10 cosas que le pasaron a alguien durante el Primavera Sound

    1. El Primavera Sound es un festival enorme y eso es algo de lo que te das cuenta antes de entrar. Una fila de cientos de metros es lo primero que aparece ante tus ojos cuando te acercas al recinto y piensas en la cantidad de conciertos que te vas a perder por no haber sido más previsor. ¿Por qué te echaste la siesta? ¿Por qué alargaste la sobremesa? ¿De verdad era necesaria esa cervecita antes de venir? Pero te pones en la cola y en seguida te das cuenta de que este festival es diferente. La cola no se detiene ni un segundo y una decena de trabajadores (¿voluntarios?) se dedican a pastorear a las tradicionalmente adormiladas masas para que no se distraigan ni un segundo. Tú quieres entrar lo antes posible y ellos quieren que lo hagas. Estáis en el mismo equipo, así que obedeces, avanzas a toda velocidad y en seguida encaras la barrera que hace unos minutos parecía una utopía. Vendedores ambulantes de cerveza y ¡mojitos! Ayudan a suavizar la corta espera. Incluso hay servicios químicos antes de entrar por si la vejiga no se comporta como es debido. Casi sin que te haya dado tiempo a cansarte ya te están poniendo la pulsera y entregándote una tarjeta (sí, aquí se accede con tarjeta, la pulsera es un adorno vintage) y piensas que te has puesto en manos de unos expertos gestores de masas.

    1. La primera sensación que te invade al entrar es el desconcierto. ¿Qué narices es esto? Decenas de puestos de tiendas de discos y moderneces varias se despliegan a izquierda y derecha de tus ojos mientras la gente (muchísima gente) tan confundida como tú duda entre pararse y seguir avanzando. Sorteado el primer obstáculo la sensación no mejora. Ves una pequeña ciudad con sus calles, carreteras y barrios y de repente tu pequeña mochila o bolso se transforma en una gallina y tu cara en la de Paco Martínez Soria cuando llegaba por primera vez a la capital. ¿Hacia dónde voy? No tienes mapa ni ganas de preguntar, que tampoco es plan de quedar como un pardillo desde tan pronto. La dirección que tomes puede ser fatal para tus propósitos, que al fin y al cabo tú tienes un planning elaboradísimo y consensuado con tus amigos que no puedes saltarte. Te mueves un poco aquí y allá y por fin recuerdas a lo que has venido. Suena un concierto de fondo y te acercas. No tienes ni idea de quién es, pero te da seguridad porque te recuerda por qué estás en este lugar tan difícil de abarcar mentalmente. Mueves la cabeza al ritmo de la música. “¿Quiénes son?”, te pregunta un amigo. No tienes ni idea, pero te da exactamente igual.
    2. Superado el shock inicial es hora de tomar el mando de la situación. Recuerdas que tienes un horario diseñado con la práctica APP diseñada por la organización y amigos que ya están dentro con los que te deberías encontrar. Ya te has perdido un concierto de los que estaban marcados con doble círculo, pero mantengamos la calma. Se piensa mejor con una cerveza, te dices, y tus amigos están de acuerdo. Te acercas a una de las millones de barras habilitadas (luego descubrirás que hay barras por todas partes) y recuerdas que estás en Barcelona y que lo bien organizado que ha estado esto hasta ahora. La cerveza no va a ser barata y te vas preparando para lo peor. ¿Cuánto costará un litro/cachi/mini? A lo lejos ves la lista de precios “cerveza grande 5 euros” y te invade la alegría. La euforia hace que incluso te abraces con tus colegas (la cerveza es MUY importante en un festival), lo que en dos minutos se situará en el top 3 de los momentos más ridículos del festival. Resulta que la cerveza “grande” es un vaso del tamaño de una lata, y los litros son competencia exclusiva de los itinerantes Mochilamen al módico precio de 11 eurazos. Teniendo en cuenta que pasarás en ese recinto una media de diez horas al día durante tres días, las cuentas te salen a aproximadamente lo que tenías presupuestado para lo que queda de 2014 (regalos de Navidad incluidos). La felicidad de hace unos instantes se materializa en un vasito de oro líquido a compartir entre todos los presentes.
