De fútbol, hijos de puta e impunidad

El fútbol es asín

En el deporte, sustituto de la guerra (aunque quizá sea la guerra el sustituto del deporte), el rival sólo puede considerarse como ‘malo’ por esencia; y, si a pesar de eso, tuviera el rival nuestras simpatías, trataríamos de derrotarle con cierta delicadeza: “No te lo tomes a mal, no es por ti; tú nos caes bien; lo que pasa es que necesitamos ganar”. Como en toda pugna grupal, siempre destacan dos bandos que polarizan las derrotas y las victorias. En la liga española, los equipos principales (por mucho que el Atlético se haya metido este año ahí) son el Madrid y el Barcelona; y todos sabemos que, cuando el Atlético se enfrenta contra alguno de los dos, tanto los madridistas como los culés van en su mayoría con el Atlético para fustigar así al verdadero contrario. De tal manera se borra la identidad del pobre Atlético a fin de que la oposición entre los dos grandes se mantenga igual de definida en una categoría superior.

Tampoco seamos ingenuos. Desde los mismos clubes se potencia esa oposición en otros ámbitos; en el político, por ejemplo. El nacionalismo catalán se apropia del Barcelona como símbolo, y no menos el Barcelona coquetea con el nacionalismo catalán; también “la central lechera”, como dijo Guardiola, hace lo propio cuando cree en la victoria del Real Madrid como escarnio contra el independentismo.

Que un análisis de esta dialéctica futbolística (“balompédica”, he estado a punto de escribir: qué maravilloso y pedante neologismo, que goza además del respaldo de la R.A.E.) resulte más o menos complejo no excluye que las ideas sostenidas por los aficionados más patriotas de ambos equipos sean, en sí mismas, extremadamente simples.

Por eso me ha llamado mucho la atención lo que sucedió hace una semana y pico. Una señora, durante el partido que enfrentaba al Llagostera con el Racing, se burló de un delantero negro (Mamadou Koné) haciendo el icónico y reconocible gesto del mono que agita los brazos. Las cámaras recogieron la imagen, y posteriormente, aunque no era socia del club, se la identificó. Trabajaba como taquillera del Museo del Barça. Desde allí la despidieron de inmediato, alegando para ello que contravenía las pautas del código ético de la entidad contratante; el Fútbol Club Barcelona, en este caso.

Pero nadie esperaría que en un campo de fútbol sus asistentes parecieran salidos de un club de fumadores inglés, esnifaran rapé, o discutieran sobre las nuevas excentricidades de Ruskin; y cualquiera que haya ido a un solo partido en toda su vida, habrá escuchado cada salvajada que se habrá curado de espanto durante años. A mí aún me duelen los oídos a causa del volumen indecible con que un muchacho, que estaba sentado detrás de mí en el Calderón, hace ya varios años, era capaz de gritar “¡¡¡Munitis muéreteeeeee!!!” con una frecuencia de dos veces por minuto.

Por otro lado, la señora de la burla (llamarlo “gesto racista” me parece otorgarle una autoridad simbólica de la que carece) no ha escrito el Mein Kampf , ni se estrujó la cabeza en busca de un desprecio retorcido o sutil: posiblemente la comparación del negro con el mono sea la más idiota de todas las comparaciones, porque no hace falta ni una gota de inteligencia para que acuda como un socorrido tópico a la cabeza del más patán de los mentecatos. Y, asimismo, podemos estar seguros de que tampoco albergaba un resentimiento personal contra toda la raza negra, ni contra Koné en concreto: a poco que le demos un par de vueltas, y excluida la posibilidad de que esta mujer organice por las noches reuniones del Ku Kux Klan, veremos que se burló del delantero negro porque jugaba en el otro equipo. Comoquiera que en el fútbol, como en la guerra, los contendientes rivales resultan indiferenciados entre sí (todos son “el enemigo”, una masa informe), en cuanto apareció ante sus ojos un rival con cierto grado de diferencia –en este caso algo tan superfluo como el color, que ya distingue el sentido más inmediato, el de la vista, sin que medie reflexión alguna–, se lanzó a la única burla de la que su mente fue capaz.

