Pablo Iglesias contra Pablo Iglesias

Hace ya casi dos semanas, cuando Pablo Iglesias alcanzaba la omnipresencia mediática con casi un nimbo de santidad en la cabeza, escribí el artículo que van a leer hoy, y que iba a aparecer en la sección Tribuna abierta. Pero a causa de una concatenación de azares su publicación se demoró hasta el lunes pasado; y, ese día, nuestro campechano monarca decidió dar paso a la alegre juventud casi cincuentona de Felipe VI. Como entenderán, la actualidad volvió improcedente cualquier asunto que no se refiriese a la abdicación. Tiempo habrá quizá otro día para hablar sobre ella. En Mayhem ya se ha tratado la cosa aquí y aquí. Por mi parte, no puedo más que cantar la elegancia del rey con palabras que gimen, y recordar una brisa triste por los olivos: ahora que los defensores de su majestad proclaman el papel mediador de la corona para que desde fuera se nos vea muy bien, y se consigan muchos contratos con empresas extranjeras, podemos afirmar sin ninguna duda que Juan Carlos era un agente comercial de la radiante Marca España (lo cual nos arroja a la intrigante conclusión de que España sea un bien de consumo, como los zapatos o el papel de plata), al que sólo le faltaba entregar una tarjetita con su nombre y su teléfono, y decir, como antaño, por las plazas: “¡Compre el jabón Lux, señora, ninguno lava más blanco! ¡Dense prisa con la Marca España, que me la quitan de las manos!”. ¡A qué extremos de indignidad ha caído la monarquía! ¡Qué tiempos muy otros aquéllos en que los reyes habían sido elegidos por Dios para la gloria de su imperio! El pobre y futuro Felipe VI no sospecha que la única diferencia entre su puesto y el de un vendedor de enciclopedias reside sólo en lo salarial.

De modo que despachemos la discusión sobre la República y, sin más demora, les ofrezco lo que escribí hace quince días:

1- Podemos

A nadie mínimamente interesado en la política nacional habrá dejado de alegrarle que la consabida y tediosa dualidad entre el PP y el PSOE, tan semejantes entre sí que sólo dispensaban mutuo desprecio al resto de los partidos, se haya empezado a disolver en las muy recientes elecciones europeas. La sorpresa ha sido tan mayúscula que, de repente, en las calles, en los medios de formación de masas, y hasta en la vida familiar, nadie cesa de hablar sobre el creador y líder de Podemos: Pablo Iglesias.

Como para encasillarlo ya se bastan solos el Partido Popular y algunos medios más o menos afines, quería dejarle al lector algunas observaciones sobre él que, a diferencia de la mayoría de lo que se ha escrito, tratan de olvidar su personalidad, para centrarse en lo que dice sobre las cosas.

No es que desprecie la forma. Discute con argumentos sólidos, escucha al oponente, muestra siempre respeto por los demás, y su voz es calma y sin embargo firme. Guste o no guste, el modo en que emplea la retórica convierte a prácticamente cualquier otro político famoso en una marioneta de guiñol de cachiporra. De hecho, si he meditado acerca de sus ideas y de su dialéctica, y si tal intento resultaría estéril con Rajoy, ello se debe a que, en comparación, Pablo Iglesias sería a Rajoy lo que el dodecafonismo al reaggetón.

(La diferencia de longitud entre los elogios y lo inquietante no se debe a la mayor importancia de una cosa y de la otra, sino al desarrollo intrínseco que cada parte me exigía).

Motivos de elogio

Le encuentro dos grandísimas y sorprendentes virtudes en su discurso:

La primera, que no he hallado en él el rasgo esencial, y hasta articulador, de las demás izquierdas antisistema europeas: Pablo Iglesias excluye el odio como elemento de unión grupal. Cierto, llama “la casta” a los dirigentes del PP y del PSOE, pero no lo hace para ponerles un estigma imborrable que les haga merecer el sufrimiento y el castigo, sino porque cree que sus políticas yerran, que no velan por la gente sino por sí mismos, y que merecen que les depongan el cargo. Tampoco le he visto insultar a nadie, ni emplear términos que se dirijan a encender la furia de quienes le siguen. Que no cuente con el odio como motivación me parece tan absolutamente ejemplar como acertado.

La segunda, que le hable “a todo el mundo” por igual. No hay gentes excluidas como potenciales votantes; no se habla de “los votantes de la izquierda/derecha”, como dicen el PP o el PSOE de los malignos y numerosos enemigos en abstracto, sino que se centra contra las políticas que hacen determinados políticos. Desea ayudar “a todos los ciudadanos”.

Sus quejas, que no todas sus soluciones, resultan siempre razonables y lúcidas, y todas y cada una de las injusticias (el dominio de “la casta”, el FMI, la falsa austeridad, etc) que denuncia aspiran a liberarse de cualquier categoría política: la injusticia es la injusticia, se mire desde donde se mire.

