Espartaco era del Atleti: canciones para una debacle

La primera final de Champions League entre dos equipos de la misma ciudad ya es historia viva del deporte. Un partido que acabó de forma traumática para el Atlético de Madrid, con un cabezazo envenenado de Ramos en el minuto 93 que igualaba el de Godín y un cruel correctivo de tres goles en la segunda parte de la prórroga. Un lacerante castigo de proporciones bíblicas para aquellos que osaron alzarse contra el orden establecido y que se creyeron el cuento de que en el fútbol, que se parece a la vida más de lo que nos gustaría, no gana casi siempre el que más dinero tiene. Diez canciones para una debacle.

Cual Lars Ulrich golpeando enloquecido la batería de Metallica en una orgía de heavy metal deportivo, el Real Madrid de los 500 millones descargó su furia sobre el equipo del Cholo justo cuando cientos de miles de aficionados soñaban con una Copa de Europa rojiblanca. Tenés todo, y no tenés nada, resumiría después Diego Pablo Simeone, ese Espartaco moderno cuyas huestes, que nunca se rindieron, fueron aplastadas por los romanos cuando ya vislumbraban el mar y un futuro mejor. Por ellos doblan las campanas. Cualquier aficionado al Atlético sabe que no olvidará jamás la noche del 24 de mayo de 2014, efeméride maldita quién sabe si durante otros cuarenta años.

Tras una temporada inolvidable y un título de Liga conquistado con sangre, sudor y lágrimas, quedaba tan sólo cumplir la fantasía definitiva: levantar la más prestigiosa Copa de campeones del fútbol moderno ante el Real Madrid, enemigo íntimo y ancestral de todo colchonero. Por obra y gracia de un entrenador superlativo y un plantel de jugadores legendarios, el sueño más disparatado hasta hace unos meses se convirtió en realidad durante 93 minutos. Lo que tardó en arder Troya. Un suspiro en el océano de lo que dura una vida. Un suspiro que a muchos nos ha marcado para siempre, y que quizá no vuelva nunca.

Dos minutos separaron de la gloria a ese puñado de jugadores de zamarra rojiblanca. Una gloria que acariciaron también un número incontable de personas de diferentes procedencias, no necesariamente aficionadas al fútbol, que vieron en el Atlético la representación del hombre común y mortal enfrentado a fuerzas superiores en una lucha desigual. Justos perdedores ante un equipo mejor, con un físico destrozado y llevados al límite, supieron ser humanos en el escarnio. No siempre se consigue lo que se quiere. Los dioses ganaron, pero es lo que suelen hacer los dioses: ganar. El resto, tiramos para adelante, que no es poco, con el cuerpo estremecido, hasta que el destino vuelva a darnos otra oportunidad.

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