La cuerda mágica

El autobús avanza lentamente entre los campos verdes. Medio dormido, Juan Antonio piensa en las tres o cuatro cosas que ayer no pudo terminar y que le están esperando en la oficina. Encima de su mesa. En su bandeja de entrada. En las miradas ausentes de sus compañeros.

Nunca pensó que acabaría trabajando como corrector en una revista francesa sobre fondos de inversión. Se sorprende, una vez más, pensando en los cambios que ha experimentado su vida y en lo distinta que es de lo que diez años atrás había imaginado que sería. Sin embargo, eso ya no le importa demasiado; la idea pasa por su cabeza sin cambiar nada ni dejar rastro. Quizá, se dice con pereza infinita, a estas alturas ya no cambia nada.

De vez en cuando, le invade la sensación de que lo mejor ya ha quedado atrás

Aún queda un rato para llegar al complejo ajardinado de edificios ultra modernos donde se encuentra su oficina. El sol le da en la cara, a través del cristal, y Juan Antonio, que no quiere pensar demasiado, se deja llevar y, poco a poco, se adormece.

De vez en cuando, en su vida diaria, le invade la sensación de que lo mejor ya ha quedado atrás – los años de universidad, la Erasmus en un país mediterráneo, la ausencia de responsabilidades, viajar, no estar preguntándose siempre qué será de él–, y ese es un pensamiento que le intranquiliza y que se le pega como una lapa en los malos días. Pero ahora, bajo el sol de la mañana, mientras su cabeza se acomoda entre el asiento y el cristal, se siente vagamente joven. Piensa en lagos y trenes. En ciudades que visitó alguna vez.

Justo cuando ya casi se ha quedado dormido, el autobús se balancea y, con un frenazo brusco, se detiene. El conductor maldice y Juan Antonio abre los ojos, sorprendido y molesto por lo que considera una interrupción intolerable de su pequeño descanso matinal. El resto de pasajeros han apartado sus periódicos o dejado en el regazo sus smartphones, e intentan vislumbrar qué pasa delante del vehículo.

Una canción de Shakira suena por la radio, y Juan Antonio se da cuenta, consternado, de lo alto que está el volumen. Fuera, se oyen gritos y risas. “Pero, ¿qué está pasando?”, pregunta una voz femenina desde el fondo del autobús, con un deje de ansiedad que no le pasa inadvertido a nadie y que recrudece ligeramente el ambiente.

Delante del autobús, en medio de la carretera, hay parados dos chicos que miran sonrientes hacia el vehículo. Por la cuneta, a los dos lados, grupos de jóvenes caminan lentamente, algunos de ellos con patinetes y gorras ladeadas.

La descarga musical ha despertado algo en Juan Antonio: ya ha vivido esa escena, pero desde el otro lado

Los dos chavales que bloquean el paso del autobús cogen cada uno un extremo de una cuerda, y se separan lentamente, tensándola hasta que cruza la carretera de un lado a otro. Después, instan al conductor a que acelere con sonrisas burlonas y gestos obscenos. El hombre, aferrado al volante, se inclina hacia adelante para intentar ver de qué material es la cuerda que bloquea el paso y, sin querer, mueve el control de la radio, que está al lado de la manilla del retrovisor, y sube el volumen de golpe.

La voz de Shakira recorre el autobús como un trueno y las cabezas de los oficinistas se estremecen; algunos se tapan los oídos, y la mujer de antes grita algo ininteligible que a Juan Antonio le hace agarrarse al asiento con aprensión. El conductor apaga la radio con un gesto brusco, y el silencio repentino provoca unos segundos de aturdimiento general.

Sin embargo, la descarga musical ha despertado algo en Juan Antonio: ya ha vivido esa escena, pero desde el otro lado, cuando tenía quince años. Él y sus amigos solían gastar la misma broma, la de la cuerda, a los conductores que pasaban por su barrio. ¿Cuántos años tenían entonces? ¿Doce, trece? Secretamente, se alegra de que las cosas no hayan cambiado tanto, después de todo.

Se inclina hacia delante y le dice al hombre que acelere, que en realidad no hay cuerda, que es todo mentira. El conductor tarda en reaccionar, pero al final asiente (es probable que no sea tampoco la primera vez que le pasa), y el autobús avanza poco a poco hasta que sobrepasa a los dos chicos, que ya no se ríen.

Juan Antonio se pega al cristal y mira al chaval que queda a su lado del autobús. Una gorra roja en la que hay escrito algo en inglés, un jersey negro varias tallas más grandes de lo normal, un piercing en la nariz. Al pasar, sus miradas se cruzan un segundo, y el chico levanta el dedo corazón y le dice algo a Juan Antonio, que frunce el ceño, confundido.

Hacía mucho que no le insultaban de forma tan gratuita, piensa con pena, y siente una gran simpatía por el chaval, por la inseguridad tan tremenda que esconde, en realidad, su gesto. Se pregunta qué hará ese chico, qué estudiará, qué cosas habrá o no en su futuro. Hoy, se dice, nos ha engañado a nosotros, pero quizá mañana el engañado sea él.

Ojalá siempre –eso sería un alivio, piensa Juan Antonio, eso le facilitaría mucho las cosas– tenga hacia dónde correr, y un refugio donde descansar y sentirse seguro, y a quien señalar y llamar cabronazo. Después, otra idea le asalta con fuerza: esto es un sálvese quien pueda. Preocúpate por ti mismo. ¿Acaso no has aprendido nada?

Juan Antonio, camino del trabajo, suspira, vuelve a recostarse y apoya la cabeza contra el cristal. Con suerte, aún le quedan quince minutos para dormir tranquilo, en paz con todo.

***

Foto de portada: Ladder Road (Foto: Tommy Scapes)

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