Daniel Sánchez Arévalo: la parábola del caracol

Las películas de Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970) tienen la forma espiroidal de una concha de caracol. Son “relatos cíclicos que acaban donde empezaron, pero en el viaje has cambiado”, como decía él en una entrevista con El País. Al principio y al final de ellas puede parecer que ves el centro desde el mismo ángulo, pero la posición desde la que miras es totalmente distinta.

“Creo que tiene ver con mi época de psicoanálisis. Empecé siendo un adolescente y terminé justo antes de rodar Azuloscurocasinegro, imagínate todo lo que me ha podido pasar entre medias. Me di cuenta de que, en cualquier época de mi vida, todos los temas eran recurrentes. Cambiaban las circunstancias, la manera en que esas neuras o esos miedos cogían forma, pero había algo cíclico, así que siempre había una especie de frustración. Sentía que volvía, una y otra vez, al punto de partida. No me daba cuenta de que, vale, es circular, es cíclico, pero va avanzando” nos cuenta en la conversación que mantenemos en la librería cinematográfica Ocho y Medio de Madrid. Para ejemplificarlo, recuerda su primer largometraje: “es la historia de un tío que no quiere ser portero y acaba siendo portero. Pero al final lo es porque él lo ha elegido, cuando al principio era una cosa impuesta. Es un cambio. Una mierda de cambio, un pequeño cambio, pero es un cambio”.

Viaje tranquilo al centro de la espiral

Fue dentro de su concha, en ese viaje al interior de uno mismo que supone enfrentarse al diván, donde Sánchez Arévalo encontró algunas de las señas de identidad de su obra: “A base de darle vueltas a tu mierda, sacarla, volver a tragarla y revolverla, he aprendido a conocerme y eso me ha ayudado a darle cierta complejidad a las emociones, a los sentimientos y a lo que les está pasando a los personajes”. Y también en esa introspección empezó a intuir que el camino que quería seguir en su vida pasaba por contar historias.

“Intentando poner orden al caos que yo tenía, tumbándome allí dos o tres veces por semana, intentando contar mi historia, lo que a mí me estaba pasando, me convertí en narrador. Además, yo ya tenía algo de querer entretener, de no querer aburrir a mi psicólogo. Yo pensaba: ‘Joder, este hombre lleva todo el día escuchando a gente’. Y, aunque no se debe hacer, porque el psicoanálisis es la libre asociación de ideas -sentarte ahí y soltar lo que te salga, lo que vayas pensando-, había una parte de mí que empezaba a manejar elementos de narración cinematográfica: el chistecito, el giro, hacer un prólogo y después echar para atrás para luego llegar a ese punto. Ahí empecé a escribir”, recuerda.

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Jorge Moreno y Daniel Sánchez Arévalo, durante la entrevista (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Ese caos le llevó a avanzar por un camino pausado. Como el caracol, Daniel Sánchez Arévalo huía de velocidades arriesgadas. En retorno, consiguió una evolución firme que lo ha convertido en uno de los cineastas jóvenes más sólidos de nuestro cine: “A mí me ofrecieron rodar mi primera peli después de Exprés y yo ya tenía incluso el guion de Azuloscurocasinegro, pero le dije a mi productor: ‘Todavía no estoy listo. Necesito rodar dos cortos más’. A él, con buen criterio, le pareció cabal y me esperó”.

Para explicar una decisión tan valiente y madura como esa, el director reconoce una razón que parece oponerse al resultado: el miedo. “Mi carrera siempre ha sido a base de pasos pequeñitos y ese se me antojaba un salto al vacío. Creo que también tiene que ver con la edad. Ya tenía treinta años y quería que fuera una experiencia buena. Además, no era mi objetivo. Yo no quería hacer largometrajes sí o sí. Quería hacerlo cuando tuviera una historia que contar y me sintiera preparado. En ese tiempo que pasó, que fueron dos años, ese guion cambio mucho, mejoró mucho, y yo cogí suficiente experiencia para no ahogarme en esa travesía”.

Porque, a la hora de afrontar Azuloscurocasinegro, el temor no procedía de “que no supiera como dirigir a los actores o cómo colocar la cámara. Mi mayor miedo era angustiarme, pasarlo mal, no dormir. Yo sabía que si esa experiencia no era buena, no iba a ser director. […] Recuerdo el primer día disfrutando y eso fue una constante en general ya durante todo el rodaje”.

La protección del círculo

La cercanía, la realidad que se palpa detrás de historias como Primos o Gordos, no puede partir de un lugar que no sea propio, en el que el autor no haya volcado elementos de su propia vida o de la de quienes le rodean. En ese sentido, Sánchez Arévalo siente como cercano el hecho de que sus personajes “tienen a su mayor enemigo dentro de sí mismos y su verdadera lucha, su verdadera meta, es solucionar una serie de cosas que no tienen solucionadas”.

