Amanece, que no es poco: ¡No es surrealismo, copón!

“El desequilibrio del guion es grande y candoroso”. “Cuando debiera elevarse, cae en picado y naufraga”. Estas frases aparecieron en la crítica que Ángel Fernández Santos realizó para El País cuando Amanece que no es poco se estrenó en 1989. “Ideas sin imágenes”, se titulaba.

Veinte años después, para celebrar las dos décadas del estreno de la cinta de José Luis Cuerda, el pope cultural del periódico de Prisa, Juan Cruz, revisitó la película y realizó un análisis bien distinto al de su difunto compañero. “Un documento imprescindible en la historia del humor, y no tan solo”. “Contribución genial al surrealismo cinematográfico y literario”.

¿Qué había cambiado para que una película con los errores que había apreciado Fernández Santos se convirtiera en obra maestra? A lo mejor, la recepción que tuvo en el público de ambas épocas nos dé alguna idea. Mientras que en 1989 la película no tuvo lo que se dice un éxito arrollador en taquilla (entre 4 y 6 millones de pesetas de recaudación en la primera semana, según reconoció Cuerda), en 2009 Amanece, que no es poco se había convertido en una película de culto (especialmente en las redes sociales).

Pero no solo corrían los tiempos de Facebook. Desde hacía siete años, un grupo de antiguos estudiantes de Bellas Artes (y un músico) habían puesto de moda, primero en la minúscula televisión de pago española y, después, en el segundo canal de la televisión pública, un humor descacharrante basado, en gran medida, en su origen manchego. No digo que La hora chanante y Muchachada Nui sean las responsables del éxito tardío de la película, pero que hubo una parte importante del público que se acercó a ella en el Siglo XXI después de haber interiorizado la pedagogía de humor rural de El Gañán (bautizado en el paso de Paramount Comedy a La2 como Marcial Ruiz Escribano) tiene poca discusión.

Quizá la lectura de Amanece, que no es poco como una película surrealista, como dijo Juan Cruz y prácticamente todo el mundo que ha escrito sobre ella, se haya acentuado por la comparación con los posteriores programas de Joaquín Reyes y compañía (estos sí lo son), aunque ya Fernández Santos hizo referencia a ese movimiento en su crítica de 1989. Yo creo que están todos equivocados. Además, bastante.

¡Pero si hasta lo dijo el autor!

No me gusta hacer referencia a lo que los autores dicen de sus propias obras para analizarlas y comprenderlas, pues entiendo que, una vez que están acabadas, hablan por sí solas. La lectura que de ellas hagamos quienes las consumimos es la única que importa, aunque no tenga nada que ver con lo que el autor pretendía que, en realidad, es lo de menos. Al autor le puede haber salido el tiro por la culata a la hora de conseguir un objetivo concreto y, sin embargo, eso no hace que la obra pierda validez si los espectadores o lectores sacan algo de ella, aunque no tenga nada que ver con las intenciones del autor (que ni siquiera tiene por qué tenerlas claras).

Sin embargo, como esta vez las opiniones de José Luis Cuerda me vienen al pelo para expresar lo que pretendo, voy a utilizarlas sin sonrojo alguno. Ya sé que esto es trampa después del párrafo anterior, así que los amantes de la integridad de los discursos y los enemigos de la contradicción pueden hacer como que no lo leyeron nunca (o nos vemos en los comentarios). Si aun así no pueden quitárselo de la cabeza, piensen en Cuerda solo como un espectador más de la película o como un estudioso que la haya visto un montón de veces, si lo prefieren, cuyas opiniones pueden ser interesantes o no, dependiendo de lo que diga y no de quién sea él. Continuemos, gracias.

Cuerda ha repetido una y otra vez que Amanece, que no es poco no es una película surrealista. En su entrevista con Jot Down lo explicó bien cuando dijo que “el surrealismo exige, en términos académicos, que sea automático, que no pase casi ni por el filtro cerebral”, algo que lo hace incompatible con las fórmulas de elaboración industrial del cine. Cuerda siguió en esta línea en el libro que Pepitas de calabaza editó sobre la película el año pasado: “Lo mío, esa es mi firme creencia, no es surrealismo, como se ha dicho, sino pegarle un revolcón a la lógica, fajarse con ella cuerpo a cuerpo y retorcerle el pescuezo hasta que vomite sus últimos argumentos”.

Uhmm. Interesante, ¿no? Pegarle un revolcón a la lógica es hacérselo al realismo, al fin y al cabo. No se trata de separarse de la realidad para buscar la onírica asociación libre de ideas que proponían los surrealistas sino, más bien, estirarla y contraerla como si la pusiéramos frente a espejos deformantes. ¿Les suena? Estamos hablando de un esperpento.

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¿Y tú, de quién eres?

Obviamente, las diferencias con Luces de Bohemia, por citar a la obra fundacional del género, son enormes, y el propio Cuerda (en su entrevista para Jot Down) las ponía de manifiesto. Pero hay puntos en común entre Valle-Inclán y Amanece, que no es poco que podrían servirnos de ayuda para averiguar de qué nos está hablando la película.

¡Queremos que la muchacha sea comunal! ¡Y turgente!

