América adora al hombre malo

De entre todas las temporadas que se van acumulando en mi lista de series pendientes, hace un par de días decidí ponerle remedio a una de ellas y empezar de una vez por todas ‘House of Cards‘. Más allá de todo lo que se pueda decir de la producción (sus fantásticos guiones, sus soberbios actores y su enrevesada y oscura trama política) está claro que lo que sobresale por encima del resto es el personaje de Frank Underwood, milimétricamente interpretado por Kevin Spacey (¿el papel de su vida?). Un hombre despiadado, un lobo, un estratega frío y cruel al que (no desvelaré nada de la trama) no le tiembla el pulso a la hora de tomar decisiones encaminadas a que el tren del poder en el que se ha montado siga su recorrido hasta la cúspide del poder, el techo del sueño americano.

Si hacemos un repaso no muy profundo en la Historia de la televisión reciente nos encontramos con numerosos ejemplos de personajes protagonistas en la estela de Frank Underwood que están llamados a ganarse nuestra confianza como espectador comportándose de la manera contraria a la que lo hacen los héroes arquetípicos. Se podría decir que el clásico discurso del triunfo americano en el que el perdedor se redime y se construye a sí mismo (Estados Unidos como entorno en el que empezar desde cero, por muy bajo que hayas caído) se pervierte a través de estos personajes, y se utiliza como excusa para mostrar a hombres sin escrúpulos a la hora de conseguir sus metas . Por aquí hemos hablado ya de algunos de los máximos representantes de este nuevo paradigma de héroe televisivo.

Encontrar al primero de estos personajes sería una tarea farragosa y seguramente no del todo satisfactoria (no en vano este tema ha sido, obviamente, tratado con anterioridad) pero, si hay que rescatar a uno para erigirlo como pater familias ese sería Tony Soprano. La escalofriante naturalidad con la que James Gandolfini interpretó al mafioso de New Jersey conectó con tanta intensidad con el espectador, que uno al final se olvidaba de todos los negocios oscuros (por quedarse corto) de Tony y al final lo que guarda para el recuerdo son las inseguridades de un hombre asfixiado por sus propias circunstancias. A medida que el personaje se ve envuelto en situaciones más y más turbias, nuestro apego hacia él crece y, aunque sabemos que no es un buen hombre y que en la vida real desearíamos que la justicia se hiciera cargo de un pieza semejante, sabemos tanto de su vida que no es imposible desearle mal. ¿Se trata, entonces, de una cuestión de familiaridad? Las sesiones de terapia, que son el esqueleto de ‘Los Soprano’, crean una conexión inquebrantable desde el primer episodio. Es seguramente el momento más íntimo de una persona (siempre he mantenido que ver ‘En terapia’ casi me hace sentir violento, como si estuviera traicionando a esos personajes en su momento de exposición máxima) y el hecho de ver a Tony Soprano comportándose como realmente es en las sesiones con la Dra. Melfi nos une instantáneamente a él.

Tras los pasos de Tony Soprano, y en mayor o menor medida, otros dos pesos pesados de la ficción estadounidense de los últimos años: Don Draper y Walter White. Las conexiones entre los protagonistas de ‘Mad Men’ y ‘Breaking Bad’ son múltiples y conforman este arquetipo de macho alfa televisivo: hombres de mediana edad que canalizan su fracaso en lo personal para conseguir poder en el ámbito profesional. Si bien, mientras Don Draper (hasta donde hemos visto) se ciñe estrictamente al clásico egoísmo del hombre atormentado que es incapaz de encontrar la felicidad en ninguna parte y arrastra a quienes le rodean a la miseria más absoluta, Walter White da un paso adelante y añade al ya de por sí explosivo cóctel el factor de la fugacidad de la vida y del fracaso de la etapa adulta ( y la capacidad, en su caso, de cambiarla por completo). Algunas de las últimas decisiones que toma el personaje de Walter White hacen imposible que le deseemos que le vaya bien y, sin embargo, somos incapaces de rechazarlo, ya que hemos conocido su historia mientras conocíamos al personaje.