Monitos

Pero la exigencia de un castigo no entiende de atenuantes ni alternativas

¿Merecía la señora que la despidiesen de su trabajo por ello? Los comentarios de Internet en general, así como las opiniones de Twitter, que reflejan con exactitud lo que se cuece en la olla de “la sociedad” (perdónenme por usar un vocablo tan nebuloso), respondían a la pregunta, en síntesis mía que aquí les ofrezco, del modo siguiente: “Hacen bien porque tales actitudes son intolerables. Le está bien empleado. Además, lo que sucede en los campos de fútbol sale en los medios, y los medios influyen en el comportamiento de los niños. Cualquier actitud racista debe, en consecuencia, sancionarse de raíz. Seguro que la próxima vez se lo piensa antes de comportarse de este modo lamentable”. Créanme: mi síntesis les ahorra la ingente cantidad de desprecios e insultos, así como de alegría por el correctivo, que en general las buenas gentes de Internet manifestaban.

Pero me temo que los comentarios interpretan el hecho de modo idéntico a cómo el Gobierno, o los partidos políticos, interpretan otra clase de comentarios: equivocándose.

La sanción a la señora, se mire como se mire, no sólo es desproporcionada sino además injusta: ahora que la posesión de un empleo parece el mayor de los logros personales, y no hay otro modo de vida que el de la sumisión al trabajo asalariado, el hecho de que una mujer, por algo sucedido al margen de sus horarios y espacios laborales, haya sido castigada con el despido ético, no sólo plantea serias dudas sobre los límites entre el trabajo y el ocio de cada uno (una burla, en un espacio público, no constituye todavía delito; y no hay injurias personales porque no afectaba a la personalidad de Koné, puesto que no lo definía), sino que asocia, con mucho peligro, la noción de “empleado apto” con la de “norma social correcta”.

De modo que ahí se introduce en el trabajo una valoración externa, ideológica y justiciera del trabajador: Si un sábado, desde casa, subimos a Facebook un chiste machista, ¿podrían despedirnos el lunes por nuestro humor inapropiado? O, dicho de otra manera: ¿con qué derecho se nos castiga a causa de lo que hagamos o digamos, si se trata de un acto legal, que además no acarrea ninguna consecuencia por sí mismo? ¿Merece el mal gusto tan drástica pena?

Si aún así a los lectores les surgen dudas, y creen que el gesto merece algún castigo, piensen en lo que sigue: al día siguiente de identificarla, a la mujer se le ofrece la opción de pedirle a Koné disculpas en persona. Ésta accede, y se fotografía con él en el campo del Racing. Koné la exculpa y añade que los insultos en los campos de fútbol son anodinos, pero que la actitud más sana es la de no insultar a nadie. La mujer agrega: “En ese momento, por los nervios del partido, hice lo que me parecía más fácil. Me dejé llevar. La próxima vez que os sintáis así, tratad de pensar que el fútbol no importa tanto. Era sólo un partido. No soy racista. Fue un gesto idiota. Lo siento mucho, y le pido a Koné, que es un gran jugador, mis disculpas más sinceras”. Los medios, encantados por el acontecimiento, le dan, como suele decirse, “una amplia cobertura”.

De esta manera, todo aquello que se reclamaba con ira (que la mujer aprenda; que los niños tomen ejemplo; que el racismo se atenúe; que los medios lo muestren) a través del castigo privado queda intacto: la supuesta racista da una lección de enmienda, y el ofendido la disculpa sin que suceda nada.

Pero que a nadie, empezando por el F.C.B., se le haya ocurrido esta salida bastante ingeniosa y natural, ni en Twitter ni en ningún otro sitio, revela a su vez algo más profundo.

Me gusta el olor a napalm por las mañanas, y el olor a culpable mientras me meto en Internet

Lo que se esconde debajo de tanta indignación (ninguno se ha puesto en la piel de la mujer; que, por necia que sea, tendrá también su vida y sus sentimientos), no es en verdad el deseo de que no haya racismo, sino el deseo de que los racistas sean castigados. De tal modo que el medio, el castigo, se erige de repente como fin: fin mediante el cual el agraviado no busca la cura bienintencionada del ofensor, sino su gratuito y gratificante sufrimiento. Es la apoteosis del repugnante “¡Se lo merecía!”, que lo mismo se aplica indistintamente al torero cogido por el toro, a la turbia diputada asesinada a tiros, al dictador vapuleado por las masas, al violador quemado vivo, o a cualquier persona, anónima o conocida, que padezca los males en la justa medida en que los demás puedan recrearse con ellos y henchirse así de razón.