Los espejos cóncavo y convexo que deformaban la realidad en Luces de Bohemia son, en Amanece, que no es poco, la hipérbole y la ironía. La película coge la realidad, la comprime y la estira, alternativamente y a la vez, hasta que queda (casi) irreconocible. Son precisamente esas contradicciones (un pueblo de las profundidades manchegas que adora a Faulkner) y exageraciones (la religión como un misterio indescifrable para todo aquel que no sea el sacerdote, pero aceptada con fervor por todos los demás, centrándose en su forma espectacular y no en el fondo incomprensible) las que generan el humor en el espectador pero, como diría Juan Cruz, no tan solo.

Si pensamos que en Amanece, que no es poco estamos viendo la realidad con unas gafas que a veces exageran y a veces le dan la vuelta, podemos acercarnos a lo que hay detrás de ellas. ¿De qué habla la película? Pensemos en un par de ejemplos que, por casualidades de la vida y como la opinión de Cuerda, me van de lujo para llegar a las conclusiones que estoy buscando. Ojo, que van espoilers.

Cuando el alcalde regresa al pueblo después de haber estado en la capital, llega acompañado de una muchacha turgente, como la califican los propios lugareños. El alcalde porta un brazalete de duelo que todo apunta a que es por su difunta esposa y rápidamente se ve superado por las ansias de los vecinos (especialmente los más jóvenes) por hacer que la muchacha “sea comunal”. Algo a lo que el munícipe por antonomasia no está dispuesto, ni mucho menos. Ante la avalancha a la que se enfrenta, es una delegación de jóvenes americanos (según ellos mismo: “futuros líderes que ejerzan el poder omnímodo”) la que protege al alcalde y a su recién conquistada muchacha del furor vecinal. Ni el cura, ni el Guardia Civil han querido formar parte del recibimiento.

Frente a la situación a la que se enfrenta, el alcalde propone hacer un flash-back común que los lleve de vuelta a 1947, pero la negativa de los habitantes del pueblo no deja más remedio que la convocatoria de unas elecciones. La muchacha, por su parte, interviene para decirle a los lugareños que lo suyo hubiera sido dejarles a ella y al alcalde “arreglar sus cosas” y que “ya luego, con el tiempo, todos hubiésemos terminado amigos”, lo que el regidor entiende como una indirecta. Tras la correspondiente intervención preelectoral del cura, los sufragios se llevan a cabo, aunque todo queda más o menos como estaba antes, con la salvedad de que la Guardia Civil pasará ahora a ser Policía Secreta. A pesar de todo, el sol acaba saliendo por donde no debe y al cabo de la Guardia Civil no le queda más remedio que liarse a tiros con el astro.

Todo muy surrealista. Pero, si hemos quedado en que no era una película surrealista… ¿Entonces, qué quiere decir todo esto? Si intentamos desentrañar una visión de la realidad social de la película, que es lo que hacen los esperpentos, primero habrá que pensar en qué época está ambientada. A primera vista, puede parecer que estamos en plena dictadura, quizá en los años cincuenta o inicios de los sesenta, teniendo en cuenta la vestimenta de los vecinos o las atracciones de la feria. En cambio, si afinamos más, encontraremos algunas pistas que nos hacen dar saltos hacia delante. Los camiones más modernos que pasan por la carretera cercana al pueblo, la ropa de los forasteros o la referencia que Bruno hace a la muerte de Perón (1974) nos sitúan a mediados de los años setenta. Quizá en 1975. Curioso, ¿no les parece? Yo, al menos, así lo creo. Porque, ¿que pasa si vemos toda la película desde ese prisma? Uno puede empezar a hacerse preguntas que antes había pasado por alto.

¿Quién se le ha muerto, en realidad, al alcalde? ¿Quién es esa muchacha turgente y con salero, aunque también algo estrafalaria y superficial, que se ha traído y a la que todo el mundo quiere tocar? ¿Por qué el cura y el Guardia Civil son los únicos que no salen a recibirle? ¿Qué pintan los americanos (futuros líderes, por si fuera poco) en este pueblo perdido protegiendo al alcalde y a la muchacha? ¿Por qué queda todo como estaba después de las elecciones? ¿Qué hace el cabo de la Benemérita disparando al final de la película? ¿Por qué está el pueblo tan atrasado, en comparación con su época? ¿Es el pueblo, en realidad, España? ¿Hay ideas en la cinta que contradigan lo que estoy pensando? ¿Las elecciones europeas han acabado con mi criterio y ya solo veo críticas a la Transición por todas partes? Cualquier ayuda en los comentarios a esta nota será agradecida por un servidor.

***

Foto de portada: Antonio Tejero durante el 23F y José Sazatornil, “Saza”, en un fotograma de la película.

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3 Respuestas a “Amanece, que no es poco: ¡No es surrealismo, copón!

  1. Blanco y en botella!
    Genios como Cuerda y Berlanga las han tirado con bala a lo tonto. De este último me quedo con La escopeta nacional, hilarante radiografía del poder en España, del que les recomiendo traten de oír un pequeño detalle al final de los créditos. Un sonoro “hijoputa!” de los campesinos que cantan al principio vítores al marqués y tal, entre los cuales justo al terminar la película, se puede identificar claramente el mencionado “¡hijoputa!”, que como bien sabéis ” hay que decirlo más”.

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