Alquimia Limón

Un buen productor musical siempre tiene algo de alquimista. Ambos oficios, entre la ciencia y el arte, buscan con ahínco convertir la mezcla en una transmutación: convertir la aleación de varios elementos en un resultado que sea distinto y superior a su simple suma matemática. En el caso de Javier Limón (Madrid, 1973) los puntos en común entre la alquimia y la música se hacen evidentes durante toda la conversación que compartimos en Casa Limón, su estudio en el barrio madrileño de Lucero.

Seleccionar sus mejores obras y resumir sus premios sería extenuante así que, para los despistados, bastará decir que es uno de los mejores productores españoles, si no el mejor, además de compositor, intérprete y presentador de radio y televisión. Como ya se puede intuir -y así lo requiere la alquimia-, Limón es también un aprendiz voraz. Sitúa como los dos pilares con los que ha crecido a “la música latinoamericana o americana, con el jazz, y la música mediterránea”, como si fuera cosa de un par de tardes. Pero, además de estos dos mundos, que Limón ha investigado en profundidad, su universo no ha dejado de ampliarse durante su carrera.

En sus trabajos, que suelen estar marcados por la fusión, tiende a buscar una mezcla más de alambique que de probeta: “Las fusiones normalmente vienen de casualidades o de movimientos migratorios no buscados. El cajón vino porque Paco se pegó la fiesta y lo encontró, o Miles, o Chick. Ayer estuve escribiéndome con Chick Corea, que estaba en Londres y me pidió que le llamara a la habitación del hotel. No sé qué va a pasar con él, probablemente pase algo y, seguramente, ese algo tenga mucho que ver con si coincidimos, con si vamos a comer un día: «hostia, pues te mando un tema»… La música necesita de esa libertad, porque las fusiones muy prefabricadas, como: «ahora vamos a hacer un disco de una flamenca cantando canciones colombianas»… Yo lo hice con Buika y con Chucho y no te creas que fue tan exitoso. «Ahora Buika canta canciones de Chavela y toca Chucho Valdés». Pues sí, nos dieron un Grammy, pero no fue tan natural como otro tipo de encuentros que yo he tenido mucho más coherentes”.

Estas frases, perfectamente lógicas, resultan sorprendentes en comparación con los vacíos lugares comunes de felicidad incuestionable a los que los miembros de las industrias culturales nos tienen acostumbrados. Durante la entrevista, a Javier Limón no le cuesta nada hablar así de su propia obra, reconociendo ya desde el primer momento que no se siente orgulloso de todo lo que ha hecho y que, si tiene que quedarse con un trabajo suyo, prefiere elegir “una batería que grabó Horacio ‘el Negro’ en un disco de Perales, un solo de El Paquete o los dos bajos que grabó Alain Pérez en La rosa blanca de Montse Cortés. Cuando has hecho tantos discos y has escuchado tanta música, no te quedas con discos completos, te quedas con un solito. Me quedo con cosas concretas porque ya es difícil agrupar”.

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Una guitarra eléctrica adorna una de las paredes de Casa Limón. (Foto: Jorge Moreno)

Una tendencia al detalle, a buscar el tesoro en una sola nota en lugar de en la sinfonía, que traslada a la forma en la que él mismo disfruta la música: “con la opción constante de cambiarla. A mí me gusta escuchar la música de manera que, si yo quiero, puedo subir el bajo, escuchar el tema sin voz o escuchar solo la voz. Me he habituado a  escuchar diez o doce horas de música así diariamente, así que no soy capaz de escuchar un CD normal. Soy capaz, por supuesto, pero no con esa libertad que a mí me da el estudio de mover la música como quiero. Es un mal hábito que tengo, pero que me hace que cuando yo he mezclado un disco, para mí el disco está muerto”. Sabe bien que la felicidad está en la fascinación que envuelve al proceso de convertir el plomo en oro y no en las pepitas, por brillantes que sean, que resultan de él.

Las sombras de Morente y Paco se alargan sobre el flamenco

“La primera grabación a la que asistí en mi vida fue a Omega. La primera vez que entré en un estudio de grabación, estaba Vicente Amigo tocando La aurora de Nueva York y Morente escuchándole, que luego metió la voz del vals. Esa fue mi primera experiencia y dije: «Joder, como sea todo así, va a ser cojonudo esto de grabar discos». Luego, claro, bajó bastante el nivel” recuerda quien acabaría siendo productor de El pequeño reloj, también de Morente. Sin embargo, ni este primer impacto, ni la mitología que envuelve a este y otro disco totémico del flamenco deslumbran a Limón, que dice preferir “con mucho Sacromonte que Omega y Viviré o Calle Real que La leyenda del tiempo”.

