La larga mano de Willy Caballero

(Cosas que diría si fuera un hermano mayor)

Es mayo y hace un calor de mil demonios. Salgo de la estación de Pirámides bañado en sudor, con la camiseta roja y blanca pegada al cuerpo, empapada. Son las seis y media de la tarde. La multitud se mueve lentamente, aunque quedan apenas veinte minutos para que empiece el partido. Un runrún recorre las caras de la gente: hoy podemos ganar la Liga, hoy podemos ganar la Liga, hay que ganar al Málaga. Yo, más bien, como siempre que cojo el Cercanías para ir al Calderón, me acuerdo de mi hermano Mario.

Durante dos temporadas, fuimos abonados, y no faltamos ni una sola vez al estadio. Estábamos en el fondo norte, segundo anfiteatro; por aquellos años estaba tirado de precio y ni el fútbol ni el Atlético de Madrid estaban tan de moda como últimamente. Eran tiempos peores, deportivamente hablando, eso sí, y en ocasiones salíamos tan desmoralizados que nos prometíamos no volver la siguiente semana. Cosa que nunca ocurría, porque los dos somos muy forofos (“es mi placer culpable”, como solía decir Mario con pedantería, porque no sé qué culpabilidad puede haber en que a uno le guste ir al fútbol).

Yo he sido siempre más práctico, menos afectado y, me gusta pensar, más consciente del mundo en el que vivo.

Nunca nos llevamos muy bien, mi hermano y yo. Somos bastante diferentes, ya de entrada; él estudió Periodismo y Comunicación Audiovisual, y anda metido siempre en proyectos artísticos que fracasan sin remedio. Ha intentado ser escritor, guionista, director de cortos, poeta y cantautor, aunque, tras acabar la carrera, durante un par de años tuvo que conformarse con trabajar a jornada completa por 400 euros en un periódico online de información económica y vivir de la generosidad de nuestros padres, antes de marcharse con Helena, su novia de toda la vida, a Alemania.

Yo he sido siempre más práctico, menos afectado y, me gusta pensar, más consciente del mundo en el que vivo. Estudié Administración y Dirección de Empresas y ahora trabajo en una oficina bancaria de nueve a cinco. Es un empleo fijo y bien pagado, y tengo bastante tiempo libre para leer y ver películas y, de vez en cuando, irme de viaje con mi pareja o visitar restaurantes de autor, que se ha convertido en una de mis pasiones. Estudio alemán por afición, me gusta lo que hago y no lo que sería capaz de hacer, no espero más de la vida de lo que puede darme y sigo viniendo cada semana al Calderón. Justo lo contrario que mi hermano. Supongo que tenemos personalidades incompatibles.

Bajo un sol de justicia, me trago una cola enorme para entrar al estadio y subo las escaleras a toda prisa. Tengo una entrada de lateral bastante buena, y llego a mi sitio justo a tiempo para ver al equipo salir. El estadio ruge y parece que el suelo que piso tiembla; la verdad es que pocas veces había visto un ambiente así. Sin embargo, el partido es malo, muy malo; los jugadores lo fallan todo, les tiemblan las piernas, angustiados por lo cerca que está el campeonato, y se llega al último minuto con un 1-1. Sólo hace falta un gol para ganar la Liga, un solo gol para que estalle una fiesta en el Calderón y en todo Madrid. Lo paso mal, pero no paro de pensar en mi hermano, en si estará viendo el partido, y dónde, y con quién.

Miro la zona del fondo norte donde solíamos sentarnos, años atrás, y me sorprendo de lo mucho que ha pasado desde la última vez que mi hermano y yo hablamos de algo personal.

Entonces la coge un delantero, Adrián creo que es, recorta y pega un trallazo que va directo a la red. Willy Caballero, portero del Málaga, se eleva y hace una parada acrobática que nadie espera y manda el balón fuera, rozando la escuadra. Una ola de decepción recorre el estadio; cincuenta mil personas se tiran de los pelos y maldicen, en un lamento general atronador. El partido termina poco después en empate, y me quedo sentado, observando las gradas, pensativo, mientras se marcha el público, hasta que prácticamente no queda nadie más. Miro la zona del fondo norte donde solíamos sentarnos, años atrás, y me sorprendo de lo mucho que ha pasado desde la última vez que mi hermano y yo hablamos de algo personal.

Mario se fue a Alemania en 2010, y ahí sigue, aunque lo suyo con Helena duró poco una vez allí. Las cosas no les fueron bien, después de todo. Nunca sabes cómo van a irte las cosas. A veces bien, y a veces mal. Si he aprendido algo de Mario, es eso. Me sorprendió, pero se adaptó a la vida en Alemania, y pasó periodos en Berlín, Friburgo y Hamburgo, donde conoció a la que sería su mujer, que es polaca y se llama Malgorzata. Ahora, vive en un pueblo en las cercanías de Múnich con ella. Da clases de español en una escuela de negocios y en la última postal que nos mandó, aseguraba ser feliz, aunque la verdad es que me cuesta imaginarle en traje y corbata.

Le recuerdo, le recuerdo a menudo. Mi hermano Mario. No como me gustaría que fuera, o que hubiera sido, sino como realmente es: un buen tipo con el que no tengo nada en común. Recuerdo aquel último partido que vimos juntos en el Calderón, un Atlético-Rácing que terminó en empate a cero, justo antes de salir para Alemania. Habló mucho, sonaba triste y amargo, y de alguna manera sus palabras anticipaban una despedida. Me dijo muchas cosas, que en realidad son las mismas que me había dicho siempre, de una forma u otra, muchas veces: ojalá te juzguen por lo que eres; necesitarás dinero, al final el dinero lo es todo; los buenos tiempos pasan, pero los malos también; no tengas miedo, a veces tú mismo eres tu peor enemigo.

Entre los dos ya no habrá más que un lejano e irreal afecto, por mucho que volvamos atrás.

Son cosas que, ahora lo sé, yo también diría si fuera un hermano mayor. Pero, en el fondo, nada cambia, y cada palo que aguante su vela. Ver en YouTube cien veces el paradón de Willy Caballero no hará que el balón entre y que el Atlético gane la Liga este fin de semana, en el Calderón, ese lugar simbólico en el que mi hermano y yo compartimos un lazo mínimo, fugaz. Del mismo modo, entre los dos ya no habrá más que un lejano e irreal afecto, por mucho que volvamos atrás. No tiene sentido forzar la situación, la vida pone a cada uno en su sitio. Los dos lo sabemos, y por eso casi no hablamos ya. Sin embargo, hoy le echo de menos. Por primera vez en mucho tiempo, le echo de menos.

Salgo de la grada bajo la atenta mirada de un solitario segurata. Bajo y entro en la tienda del club, que está a punto de cerrar. Compro una postal en la que aparece una vista aérea del Calderón y, al llegar a casa, cojo un subrayador de mi despacho y con trazo firme dibujo la mano enguantada de un portero parando un balón. Debajo, escribo: “¿La próxima vez? Un abrazo muy fuerte y suerte con todo”. La mandaré mañana, antes de entrar al trabajo. Hoy era el último partido de la temporada en el Calderón, y no sé cuándo volveré a acordarme de mi hermano.

***

Foto de portada: Estadio Vicente Calderón (Foto: Bruce.W)

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