    1. La estrategia consensuada al respecto de la bebida es dejarlo estar. Hay que encontrarse con el resto y casi llegamos tarde a un concierto. Lo mejor es quedar allí y ver un rato de música tranquilamente, que es a lo que hemos venido. La psicodelia de Pond puede ser un poco brusca para comenzar una experiencia festivalera, pero los australianos le echan ganas y tenemos muchas ganas de música. Entre canción y canción y, por qué no decirlo, entre solo interminable y solo interminable te das cuenta de una cosa: no eres el único producto de la crisis para el que la bebida es inabarcable. Lo que pasa es que el resto del “proletariado primaveril” tiene un plan. El olor a marihuana ocupa el ambiente con la fuerza de un coffee shop de Amsterdam y las petacas y pequeñas botellas de destilados pasean comunalmente de mano en mano y de boca en boca. Un buen resumen en forma de titular sería “pagar la novatada”, pero suena Giant Tortoise y la música funciona de nuevo como elemento de evasión.
    1. Todo sabe mejor después de haber visitado durante una pausa a los amigos pakistanís que se amontonan a la salida del recinto con la voluntad de cubrir tus necesidades más básicas. Economía 1.01; la ley de la oferta y la demanda actuando en medio del caos en forma de latas a un euro. Sirve la pausa para planificar el resto del día, con bifurcaciones, separaciones y reuniones. Con diez escenarios funcionando simultáneamente es imposible que todos queramos ver lo mismo. De momento toca Neutral Milk Hotel, y aquí parece que hay consenso. El escenario ATP está a tope, Jeff Magnum y su ejército de hippies suenan de lujo y la audiencia está entregada incluso cuando toca gritar “amo a Jesucristo”, que en inglés suena un poco menos a secta pero aun así asusta. Unos redactores de Playground animan el concierto a nuestra espalda con su colección inagotable de comentarios sarcásticos. A los veinte minutos, justo después del éxtasis de Two headed boyun pobre trieintañero perdido huye despavorido del escenario al grito de “¡Puto postureo!” Es un resumen bastante preciso de la situación, pero a diferencia del ofendido algunos estamos francamente contentos con ello.
    1. Después de haber asistido a la hora y pico de trallazos de Queens of the Stone Age, que sin hablar mandan un mensaje a Barcelona que podría leerse “somos la mejor banda de rock que ha pisado Barcelona en una década y lo sabéis”, toca el que para casi todos es uno de los puntos fuertes del festival, y para algunos EL momento cumbre: Arcade Fire. En cuanto empiezas a avanzar hacia el escenario Sony te das cuenta de que la afirmación anterior no ha sido gratuita. En un escenario del tamaño de un campo de fútbol la densidad de gente empieza a ser insoportable a la altura del medio campo y unos pocos metros más adelante la preocupación deja de ser el concierto porque respirar empieza a estar más caro que la cerveza (y mira si es cara la cerveza). Pero respirar está sobrevalorado y quieres ver a Arcade Fire, así que te mantienes en el sitio mientras el color de tu piel empieza a mudar a tonalidades que no son precisamente sinónimo de salud. La música empieza y recuerdas a qué viene tanta locura colectiva. Son uno de los mejores directos que se pueden ver hoy en día y punto. Se lo han ido creyendo con los años, sobre todo su frontman, y el setlist está lejos de ser perfecto, pero el conciertazo es indiscutible. La masa humana que tienen enfrente está rendida desde el minuto uno y tu yo se va diluyendo a lo largo de hora y media para desaparecer completamente en el orgasmo colectivo y musical de Wake Up. Miles y miles de gargantas cantando lo mismo imbuidas por una especie de hechizo transitorio son una de las experiencias por las que amar la música sobre todas las cosas.
    1. Ya hemos dicho que el Primavera Sound es un festival grande. Enorme. No es festival para vagos ni para llevar zapatos bonitos. A lo largo de una jornada puedes caminar lo mismo que en una semana cualquiera, con distancias entre escenarios que convierten los traslados en ascensos de un puerto de montaña. Añádele a eso que en los conciertos se salta y se baila, porque si no saltas y bailas mejor te vas a otro sitio. Si encima tienes un calendario apretado lo más probable es que te toque correr, y si quieres coger buen sitio tienes que correr como si te persiguiera un grupo de zombies (en realidad esta metáfora se ajusta bastante bien a la realidad). Las cervezas, gintonics y demás sustancias que alteran el comportamiento que lleves encima dan lo mismo. Como el cagar, moverse de un concierto a otro nos iguala a todos. Es el precio a pagar por ver en tres días a bestias como Dr. John, Charles Bradley, Television o Caetano Veloso por mencionar a algunos veteranos. Es el precio por ver a The National y que de nuevo triunfen con su improbable fórmula (¿cómo un concierto en el que la mitad del tiempo se canta fatal puede ser uno de los conciertos de tu vida?).