Después de ese bautizo, e incluso antes, el trabajo de Javier Limón siempre ha estado ligado al flamenco y especialmente al añorado Paco de Lucía, con el que trabajó en Cositas buenas y cuya amistad supuso para él, según escribió en El País, “el mayor orgullo de mi vida”. La sombra del guitarrista se deja sentir una y otra vez durante toda la conversación: “Paco de Lucía ha sido el intérprete más importante que ha tenido el flamenco en la historia y se le va a echar mucho de menos pero, gracias a él, se han abierto muchas puertas para los demás. Paco hizo del riesgo, de la evolución y de avanzar un medio de vida”.

Para Limón, Paco lideraba una de las dos esferas que forman el flamenco: “Por un lado está el flamenco profesional, que son esos artistas que musicalmente han nacido desde el flamenco, pero que se han abierto al mundo y tienen una riqueza musical que les hace parte de la élite mundial: Paco de Lucía, Vicente Amigo, Cañizares, Enrique Morente, Tomatito e incluso José Mercé o algunos cantaores, Carmen Linares, Miguel Poveda… Son intelectuales: se mezclan con poetas, con orquestas sinfónicas… Y luego está el flamenco como folklore español o andaluz, que es también maravilloso y del que yo también me siento parte, pero que no tiene nada que ver. […] Imagínate, si a un flamenco de a pie, con esa forma que tiene de tocar la guitarra o de cantar, le dieras un poco de formación. Serían lo que son estos que te digo. Serían Tomatito”.

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Javier Limón, durante la entrevista (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Sin dos de los estandartes de esa élite, Paco y Morente, Limón echa en falta un “Neymar del flamenco” que no encuentra en artistas con una importante presencia a nivel internacional, más o menos relacionados con el género, pero que no sirven como representación del mismo. “El Cigala ha triunfado internacionalmente cantando boleros y en Estados Unidos llena teatros cantando boleros, no flamenco. Buika nunca ha cantado flamenco. Yo no recuerdo haberle oído cantar ni una sola nota de flamenco jamás y le he hecho cinco discos. Buika canta flamenco como canta música africana, que tampoco. Lo que tiene es una bonita voz y canta canciones más o menos acertadas. Ha cantado dos o tres coplas adaptadas a su voz, pero tú le dices que cante por bulerías, por soleás, por tarantas o un fandango, y no sabe. Es como si yo tengo la guitarra de jazz y toco más o menos las escalas de jazz y suena a jazz, pero me dicen que toque un standard y no sé tocar ninguno. Nada. Ni un riff, ni un blues. Por eso, a mí me gustaría ver a un artista cantando flamenco a ese nivel”.

Con este panorama, Limón intenta ser optimista, aunque solo lo consigue a medias. “Creo que el futuro del flamenco va a ser muy bueno. Hay que pasar un pequeño periodo, pero espero que sus próximos líderes sean por lo menos coherentes, que lo lleven  a buen lugar. Y, si no, pues mala suerte. Si el flamenco va bien, bien y, si no, pues bueno, veremos al Madrid a ver si le gana al Atleti, que es igual de importante”.

La educación musical

La formación de Javier Limón le llevó de la Escuela de Ingenieros Agrónomos al conservatorio, donde encontró un modelo educativo que no le cuesta calificar de horrible, “yo estudié oboe y siempre digo que el oboe es suicida o criminal”. “El gran objetivo de cualquier estudiante era manejar técnicamente bien un instrumento para llegar a lo máximo que puede llegar, que es aprobar una oposición y estar en una orquesta mediocre. Ellos se creen que la Orquesta Nacional de España es una gran orquesta y no lo es. Una gran orquesta es la Sinfónica de Berlín. Tenemos que ser conscientes de ello. Al chaval, yo creo que hay que darle herramientas para que pueda crecer y formarse como un músico completo, que pueda ir por el mundo y utilizar la música como un medio de expresión suficientemente interesante como para que la industria musical le haga partícipe del mundo laboral del arte y pueda vivir de su música. Sería precioso, ¿no?”, reflexiona sobre un tema que sobre el que discute de forma apasionada, como es la pedagogía musical.

