué escribir, el lector sabe de antemano cómo reaccionar. Ante una historia que nos habla de sufrimiento superado, la actitud, tan reglada como por completo inconsciente (y ya es hora de que vuelva a emplearse la inconsciencia como razón oculta para ciertas opiniones o actitudes: no todo el mundo sabe, ni hace, ni dice a cada rato “lo que quiere”), consiste en: primero, compadecer a la víctima; segundo, sentir cierto alivio por no verse uno mismo en su apurada situación; tercero, encarecer su valentía. Ya que este proceso se repite una y otra vez en cuanto aparece en la prensa una tragedia así homogeneizada, la noticia no va a producir nada nuevo: la lectura se vuelve entonces un eterno retorno a lo ya sentido, un acto vacío por abstracto, que proporciona sin más lo que de él se espera.

…y detrás de ello se esconde pura propaganda

Sin embargo, me queda una última cosa (antes de que empiecen a aparecer otras muchas, y se vuelva interminable mi propio artículo), que se relaciona con el preámbulo -desligado hasta ahora–, acerca de la desaparición de los valores; y es que parecería como si el valor de estos textos que elogian el heroísmo de los desdichados consistiera, con toda justicia, en reclamar para el dolor la atención que tal vez se merezca. Pero, de modo semejante a cómo Marx, cuando exigió unas condiciones laborales decentes –detesto la palabra “digno”–, acabó elogiando de por sí el trabajo como una cosa buena, se esconde en toda reclamación legítima el peligro de caer por el acantilado de la inapropiada apología. Y así, un discurso dirigido contra los abusos de la esclavitud puede tornarse, a poco que uno se descuide, en un elogio de la esclavitud bondadosa; o, para que no se me acuse de exagerado, en la neutralización de la esclavitud como mala en sí misma.

Pues hay en este elogio sin reservas de la superación un innegable y necesario origen: para que nos superemos, primero tenemos que sufrir. “No pain, no gain”, dice la descarada exhortación británica (de los que padecen mucho pain y luego sin embargo lose no se sabe nada). De ahí a considerar el dolor, el sufrimiento y el esfuerzo, como cosas buenas, que incluso nos otorgan status social (bélico, por supuesto: un “más valer”), o hasta nos regalan atributos legales superiores (“tienes derecho”, le decía a Juanjo el periodista; y, por sencilla lógica, significa que, en otros casos, no lo tendría), no hace falta más que un empujoncito.

Y, en efecto, el empujoncito se ha dado tanto que algunos ya se han echado hasta a correr. El dolor y las desdichas, malas e indeseables en sí, ocupan el lugar de las razones y de los más elevados alicientes: por un lado, parece como si haber sufrido implicara un plus para ganar una disputa; por otro, que las quejas, si bien desahogan, no valen para nada, porque lo suyo no consiste en quejarse, o en revelarse, sino en esforzarse constantemente.

Cada vez más, en este mundo nuestro (y obsérvese que no tiene por qué ser así), el dolor sólo se admite si queda de inmediato convertido en causa de una mejora, en instigación para un objetivo, o en aliciente para una causa, como cuando se le arrea con la fusta al caballo para que corra aún más rápido. En fin, expresándolo a lo bruto: Juanjo se ha convertido en héroe gracias a haber perdido los brazos y las piernas. Triste heroicidad la suya: él hubiera preferido un anodino anonimato a este ocasional heroísmo.

Una retorcida exaltación del dolor, como casi siempre, es lo que subyace en este lugar común. Una exaltación que desde antiguo (espartanos entrenados para la guerra, estoicos romanos que todo lo soportaban, mártires del cristianismo en su ansia de paraíso celestial, obreros abnegados del siglo XIX, emprendedores que trabajan 20 horas al día para lograr el éxito, etcétera) se ha empleado como lenitivo de masas, o como elemento de disuasión. Si la mala, en esta lucha diaria, es la vida toda –aunque la mayoría de nuestras desdichas sean sociales o políticas, por cierto: o sea, estrechamente humanas–, ¿dónde o cuándo se obtiene la victoria? Obviamente, la victoria consiste en seguir vivo. La única derrota, en morir, en abandonarse, en perecer. Una oposición tan salvaje que ni siquiera puede plantearse de manera desnuda y explícita, por absurda.