Sánchez Arévalo, en un momento de la entrevista con Mayhem (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Sánchez Arévalo, en un momento de la entrevista con Mayhem (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Pero los ingredientes de autoficción que se intuyen en su filmografía van más allá: “Supongo que soy capaz de coger ciertos elementos, retorcerlos y llevármelos a otro sitio. […] Suelen ser homenajes. A veces no son cosas muy graciosas, pueden ser cosas dramáticas, pero les cambio el nombre. [Risas] En el fondo, creo que es bonito sacar una experiencia jodida de un colega tuyo y transformarla en cine, en algo creativo”, reconoce mientras explica que el personaje interpretado por Héctor Colomé en La gran familia española, está basado en su propio padre: “Mi padre es una persona que, después de estar veintisiete años con mi madre, sintió que ya había vivido el amor de su vida y renunció al amor. Vive un poco aislado, en su mundo, en Santander. Curiosamente, Héctor Colomé, que es quien interpreta ese papel, es la pareja de mi madre desde hace veintipico años”.

La familia es uno de los grandes temas a los que Daniel Sánchez Arévalo siempre regresa, algo que quizá se explique al escuchar la necesidad que el propio cineasta tiene de sentir cercana a la suya propia. Rodearse con el caparazón de quienes le quieren: “[Durante el rodaje de La gran familia española] estaba mi hermano, que hizo el making-of y ya había hecho el de Primos, mi padre iba al rodaje, mi hermana también vino algún día y mi madre hacía de la abuela de la novia. Mi padre se lleva superbién con Héctor. Yo también tenía mi gran familia dentro de La gran familia [española]. Es una familia disfuncional porque está desmembrada, pero hemos aprendido a llevarnos bien, a que eso funcione y sea orgánico”.

Ya una película antes de La gran familia española, en Primos, había necesitado sentir cerca a su círculo íntimo y poner en fotogramas una experiencia real: “Me dejó mi novia, a la que yo amaba muchísimo y yo hice una película con muchísimos elementos en común. Fue mi manera de pasar mi luto y de curar mis heridas. Hice la película de un chaval que tenía que curar sus heridas rodeándose de sus seres queridos. Yo me rodeé de mis seres queridos y me fui a hacer una película sobre eso”.

Daniel Sánchez Arévalo, en la Librería Ocho y Medio (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Daniel Sánchez Arévalo, en la Librería Ocho y Medio (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Volver distinto

Ahora, en cambio, quiere contar una historia diferente. Sánchez Arévalo define su próximo proyecto, que debería comenzar a rodarse en enero de 2015, como “una peli de acción a mi manera”, dejando “un poquito de lado la mezcla de géneros”. “Tiene elementos de thriller y de comedia, pero es menos dramática que el resto de mis películas”, afirma. Con un esquema de producción similar al de La gran familia española, Sánchez Arévalo volverá a trabajar con José Antonio Félez, de Atipica Films, y contará con la colaboración de Antena 3.

Sobre el guion, sigue marcando distancias con sus obras precedentes asegurando que “todas mis películas son de personajes y la acción está supeditada a ellos. Aquí he intentado hacer un ejercicio con todo lo contrario: una peli en la que la trama lleva todo el rato la acción y los personajes están en función de ella y no tienen un arco dramático, no tienen grandes escollos internos que superar en la vida. Tienen escollos físicos, económicos o sociales, pero no tienen taras, traumas. Bueno, sí tienen, pero no los solucionan”.

Sin embargo, al alejarse de una parte de su obra anterior ha tratado de volver a otro cine que hizo y piensa que dejó de lado. Poniendo como referencias a Fernando León de Aranoa o Ken Loach cuenta que “quería hacer un reflejo de lo que nos está pasando, sin dramatismos ni leches, pero sí que estuviera muy empapado de la realidad que estamos viendo. Llámale la crisis”. “Volver al barrio”, lo resume. Regresar, al fin y al cabo, al tono social de Azuloscurocasinegro o su corto Física II.

El director, escucha una pregunta durante la charla. (Foto: Miguel Ángel Moreno)

El director escucha una pregunta durante la charla. (Foto: Miguel Ángel Moreno)

“Es una peli de barrio, pero no era lo que yo quería hacer inicialmente. Es otra cosa, pero es una peli de aquí y ahora, no como Primos o La gran familia española, que son como cuentos, algo más estanco: una casa, una familia, un pueblo… No, esto es España, aquí y ahora. Pero claro, hay veces que quieres volver a un sitio, a revisitarlo […] Y te has hecho mayor o viejo o diferente y, a lo mejor es un poco impostado. A lo mejor hay que ir a otros sitios. Eso me da cierta pena, porque me apetece, pero es que a lo mejor ya no puedo”. Quizá solo sea otra vuelta en la espiral de la concha del caracol, mirando al centro desde el mismo ángulo, pero con una perspectiva distinta.

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Lee la entrevista completa a Daniel Sánchez Arévalo

Foto de portada: Daniel Sánchez Arévalo (Miguel Ángel Moreno)

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