    1. Pero hay otro precio que pagar, uno en el que nunca piensas cuando miras el cartel y compras la entrada: la cantidad de conciertos que no vas a ver. El Primavera Sound más que cualquier otro festival es un festival de renuncias. Quien vio a NIN no pudo ver a Mogwai, los que optaron por Pixies se quedaron sin el conciertazo de The War on Drugs y era imposible ver un segundo de St. Vincent si no querías renunciar a Neutral Milk Hotel. Todo el que fue al festival tiene sus renuncias, sus espinitas clavadas y sus errores (quizá habría sido mejor ir a…). Algunas veces ni siquiera eran conciertos, los temidos solapamientos, los que te impedían ver a alguno de tus artistas marcados con subrayador. A veces la duda era ver un concierto o alimentarte, que saltar y bailar da mucha hambre. La tiranía de ser animales sociales también hacía su labor. Nadie tiene batería en el móvil (las baterías en el móvil en los festivales dan para tesis doctoral) y has quedado en un punto determinado para ir juntos al siguiente concierto, o no te quieres quedar solo y la maldita democracia te arrastra a tu segunda opción. En ocasiones simplemente has sobreestimado tu condición física y no puedes mover las piernas hasta el siguiente escenario porque no das para más. El consuelo (de tontos) es que sabes que nadie, por muy bien organizado y milimetrado que tuviera su planning, terminó el festival viendo todo lo que tenía previsto.
    1. Pero aunque el festival te recuerde continuamente tu mortalidad, sobre todo por culpa del inevitable cansancio y de la imposibilidad de materializarte en varios sitios a la vez, en otras ocasiones te revela precisamente lo contrario. El Primavera Sound no es el mundo real, y aunque lo simule hay veces que demuestra que no se rige por las mismas normas físicas que el globo terráqueo que transitamos habitualmente. En El Festival (con mayúsculas por sus implicaciones divinas) puedes aguantar sin comer o hacer pis muchas más horas de lo que lo harías cualquier otro día, puedes convivir con un dolor de pies infernal y a la vez no ser capaz de parar de moverte y también puedes cruzarte con algún conocido que ni siquiera sabías que estaba allí pese a que la cantidad de personas yendo de un lado para otro hacen que ese suceso sea estadísticamente un absurdo. Pero el principal poder del festival es el don de la resurrección. Puede ser un miserable trago de agua, una simple visita al lavabo, tu canción favorita o treinta segundos sentado en medio del suelo más incómodo, pero hay una propiedad en el ambiente del Primavera Sound que te puede llevar del infierno de estar para el arrastre al paraíso de sentirte el rey de la fiesta en cuestión de treinta segundos.
  1. Lo peor de los festivales es que se acaban. Hay un momento en el que la música o tus pilas se terminan y toca atravesar las puertas del recinto y enfrentarse con la realidad. La primera bofetada es la pelea por  un taxi en la puerta, que se convierte en una batalla sin normas en la que el más fuerte o el más listo se lleva el gato al agua. El éxodo se produce de manera escalonada durante los dos primeros días, pero el tercero la situación es muy distinta. Todos (o casi todos) los conciertos han terminado y solo queda un escenario funcionando. Son casi las seis en el escenario Ray-Ban y DJ Coco pincha canciones que todos los asistentes a un festival como este deberían conocer. Suena Blue Monday de New Order y el sol empieza a salir entre los brincos y gritos del personal que de ninguna manera pretende que acabe la fiesta. La luz del día empieza a revelar la realidad de unos rostros mucho más cansados de lo que se podía intuir viendo las siluetas en movimiento a las que teníamos acceso hace unos minutos. Miles de cuerpos danzantes al ritmo de Bernard Summer. Algunos se besan desde mucho antes de estos días y otros llevan apenas unos minutos haciéndolo. Hay valientes a los que sus amigos han abandonado y bailan solos reivindicando su derecho a hacerlo más allá de las normas sociales. Los hay que bailan a la orden de las sustancias estimulantes que llevan en su cuerpo y hay otros que son amigos y bailan juntos porque se irán a ciudades distintas y no podrán volver a hacerlo en meses. El caso es que, mientras amanece, todos bailamos diciéndole al sol que la noche y el Primavera Sound terminarán cuando nosotros decidamos.

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Foto de portada: Puerta de entrada del Festival Primavera Sound (Karolina Kopacz)
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