Esfuerzo

Con todo, ahí tienen ustedes la foto de portada de este artículo mismo: un héroe póstumo, alguien cuya muerte no ocurrió sin más (para él, desde luego, fue una desgracia que no podrá repetirse); sino que sirvió de algo: en el sentido más literal, el de suponer un feliz sacrificio, igual que los animales cuyas entrañas le indicaban al arúspice si la ocasión resultaba o no propicia para la lucha.

(Tengo que investigar, por cierto, sobre esa fascinante actitud tipográfica de significar los acentos mediante guiones sobre las vocales: no lo había visto nunca).

Liberándonos de las definiciones o del simbolismo

Pero esta dialéctica guerrera se derrumba en cuanto suprimimos la polaridad. Si no hay adversarios, tampoco habrá superación. Quedará, tal vez, la vida, la vida de verdad, la que “nos pasa mientras hacemos otras cosas”, como escribió el cantante; y que, a diferencia de los valores, los cuales predican un sentido completo para cualquier acto, se define porque nunca se sabe del todo qué es esto de estar viviendo.

Quizá sea éste todo un ejemplo cristalino de cómo el periodismo, a poco que se descuida, se deja arrastrar por una visión ideológica de lo que pretende transmitir. Cuando se le exige al periodista, como al poeta, que “cuente la verdad”, se implica con ello que no contamine la naturaleza de las cosas con las coordenadas de su propia visión, que seguramente responda a valores bien previsibles, cimentados y admitidos; sino que observe la voz de cada cosa, cómo habla cada una por sí misma. El trabajo arduo de quien escribe para los demás consiste en que esa voz ajena les llegue a los lectores u oyentes lo menos alterada posible.

¿Qué le podríamos decir desde aquí a Juanjo, al Juanjo de verdad que es él minuto a minuto, y no sabe de heroísmos ni de superaciones? Tal vez (y puede que tampoco acertemos, pero no por ello dejaremos de intentarlo) lo siguiente: “No dejes que reduzcan la riqueza incontable de tu vida a ser símbolo de nada”.

***

Foto de portada: Noticia sobre Julio Omar Benítez, “héroe” de las Malvinas (Wikipedia, editada)

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2 Respuestas a “Los heroísmos a la fuerza

  1. Me declaro terriblemente fan de este artículo. Certero, implacable y a la vez muy humano con Juanjo, ese protagonista que ejemplifica a otros tantos utilizados para alimentar las ‘proformas mentales’ de muchos periodistas. Me aterra pensar que en ocasiones yo mismo me he podido ajustar a estos mismos estándares. Gracias por ponernos frente a nuestras propias miserias, Javier C. Es la única manera de superarlas.

  2. Pues tus palabras no sólo las agradezco mucho, también me animan a seguir escribiendo con afán de profundizar, porque la tentación de asombrarse ante el propio ombligo (acomodarse, vaya) es algo de lo que nunca podemos librarnos del todo.

    Suelo decir (Álvaro bien lo sabe) que las peores ideologías no son las que más se notan, sino precisamente aquéllas que, de tan asumidas como están, ejercen su dominio sin apenas aparentarlo. Uno tiene que andarse con mucho ojo para no caer en ellas. Y obvia decir que “uno” me incluye a mí tanto como a cualquiera.

    En fin, tú mismo lo dices de modo bien claro: Ponernos frente a nuestras propias miserias es la única manera de superarlas.

    De nada, y muchas gracias a ti. Seguiremos dando guerra desde “Mejor callarse”. No puedo prometer que siempre atine con mis análisis, pero sí que todo error será, al menos, producto de la honestidad.

    Aunque siempre tenga uno algo de postureo que quitarse de encima. xD

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