Autobiografía no autorizada de un exsoberano revenío

Hace ocho meses me dejasteis preparando el discurso de Nochebuena, después de que se me hubiesen ocurrido a bote pronto un par de ideas reshulonas. Bueno, pues, queridos españoles, os voy a confesar una cosa: no logré llevar a buen puerto la oratoria. No pude, en serio. Fui incapaz. Me dormí. Sí, lo reconozco. ¿Qué queréis que os diga? Lamento en el alma que se os caiga el mito, pero me quedé sopa.

No me da vergüenza admitirlo, porque hoy he venido precisamente a eso. Hoy quiero confesar. Como Isabel Pantoja. Y parafraseando a la tonadillera, diré aquello de… pero arrancaos conmigo, ¿eh? Venga, vámonos… “que estoy algo cansado, de llevar esta estrella que pesa tanto”… Oye, pero ¡esas palmas!, ¡que no las oigo! ¡No seáis rancios, súbditos míos…! Perdón, perdón por lo de súbditos. Ya no tengo derecho a llamaros así. Es sólo una forma de hablar… la costumbre, que es muy mala… ya sabéis. En fin, como iba diciendo… “Que perdí en el camino tantas cosas, que me hicieron a veces tanto daño, tanto daño, hoy quiero confesaaaaar”. Ole, ole y ole. Lo que yo decía, que a los Borbones no nos gana a salerosos ninguna dinastía.

En resumen, españoles, que estos versos copleros expresan mejor que yo esta carga que pesa sobre mi corazón y que me lo encoge y me lo atribula… A ver, que me pongo lírico y pierdo el hilo. Lo que quiero confesar es que el discurso finalmente me lo tuvo que escribir un becario de Zarzuela y, a raíz de aquellas cabezadas reveladoras, me di cuenta de que, por mucho que dijera “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, os estaría engañando a vosotros y, lo que es mucho peor, me estaría engañando a mí mismo, porque, lo queramos o no, la realidad está ahí, insobornable e íntegra como Pablo Iglesias: me volvería a dormir, así que me erguí, puse la cara de las ocasiones trascendentales, metí tripa y tomé la decisión lapidaria de que las Navidades de 2013 serían las últimas que saldría en Televisión Española dando la murga.

Para algo útil tenía que servir la cuestión sucesoria.
Había tenido el as en la manga todo el tiempo y yo sin darme cuenta.

Dicho así, y en un primer momento, me pareció un poco trágico. Me empezaron a dar pampurrias y hasta se me puso algo así como una comezón en la boca del estómago. Me asusté y todo, pero luego me di cuenta de que sólo eran gases y ya me sentí bastante mejor. Y, como yo también sé ponerme muy frío y muy calculador, dejé de lado la patata, me distancié emocionalmente de la víscera del asunto y ¿qué queréis que os diga? Pues que me entró un alivio tal que se me relajó el esfínter y los gases encontraron el camino de la libertad por sí mismos, sin comprimidos Aerored que valgan.

Vine a caer en la cuenta de que no tengo ninguna necesidad de andar yo siempre con el corazón en un puño. Que eso de llevar la jefatura del Estado a cuestas es un engorro y que, a fin de cuentas, ¿para qué están los herederos si no es para comerse los marrones? Para algo útil tenía que servir la cuestión sucesoria. Había tenido el as en la manga todo el tiempo y yo sin darme cuenta. La salida de emergencia, allí, bien a la mano, y yo a por uvas. Que si es un perro, me muerde. Andaba espeso. Qué le vamos a hacer.

El caso es que me entró el arrebato, levanté el teléfono y dije: “Felipe, hijo mío, hasta aquí hemos llegado. Arreando, que es gerundio. Ya está bien de vivir a la sopa boba”. Así tal cual se lo espeté. Tal como os lo cuento. Yo soy así. Funciono por impulsos. Luego me di cuenta de que había descolgado el auricular pero no había marcado los números, así que tuve que volver a llamarlo. Pero eso es lo de menos. Lo que importa aquí es que el relevo ya estaba hecho, el testigo entregado y el bulto escurrido.

Un asco, que os lo digo yo. Lo de reinar está sobrevalorado.

Y ahora, soy libre. Ahora estoy jubilado. Y puedo decir lo que me salga de la punta del haba. ¿Veis? Antes, cuando era rey, no habría podido decir una ordinariez como lo de la punta del haba, y ahora sí. Ventajas de abdicar. Y, desde mi recién conquistada posición de libertad, proclamaré que lo de ser monarca me ha encorsetado bastante la vida. Para qué nos vamos a engañar. Visto ahora, en perspectiva, me aflige mucho, porque me da la sensación de que he perdido muchas cosas. De que he vivido la vida que otros decidían por mí. Eran otros quienes me indicaban qué tenía que ponerme, cómo debía saludar, qué amistades eran aconsejables, el nombre de mi esposa, el lugar de veraneo… Un asco, que os lo digo yo. Lo de reinar está sobrevalorado.

Y eso de verte todo el día en el “Hola” y en las monedas de dos euros… Un agobio, ¿eh? ¿Vosotros sabéis lo que es ir a pagarte un cóctel y que el camarero se ponga a mirar la moneda y a ti, la moneda y a ti, alternativamente, y tú intentes hacerte el longuis y entonces te suelte eso de “usted es éste de aquí, ¿verdad? El de la moneda, el Juanca, ¿no? Ya decía yo que se me daba un aire…”? ¿Vosotros sabéis lo que es eso? ¡Por supuesto que no lo sabéis! ¡Vosotros no habéis reinado en vuestra puñetera vida!

Pero lo más duro de todo ha sido el tener que nadar a contracorriente de mis convicciones. Eso… bufff… lo de negarte a ti mismo, luchar contra todo aquello en lo que crees, contra aquello que eres… Eso no lo compensa ni Dumbo de cuerpo presente a tiro de kalashnikov. Toda una vida de conflicto interno es mucho más de lo que cualquier ser humano puede soportar, por muy majestuoso y muy regio que sea. Y ahora, al fin, podré dar rienda suelta a mi aspiración más anhelada y más recóndita. Se acabó lo de ser políticamente correcto para no disgustar a la familia. Bien: voy a confesar. Ante vosotros admito que lo que siempre quise hacer, y hasta el día de hoy no me han dejado, es convertirme en republicano. Éste es el día en el que abrazo la tricolor. Mi hora ha llegado.

***

Foto de portada: Fotograma del mensaje de abdicación de Juan Carlos I (Captura de pantalla vídeo RTVE)

Leer “Autobiografía no autorizada de un soberano revenío”, por Marta Quintín.

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