La ira

Razones inconscientes y cargos necesarios

Pero por lamentable que todo esto nos resulte, lo que sucede tiene su lógica: en un mundo en donde cada vez se le cargan al yo más obligaciones, tensiones y responsabilidades individuales; y en donde cada vez se simplifican más los conceptos complejos, la mayoría de nosotros experimenta a diario la desagradable sensación de estar mal hechos, de no encajar, de que las condiciones de nuestras vidas podrían ser mucho mejores: en fin, que por mucho que escondamos o disimulemos la angustia, y por mucho que nuestra conciencia no nos aguijonee lo suficiente, la presión impersonal que la sociedad ejerce con intensidad invisible ha de dejarnos por defecto algún incómodo sedimento de culpa.

Y ese desgarro interior que no cesa a veces de acuciarnos encuentra en el castigo a los demás (a quienes sólo conocemos por su exposición en los medios: no se olvide, que es lo crucial del asunto) la vía más útil para exculparse a sí mismo. Porque si de alguien juzgamos que es “un hijo de puta” y que “se lo merece”, nos situamos automáticamente como ‘buenos’: ya que lo único que se le pide al juez, el requisito indispensable, para que pueda condenar a alguien a la horca, consiste en que el juez no sea a su vez un delincuente. ¿Qué mayor prueba de la propia bondad, por lo tanto, que la de odiar con toda nuestra alma a los impíos?

Así se explica también la necesidad ineludible de rastrear los cargos que habiliten a cualquiera como presunto merecedor de un justo castigo. Hemos visto, en el ejemplo de la mujer despedida, cómo cualquier rasgo personal de su ser –su vida entera, sin más– ha quedado reducido al de ‘racista’. Los demás rasgos, con alevosía, se omiten: pues sin esa forzosa reducción no reluciría intocable la pureza de la culpa.

Pero la inercia de los términos mismos compromete a los que los emplean

Y, por una ironía que en general no se percibe, pero que vista desde la distancia debería inquietarnos, los que gozaban con el mal ajeno por Internet, debido a que los que lo sufrían eran “malos”, se han convertido de repente en “malos” para otra parte de la sociedad, y hasta para el mismo Gobierno: pero esa parte de la sociedad, y ese Gobierno, se comportan de manera idéntica: “Si son malos, lo que merecen es un castigo”. Y la rueda vuelve a girar.

Con cándida inconsciencia ha dado en el clavo un diario tan poderoso como El País, que hace unos días, en su portada, tituló un artículo así: “La impunidad en Twitter desata una polémica social”. Además del hecho obvio de que la polémica la han suscitado los mismos medios que la cacarean como “social”, se dice sin pelos en la lengua que no se debe al contenido grosero o violento de los comentarios, ¡sino a la impunidad! 

¿Hay modo más directo y sencillo de declarar qué poco importan los hechos en sí mismos, y cuánto que alguien –“quién” ya se determinará– pague por ellos?

En esta guerra entre ‘buenos’ y ‘malos’, como pasaba con el deporte, cada cual sitúa moralmente al otro con respecto a sí mismo, por mucho que ambos practiquen el mismo juego. De momento el Gobierno y los grandes medios van perdiendo: no saben bien a qué personas individuales achacarles los cargos, y por eso se desquician cuando no identifican al rival (no se puede batallar contra la niebla). La ya satirizada fórmula “x es ETA” no consiste sino en el vano intento de definir con un solo rasgo la identidad difusa del oponente. Los lectores caerán sin más en cómo se reproduce, en otro nivel, lo que se hizo con la señora al tildarla de racista.

Logo de Twitter

Post scriptum

Habiendo escrito ya el artículo, y mientras aún rumiaba estos asuntos, me he topado con las siguientes y muy significativas noticias:

La primera, la de un anuncio retirado porque el actor que aparecía en él había manifestado antaño su apoyo a ciertas ideas abertzales. ¿Es ofensiva o culpable una ficción, y debe en consecuencia censurarse o retirarse, porque en ella uno de los intérpretes se haya adherido alguna vez a una opinión política que no agrada a la mayoría?

La segunda, estas declaraciones de Torres-Dulce: desde la fiscalía estarán activos (sic) contra “todo lo que pueda dañar la convivencia”. Ese “todo” le abre al fiscal un campo de represalias prácticamente infinito.

Cuando, dentro de muy poco tiempo, sean también los propios internautas los que se denuncien entre ellos, podremos exclamar por fin al unísono un glorioso “¡nadie quedará impune!”. Aunque la mitad de Internet tenga que gritarlo desde la cárcel.

***

Ilustración de la portada: Isabel Fernández

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3 Respuestas a “De fútbol, hijos de puta e impunidad

  1. …la mayoría de nosotros experimenta a diario la desagradable sensación de estar mal hechos, de no encajar, de que las condiciones de nuestras vidas podrían ser mucho mejores…

    Amén hermano

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