Viva la libertà: No basta con Toni Servillo

Si leéis por algún sitio que Viva la libertá es una película política, dejad de leer inmediatamente. Bueno no, que todos nos equivocamos y como me ponga en este plan me quedo sin lectores en un par de semanas. No hace falta que lo eliminéis de vuestra lista de críticos de cabecera, pero esta vez no le hagáis caso, porque seguramente se haya pasado la proyección pensando en otra cosa. No es para menos, la película facilita la desconexión mental.

Como decía, Viva la libertà tiene de cine político lo que el programa de Ana Rosa tiene de televisión política. Sí, salen políticos y a veces incluso hablan algo de política, pero el recorrido se acaba más o menos aquí. Tampoco pasa nada, me diréis con razón, por mucho que nos divirtiéramos con las elecciones del otro día no estamos clamando ansiosos por oleadas de películas que traten el tema. Muy bien, tenéis razón, pero es que Viva la libertà tampoco es ninguna de las otras cosas que intenta: no es una sátira ni una comedia, tampoco es un drama ni el estudio de personajes que por momentos pretende ser. El conjunto es todo eso y nada, un guirigay difuso que se queda en la superficie de todo lo que toca.

En pantalla aparece un señor líder del partido de la oposición al que nadie quiere, como podemos constatar cuando una señora empieza a gritarle cosas feas en el primer acto político en el que le vemos. No sabemos por qué no le quieren, entendemos que porque es un soso, un tipo un poco tecnócrata, pero todo esto lo intuimos porque no nos lo van a contar. El señor, deprimido por su impopularidad, decide desaparecer del mapa para conectar con sus orígenes, con lo que su mano derecha recurre al hermano gemelo del protagonista (un filósofo recién salido del psiquiátrico) para que le sustituya. Este nuevo señor empieza a decir las cosas de otra forma y a sonreír mucho, hace algún discurso medianamente filosófico y se sale de los moldes habituales del orador político. La gente le adora y comienza a subir en las encuestas. Fin de la trama política. Moraleja: los políticos aburridos no ilusionan a la gente. Max Weber estaría orgulloso.

A esta trama política infantil y superficial tenemos que sumarle otra que nos da igual, que es la del hermano “malo” yéndose a buscar a su amor de juventud para descubrirse a sí mismo. Allí hablará un poco de cine, aprenderá de una preadolescente espabilada y hará cosas con las manos como mover muebles de un sitio a otro. Sí, exacto, la lectura simplista del político que se baja al pueblo a hablar con unos y otros y solo entonces descubre la clave de las cosas. Ese es el nivel. ¿Cómo he sido entonces capaz de soportar la hora y media sin gritar ni montar un numerito en la sala? Dos palabras: Toni Servillo.

Con cualquier otro actor la butaca habría sido como una de esas sillas de tortura de la Inquisición, pero Servillo es hipnótico y aquí podemos verle por partida doble interpretando a los dos protagonistas. No importan sus pequeños excesos en la mueca, porque incluso con el semblante tranquilo y sin hablar es capaz de que diferenciemos a los dos gemelos con un solo golpe de vista. Para disfrutar, o mejor dicho, para no sufrir con Viva la Libertà tenemos que olvidarnos de lo que pasa en la película y enfocar toda nuestra atención en ver a este talento con patas moverse de un lado para otro y dejarnos con la boca abierta. La pena es que el resto de elementos no le ayuden ni un poco.

Lo que dije de Viva la libertà

El homenaje a las elecciones del domingo viene de Italia con el oportuno estreno de Viva la libertad, una película sobre un político que se retira y es sustituido por su hermano gemelo con la esperanza de que nadie note el cambio. El hermano es un filósofo que recién salido de un psiquiátrico, con lo que la empresa no será fácil. Hemos visto puñados de películas con la premisa del intercambio que no se debe notar, pero no recuerdo que se haya hecho en política.

Lo de la premisa del intercambio se queda en eso, en premisa, porque una vez que se han cambiado nadie sospecha que sean personas distintas. Si nadie lo piensa y nadie está de los nervios porque se descubra el pastel no hay mucha comedia que sacar de ahí. Salvo un par de momentos en los que siendo benévolos podríamos decir que se intuye la comedia de equívocos, durante el resto de la película el director prefiere obviarlo y centrarse en otras cosas. Si le hubiera salido bien sería una decisión de lo más respetable, pero no es el caso.

No hay que ser muy avispado para intuir por donde tirará la trama: al principio las cosas salen más o menos bien, pero este gemelo se convertirá en un outsider que verá las cosas con ojos muy distintos a la política institucional y al que la gente empezará a ver con buenos ojos. Luego las cosas se complicarán, tanto por parte de un hermano en el que despertará la envidia como para el suplantador que se verá desbordado (con el desenlace ya no me atrevo).

Iba muy bien hasta que puse por segunda vez en la misma oración la palabra ojos (perdón, estoy aprendiendo a escribir). Pero no sospeché que la película se podía quedar ahí. La trama se desdibuja y lo que termina siendo importante es la evolución de los dos protagonistas, pero el guion no consigue que nos importen demasiado.

La verdadera razón por la que voy a ver Viva la libertad es por volver a encontrarme con Toni Servillo tras haberme dejado boquiabierto con La gran belleza, así que verle por partida doble será suficiente placer si el guion acompaña medianamente.

La verdad es que no pensaba que iba a ser lo único que salvaría de la película.

¿Qué gafas me llevo?

viva-la-libertad-grafico-prejuiciosoEntonces: ¿voy a verla?

Para ver a Toni Servillo es un millón de veces más recomendable que te pongas Il Divo La Gran Belleza aunque hayas visto diez veces cada una. Sí, es un actorazo y está que se sale, pero la película no ofrece nada más. Tienes mejores opciones en la cartelera.

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