Las ratas del barco

Abre el cuento y se lo coloca ceremonioso encima de las rodillas, dobladas bajo la manta. Se arrellana un poco más contra la almohada. Adela, a su lado, le pasa el brazo por el hombro para atraerlo hacia ella y, al hacerlo, la suavidad de su manga y la desnudez de su muñeca le hacen cosquillas en la piel suave y desnuda de su propia cabeza. Todavía no se ha acostumbrado a la ausencia de pelo, así que cualquier roce sobre el cuero cabelludo, tan desprotegido, aún le sobresalta. Sin embargo, enseguida lo olvida, porque el cuento está ahí, abierto sobre sus rodillas. Adela le ha dicho que éste va de piratas.

En la primera página, el capitán corsario, con un parche en el ojo izquierdo y una pata de palo en la extremidad derecha, canta a pleno pulmón en la proa de su barco, mientras la bandera negra hace ondear al viento salobre las tibias y la temible calavera. En la página de al lado, la tripulación holgazanea o trajina según los casos entre los cordajes, las jarcias y el mástil. Uno está subiendo con un tonel de ron desde la ventruda bodega. Otro, sonriendo con un diente de oro, toca el acordeón como si la vida le fuera en ello, hasta descoyuntarse los brazos de tanto estirarlos. Uno más allá se admira un tatuaje en forma de corazón que le ilustra el bíceps. El que más le gusta a él es un grumete que, escondido en el fondo de un bote, se dedica a alimentar con un puñado de galletas a un loro verde.

Adela se los va señalando con entusiasmo, estampando el dedo índice en todos y cada uno de los detalles de las páginas que van surgiendo ante sus ojos a medida que las pasan, absortos ambos, aunque, de cuando en cuando, la mirada de ella se desliga de los colores pastel y de las letras redondeadas del cuento para alzarse instintivamente hacia el gotero. Pero no la dejan entretenerse con el control del suero, porque, de pronto, uno de los marineros, el del tatuaje en forma de corazón, se acerca de puntillas a la proa de la embarcación, en la que el capitán pirata sigue cantando a pleno pulmón.

-Disculpe, mi capitán, pero el viejo marinero, que sabe mucho de tormentas, está diciendo que nos internamos en zona de borrascas. Tal vez deberíamos echar el ancla y esperar a que amaine el temporal.

Él se pregunta intrigado qué contestará el capitán pirata, que le cae simpático porque, a pesar de su parche feroz, tiene hoyuelos en los carrillos y en la barbilla, y Adela decide no prolongar la duda, porque, resoluta, gira la página.

-Vamos a seguir navegando, marinero. ¡Porque yo soy el capitán pirata y no tengo miedo!

Sí que es valiente el capitán pirata. Aunque, quién sabe. Tal vez debería hacerle caso al marinero que sabe de tormentas. El viejo podría tener razón. Sea como sea, seguro que pronto lo descubren, según las páginas se van sucediendo, deslizándose las unas tras las otras. Sin embargo, súbitamente el desfile cesa. El móvil de Adela ha comenzado a sonar. Duda un momento sobre si debe cogerlo o no. Le mira como si le pidiera disculpas por la interrupción y su consentimiento para descolgar. Él se lo otorga con una plácida sonrisa de indulgencia. Adela se la devuelve como si fuera una niña traviesa de su misma edad.

-¿Sí? Ah, hola… ¿cómo estás? ¿Cómo va el pleno?… Ya… bueno, pues cuando sepáis algo, me avisas. Sí, ahora estoy con él. Estamos leyendo un cuento –al decirlo, le clava los ojos y pronuncia su sonrisa con el matiz de la complicidad-. Sí, vosotros tranquilos, que seguro que todo sale bien. Más ya no pueden recortar… Que no seas agorero –al llegar a este punto, le baja la voz unos cuantos decibelios-, que seguro que dan más recursos al hospital, tú no te preocupes… Ten confianza… Nos harán caso, ya verás… Bueno, oye, que te dejo, que tengo que seguir leyéndole el cuento a este señorito, que si no, me echa la bronca… Sí, se los doy de tu parte. Un beso… ¡y ánimo!

Adela cuelga.

-¡Ey! ¡Que yo no te echo la bronca!

Y le propina un manotazo. De broma. Ella se lo devuelve.

-Ah, ¿no? Y ¿qué estás haciendo ahora?

Él no sabe qué contestar, porque ha caído en la trampa. Adela le mira retadora. Los dos sonríen aguantándose la risa.

-Bueno, vale. Pero sigue con el cuento.

-De acuerdo, pero, ¿cómo se dice?

-Por favor.

-Está bien. Entonces sí.

Para los marineros mejor habría sido que Adela no hubiese seguido, porque se ha desencadenado una terrible y escalofriante tormenta. El mástil se ha partido. La bandera pirata ha salido volando, arrebatada por los garfios del viento salobre. La tripulación está aterrada. El barco comienza a hacer aguas. Por una de las escotillas, huyen despavoridas seis ratas, con sus narices afiladas y sus colas largas.

-¿Y estas ratas? ¿Por qué corren?

-Porque, en los naufragios, las ratas son las primeras en abandonar el barco.

-Ah.

El grumete suelta las galletas, se abraza al loro verde y hace señas a la tripulación para que se suban al bote salvavidas y todos puedan escapar de allí sanos y salvos. Los marineros tienen el corazón en un puño, pero parece que no falta ninguno: ahí está el del tonel, y el del acordeón… No… un momento. ¡Por supuesto que falta uno! ¡El más importante! ¡¿Dónde está el capitán?! Se vuelve hacia Adela, con los ojos inundados de angustia.

-El capitán será el último en escapar.

-¿Por qué?

Porque los capitanes tienen que quedarse a bordo del barco hasta el final.

-¿Por qué? Si el capitán es el que más manda…

-Ya, pero un buen capitán siempre tiene que asegurarse de que su gente está bien y de que nadie corre peligro antes de empezar a  preocuparse por sí mismo.

-¿Por qué?

-Porque es el responsable de las personas que viajan en el barco.

-¿Por qué?

-Porque han confiado en él.

Para cuando cierran el cuento, en el salón de plenos ya no queda nadie. Los que tenían que quedarse hasta el final han huido del barco. Lo han abandonado antes que nadie.

***

Foto de portada: Foto: Sweet Pirate (Raúl Hernández)

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