Pero tampoco hace falta llevar a los personajes a situaciones extremas y ni siquiera ceñirnos únicamente a las series de cable (como ya sabéis, son las que tienen menos restricciones creativas a la hora de plantear según qué temas en la ficción). Al final, personajes tan carismáticos como el Dr. House, ese médico con malas pulgas que enamoró a señoras y señores alrededor del mundo entero, también forman parte de este saco. El caso de ‘House’ es distinto pues, aunque se comportaba en muchas ocasiones como un auténtico psicópata y su ética en el trabajo contradecía todo lo que uno espera cuando visita un hospital, su simpatía y el hecho de que supiéramos aquello de que “en el fondo es un buen tío” le quita, en lo moral, algo de peso para funcionar como “hombre malo al que querer”. Sí es cierto que en algunos momentos seguía el mismo patrón que Don, Tony, Frank y Walter y se movía únicamente por el egoísmo y el exceso de control, pero siempre terminaba enseñándonos su lado bueno. Salieron muchas series derivadas después de ‘House‘, como ‘Shark‘ o incluso la versión loca española, ‘Lex‘, pero la moda afortunadamente terminó y ahora en network disfrutamos de un personaje todavía más al límite, capaz de tambalear a todos los anteriores. Gracias a Dios por Hannibal Lecter.

En el inestable terreno de los psicópatas podríamos traer a colación a ‘Dexter‘ y a ‘Hannibal‘, pues los dos parecen representar al personaje que estamos intentando definir, pero no es verdad. Aunque se empeñaran, con éxito, en hacernos creer que iba a ser moralmente complejo identificarse con el personaje de Dexter, al final uno no puede dejar de pensar que, sí, el tipo es un psicópata retorcido y terrorífico, pero todos los tipos y tipas a los que se carga son muy mala gente. Así cualquiera. Ya entrando a analizar las motivaciones personales del personaje, en muchas ocasiones encuentro conductas comparables a la del resto de señores aquí tratados, pero en mi cabeza Dexter es un justiciero, un súper héroe inesperado. No me siento atraído por sus maldades, sino por su sentido de la justicia. Sin embargo, con Hannibal es otro cantar. Aunque se podría argumentar que estrictamente Hannibal no es el protagonista de la serie a la que da nombre, al menos podemos situarlo como uno de los dos protagonistas. Y la verdad es que es un sueño para este pequeñajo estudio. ‘Hannibal’ ejerce en nosotros el poder de empatía de los personajes arriba descritos y, además, la fascinación obscena de su malicia elegante y siniestra. Como un vampiro, sobrio, sexy y muy malvado. No es que aceptemos a Hannibal con sus momentos de calculada maldad, sino que queremos más. Queremos que Hannibal sea un súper malo y que nunca le pillen. Sabemos lo que va a llegar a ser en El silencio de los corderos y queremos ver el camino con todo lujo de detalles. Realmente Hannibal es una serie hecha para hacernos sentir mal en todos los aspectos. Y lo consigue maravillosamente.

¿Qué nos pasa, entonces, con todos estos hombres? ¿Estamos a la merced de la fascinación del poder y del triunfo del mal? Es curioso que en contraposición al cine, en el que Hollywood sigue imponiendo al héroe clásico (de perdedor a vencedor siempre ejerciendo el bien), la televisión siga explorando personajes cada vez más controvertidos. Y tampoco es que nosotros nos pongamos exquisitos y demandemos personajes más oscuros porque ya lo hemos visto todo, que también, sino que todos estos hombres de mala fe se han ganado el respeto y el cariño de masas de espectadores que luchan internamente entre lo que desde niños han (hemos) aprendido sobre lo que está bien y está mal y lo que estos personajes nos hacen sentir irremediablemente. Cuanto más cabrones se portan todos estos hombres, más nos gustan y más atraídos nos sentimos por ellos. ¿Es algo aspiracional? ¿Deseamos en el fondo hacer el mal? Posiblemente todos ellos representan ese demonio reprimido que llevamos dentro. Ellos, al igual que nosotros, tienen un angelito en un hombro y un satancito en el otro y mientras nosotros, automáticamente instruidos para hacer el bien, siempre anteponemos la moral a nuestros intereses propios, ellos dejan que sea el demonio quien lleve la voz cantante. Y triunfan. Bueno, al menos triunfan a corto plazo, que estamos hablando de libertad creativa pero al final no nos desprendemos de esa moral católica y en el último instante siempre llega la redención. Por supuesto estos personajes quedan relegados al género masculino. Aunque Claire Underwood juegue en la liga de su esposo, y por momentos parezca que pueda hacerle sombra, nada más lejos de la realidad. El camino de la mujer en la televisión siempre está varios peldaños por debajo. Vaya, en la televisión en la vida. América teme a la mujer mala.

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