Inquietudes que me suscita

Pero también hay dos asuntos que no me dejan del todo tranquilo. El primero, uno de los toros españoles que siempre saltan al ruedo, y con el que tendrá que lidiar si el poder de Podemos aumenta: los nacionalismos.

No me gusta la repetida insistencia, por lo demás nada original (es un verdadero lugar común; y, como todos los lugares comunes, enmascara una ausencia de verdadera profundización), de que los nacionalistas, catalanes y vascos en este caso, tienen “derecho a decidir”. Lo ha dicho en varias ocasiones.

Aparte de la noción semántica y gramatical del asunto (este afinado artículo de Álex Grijelmo lo analiza lingüísticamente), me llama la atención otra cosa.

Resulta curioso cómo la dignidad del término “nación”, que debería haber desaparecido tras el horror de la segunda Guerra Mundial, se asocia sin más al de ‘libertad’ cuando aparece ligado a pequeñas regiones que aspiran a convertirse en países autónomos. Sin embargo, con respecto a Francia, a Alemania o a España, lo de “nación” dicho de modo muy enfático (con exclamaciones y todo) apesta a racismo, clasismo o fascismo. Nunca he acabado de comprender cómo la izquierda, que presupone entre los hombres una igualdad que no entiende de fronteras ni de privilegios natalicios, se deja engañar por esa bella y hueca frase del “derecho a decidir”: no sólo, en verdad, se pierde cualquier derecho individual cuando a uno le cambian la propia identidad jurídica aunque no quiera, quedando así en las zarpas del poder omnímodo del Estado (de nada les valdría a los catalanes que “rechacen” la independencia catalana patalear o lamentarse: si se diera ésta, contra su voluntad, adquirirían otra ciudadanía, y pertenecerían a un aparato estatal con el que ni contaban. ¿Les recomendaríamos el exilio, como siempre que un gobierno ha impuesto el terror a sus sometidos?), sino que la decisión no es en absoluto libre, pues está directamente impulsada por la ideología de lo económico.

2- Diada

A estas alturas, desde luego, ya nadie esgrime las razones románticas de antaño para amar a la propia nación, pues resultarían muy ingenuas: el clima, la gente, las costumbres, el espíritu de la raza, etc. En este mundo altamente globalizado no hay ya nada más parecido a Madrid que Barcelona, y nada más parecido a una calle de Barcelona que otra de Ciudad del Cabo o de Tres Cantos (cualquiera que haya seguido el Mundial de 2012 lo sabe). Como escribió por aquí con tanto tino Aselar Viar, en Escocia el asunto se ha planteado ya con desnudez como una cuestión estrictamente monetaria. Si lo que pretende Pablo Iglesias es liberarnos a todos un poco de la dictadura ciega del capital, de la rentabilidad, y de la vida medida en cifras, malamente puede quedarse en la superficie de algo tan a las claras económico, y sólo económico, como son en este siglo los nacionalismos, y su adhesión a tal causa me intriga.

En el mejor de los casos, quiero creer que no ha profundizado lo bastante, y se deja llevar por un bienintencionado sentimentalismo; en el peor, que está tratando de satisfacer cualquier postura antisistema por mera inercia, o por interés personal y electoral.

Pero que ignore cómo el sentimiento de pertenencia a una nación es, desde sus mismas entrañas, una ideología que emana de los dirigentes, y que está destinada al control y sumisión de las masas (llámense éstas “españolas”, “catalanas”, “vascas”, o “alemanas” o “coreanas del norte”) me resulta cuanto menos inquietante. Bastante cruz tenemos con las patrias que nos han tocado al nacer como para encima andar multiplicándolas: nada en este mundo ha dejado ni por asomo una ristra de muertes tan incontables como las luchas por las naciones o el territorio. Ni siquiera la religión.

También en asuntos nacionalistas, pero vascos, me han dejado perplejo estas declaraciones del año pasado, en una Herriko Taberna, acerca de ETA:

La Constitución que se instaura en este país no instaura una suerte de reglas del juego democráticas, sino que de alguna manera mantiene una serie de poderes que, de una forma muy lampedusiana, cambiarlo todo para que todo siga igual, permitieron la permanencia de una serie de élites económicas en los principales mecanismos y dispositivos de poder del Estado español. (…)

Me gusta contar esto aquí, porque quien se dio cuenta de eso desde el principio fue la izquierda vasca y ETA. Por mucho procedimiento democrático que haya, hay determinados derechos que no se pueden ejercer en el marco de la legalidad española, por muchas cosas que diga la legalidad española. Quedaba todo atado y bien atado en muchísimos aspectos.

Hay una oscuridad quizá deliberada en estas afirmaciones.