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Javier Limón, en uno de los rincones de Casa Limón, su estudio de Madrid (Foto: Mayhem Revista)

Algo similar al sistema que él mismo propone, parece haberlo encontrado en el prestigioso Berklee College of Music de Boston, donde vive la mitad del año e imparte clases de composición: “Creo que la educación allí favorece que personas con un talento medio puedan desarrollar una buena carrera. Aquí, lo mal que está la educación, que es nefasta, hace que solo la élite pueda funcionar”. Una idea en la que ahonda cuando reconoce que “todos los españoles que han ido a Berklee desde el conservatorio son los mejores allí. En España, si la persona es muy educada, tiene mucha capacidad de trabajo y mucha energía, España te puede dar las herramientas para que puedas tener una carrera internacional seria. Pero el problema es que, si tú eres una persona normal, sencilla y sin demasiado empuje, aquí está peor”.

El contacto con las nuevas generaciones le da una visión de lo que está por venir, y avisa: “Los chavales que tienen cinco, seis, siete o nueve años, por lo que yo veo, son músicos que tocan como mínimo tres instrumentos bien, que tienen un gran control de la electrónica, de la digitalización, de los programas y de todo ese mundo y que no tienen diferencias de estilos. […] Nuestro concepto de: «no, pero el rock», «es que a mí me gusta el jazz…», todo eso va a desaparecer. Son estilos que van a quedar ahí, igual que antes estaban el clasicismo, el romanticismo o el nacionalismo, que para los antiguos eran universos diferentes y para nosotros es todo música clásica. Pues lo mismo va a ser para ellos lo que para nosotros eran estilos diferentes”.

Proyectos, frustraciones y sueños

Hoy, Javier Limón reparte su tiempo entre multitud de proyectos. A la presentación de los programas de radio (Europa FM) y televisión (Canal+, actualmente rodando su segunda temporada de cara a su estreno en junio) de Un Lugar Llamado Mundo, se une su disco recién nacido Dawn y su gira junto a Magos Herrera, “una de esas voces indispensables hoy en día dentro de la escena jazzística neoyorquina”. Un dúo a guitarra y voz en el que trabajan sobre standards de jazz con la receta del éxito asegurado: “Yo me imagino que, si soy un director de un festival de jazz diría: «bueno, esta gente solo son dos. Dos billetes, no llevan técnico, no llevan road manager… Yo creo que estos son geniales». No somos los mejores, pero tampoco somos los peores y, sin duda, somos los más baratos”.

Una chapa de Un Lugar Llamado Mundo, el programa de radio y televisión presentado por Limón (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Una chapa de Un Lugar Llamado Mundo, el programa de radio y televisión presentado por Limón (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Una carrera tan dilatada y fructífera para una persona tan joven parece indicar una plenitud de objetivos conseguidos o, al menos, una lista asequible de metas por cumplir. En cambio, Limón reconoce su propia espina clavada: “haber tocado un instrumento bien”. “Yo lo valoré mucho y a mí no me hubiera compensado las horas que tendría que haberle dedicado a un instrumento, para lo que luego el instrumento me da de vuelta. Pienso que mi lugar está mejor en otros sitios. Avishai Cohen, con quince años, nunca había cogido un bajo en su vida y empezó con quince o dieciséis años, con veintidós años, nunca había cogido un contrabajo en sus manos y con veintisiete era el contrabajista de Chick Corea. Ahora, con cuarenta, es el mejor contrabajista del mundo. Si yo pudiera hacer eso, pues genial, pero Avishai Cohen tiene unas manos como pollas y encima un ritmo brutal… Tiene condiciones para eso y no para otras cosas que yo sí tengo”, reconoce con un deje agridulce.

Pero esa pequeña frustración reconocida no le impide disfrutar librando las batallas a las que está llamado, entre las que él destaca “la composición para música sinfónica. Si yo pudiera quitarme todo lo demás y dedicarme a componer para cuartetos, orquesta de cámara o música polifónica… Ahora, a lo mejor hago la divina comedia para Blanca Li. Se trata de coger todo lo que yo he aprendido hasta ahora y aprovecharlo para componer, porque creo que el gran reto de las músicas folklóricas y del flamenco es lograr un repertorio que se emancipe de la interpretación”. Poner el flamenco y las músicas de raíz sobre el papel, preservarlas para la historia, suena muy bien. Quizá en ese objetivo, Javier Limón haya encontrado lo que tantos alquimistas buscaron antes que él sin éxito: el elixir de la vida eterna. La verdadera piedra filosofal.

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Lee la entrevista completa a Javier Limón

Foto de portada: Javier Limón (Mayhem Revista)

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