ETA “se dio cuenta desde el principio”. ¿De qué? “Que, de alguna manera” hay poderes que “permitieron la permanencia de una serie de élites económicas”. No hay apología del terrorismo por ningún lado; ni siquiera una justificación de los crímenes de ETA, o un juicio de que las acciones de ésta hayan sido útiles. Sin embargo, ¿qué clase de visión política admirable o distinta demostró ETA, más allá de emplear las armas para ejecutar a los enemigos de su causa? Aunque el contexto no me permite averiguar mucho más, la cuestión de que ETA poseyera una perspectiva política reveladora o preclara (a él “le gusta contar esto aquí”, pues, suponemos, el sitio, el “aquí”, interfiere como creador de un orgullo compartido) no soy capaz de encajarla por ningún lado. A lo más que llega mi capacidad interpretativa es a que él, tomando a ETA como un síntoma de la enfermedad, denuncia cómo la supuesta buena salud de la democracia era falsa: si ETA seguía matando, ello se debía, no a la mera inercia ideológica de su identidad como banda terrorista, sino a que la democracia no era tan democrática.  “Si en verdad lo hubiera sido, ETA no habría seguido matando”, sería el cierre completo del argumento. Lo cual me parece una osadía bastante discutible, pues parece también ignorar hasta qué punto la lucha armada, la violencia, crea en los hombres una fascinación de la que cuesta sustraerse; cómo las actividades terroristas, en la mayoría de los casos, no responden más que a la grandeza de la causa a la que crean servir, tanto más poderosa cuanto más impacto mediático y simbólico logren. Desde luego, una sangría como la de Hipercor, dirigida contra lo que en la guerra serían víctimas civiles, no parece organizada contra “las élites económicas”, ni para reivindicar “derechos que no se pueden ejercer”. “Aquel que ostenta el derecho a la violencia legítima” fue la definición que dio Max Weber del Estado. Interpretar la violencia contra los habitantes del estado como prueba de que un estado no es democrático del todo me parece una confusión muy peligrosa. Que esas palabras le hayan salido “aquí” y no en otro contexto me devuelve a la duda anterior: ¿Hasta qué punto se trata de agradar a todas las partes, y no de sinceridad descarnada y torpe?

3- Harrijasotzea

De hecho, en este video afirma (con una prosa verbal exquisita, por cierto): “La democracia es tal si el poder está repartido; y, si la base del poder es la violencia, el pueblo no puede delegar el fundamento de la soberanía”. Lo cual, desde mi punto de vista, no es tomarse a Weber demasiado en serio (muy en serio deberíamos tomárnoslo), sino creer equivocadamente  que el modo de que el Estado no sea violento con nosotros consiste en volverse a su vez Estado nosotros mismos. Que es lo que viene a decir, y lo que se solapa, con su “me gusta” citando a ETA como lucha contra la falsa democracia; y que, en una verdadera pugna equilibrada, se parecería más esas trifulcas medievales entre nobles y acólitos que a cualquier atisbo de democracia más o menos auténtica.

A quien esto escribe le parece un pensamiento peligroso, porque la acción violenta no tolera en sí una crítica: cuando la violencia se vuelve legítima, la razón ya no puede dar cuenta de esa legitimidad; porque en toda violencia la razón se da por ya superada. Supone el triunfo de lo irracional.

El otro borrón me lo barrunto de algunas de las promesas del programa electoral, que, por felices que nos sintamos al leerlas, sabemos de antemano irrealizables sin, por lo menos, una inversión mundial de la mentalidad capitalista, inversión tan brusca como casi utópica (lo que suelen llamar los realistas “demagogia” o “populismo”; en parte con bastante razón). No lo digo porque tales objetivos me asqueen de por sí. Muchas de las propuestas de su programa merecen meditarse largo y tendido, aunque otras sean una quimera atractiva. Sino porque, si Pablo Iglesias asciende a la política de primer nivel, y adquiere más relevancia, ¿en qué puntos cederá y en cuales no? ¿Hasta dónde estaría dispuesto a sacrificar su propio discurso para que Podamos aumente en número de votantes o se alíe con otros partidos mayores?

CARTEL_ELECTORAL

Un futuro abierto

Mi miedo, y debería ser el de todos, consiste en que, viendo la capacidad con que se desenvuelve y con que sabe agradar a casi cualquiera sin que le tiemble la voz, quede atrapado en esa soltura como en su propia red, nos envuelva con su retórica, y se asemeje en espíritu a aquel chiste de Miguel Brieva en el cual un niño, arrodillado y con las manos juntas, le ruega a Dios que le otorgue un superpoder: “y seré tan bueno, tan bueno”, le promete, “que alguien tendrá que pararme”.

Como Pablo parece de momento alguien que escucha y argumenta, me quedo con las ganas de topármelo por Vallecas algún día y preguntarle en persona por todas estas cosas.      A ver cómo me saca de dudas.

Por lo pronto ha puesto patas arriba el tedioso panorama político. Por primera vez, en las declaraciones del Gobierno y de la Oposición, hay miedo. Eso es inesperado. Y lo inesperado siempre es bueno.

***

Imagen de portada: Ilustración original de Isabel Fernández

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