Prostitución del fútbol: Adidas y otros proxenetas

El fútbol de élite se ha ajustado a los nuevos tiempos adoptando una mal entendida modernidad que ha terminado por prostituir los valores tradicionales de un deporte que mantiene en vilo a millones de aficionados en favor de los intereses de unas pocas empresas y personas. ¿Hasta cuándo?

Hace unas semanas me llevaban los demonios tras conocer cómo será la segunda equipación del Real Madrid para la próxima temporada: cuando el blanco no quepa sobre el verde para evitar la confusión, su sustituto será el fucsia. ¡Rosa, nada menos! No se me malentienda: mi queja no es por que el rosa se relacione con algún tipo de femineidad o algo por el estilo. Nada que ver. La protesta viene porque, dejando al margen la estética de aparcacoches que deja el que será el nuevo chándal (ver foto más abajo), es un color que, como tantos otros antes (rojo, verde, naranja…), vuelve a prostituir la historia y la tradición de un club tan icónico e histórico como el Madrid. ¿Cuántos años hace que el Real no viste de morado como mandan, o mandaban, los cánones? ¿Cómo hemos llegado a un punto en que los aficionados de un equipo acuden a animar al estadio vestido, como alguna vez he presenciado, con los mismos colores del rival?

“Eso son cosas de las marcas, quien pone el dinero tiene derecho a decidir”, defienden algunos. No necesariamente, les rebato yo. Jamás puede tener más poder negociador Adidas, por más que sea una de las más grandes firmas de deporte a nivel global, que el club deportivo más importante del mundo, por mucho dinero que aquélla ponga sobre la mesa. El presidente del Real Madrid (y, ya hablaremos de eso, también el de otras entidades como la propia Federación española) está en la obligación de negociar, cuando no directamente plantarse (¿es que no hay más marcas?), para preservar los colores y la identidad de un equipo con más de un siglo de historia.

Dicen por ahí que cambiar de colores es empezar a perder. Yo, que no soy nada supersticioso, me niego a quedarme en un nivel de identificación tan superficial, pero reclamo el peso de la tradición y del acervo de valores que han creado una conciencia colectiva de identidad común para seguir perpetuando la historia y la iconografía de un club de tal tamaño e importancia. ¿Se imagina alguien a los Boston Celtics vistiendo de rosa? ¿Y a un aficionado de Los Angeles Lakers comprando una camiseta que no sea amarilla y morada? Y estamos hablando de Estados Unidos y la NBA, donde lo comercial impregna cada área del deporte desde su misma concepción…

Chándal rosa Real Madrid 2014-2015

Chándal rosa del Real Madrid previsto para la temporada 2014-2015

Cuidado, no se me confunda con un radical de lo clásico y tradicional; ni mucho menos soy de esos que reivindican las canteras por encima de todo. Doy las gracias a los milmillonarios contratos conseguidos por Florentino Pérez por haber permitido ver jugar en mi equipo a estrellas de la talla de Zidane, Beckham o los dos Ronaldos, pero dudo que este privilegio tenga que estar a la fuerza reñido con la defensa y conservación de unos principios casi sagrados para tantos madridistas.

Y aunque me haya cebado especialmente con el caso del Real Madrid (ojo, no he querido entrar en la aberración del dragón estampado previsto para sus camisetas de portero de la próxima campaña), esta violación de los colores llega más allá: sin ir más lejos, en el Mundial que se está jugando estos días en Brasil, podemos ver cómo España ha jugado con pantalones y medias rojos, como si fuera Portugal; o cómo Alemania lo ha tenido que hacer con blancos, como si fuera Inglaterra, por citar sólo los ejemplos más sangrantes que, ¿casualmente?, han sido diseñados por Adidas. Es cierto que la FIFA obliga, por influencia de las televisiones (¡como si fueran aún en blanco y negro!) a que un equipo juegue de “oscuro” y otro de “claro” pero ¿acaso no dejan la camiseta roja y los pantalones azul marino jugar de oscuro? ¿No cumple ese requisito Argentina sin que sus partes de arriba y de abajo tengan el mismo tono uniforme?

En cualquier caso, las camisetas no son lo único que se está prostituyendo en el fútbol de nuestros días. El dinero, como en tantos otros ámbitos de la vida, se ha convertido en el centro del universo balompédico hasta traicionar su espíritu y tradición populares. Veamos algunos ejemplos…

Las televisiones como prostíbulos

A colación de la eliminación de España (que no La Roja, como se la ha querido explotar comercialmente) en Brasil, podemos reivindicar la que ha sido traída como una de las posibles causas de la debacle mundialista: el agotamiento físico fruto de la sobredosis de partidos que trufan cada temporada futbolística. Por poner el ejemplo más representativo, y sin dar por sentado que ésta sea siquiera una de las razones de la eliminación, los jugadores de Atlético de Madrid y Real Madrid afrontaron entre agosto y mayo un total de 63 y 62 partidos (sin contar los de Selección), respectivamente, antes de llegar al Mundial con apenas una semana de descanso.

El poder y la avaricia sin límites de las televisiones, y he aquí otro de los grandes males derivados del dogma “los que pagan mandan”, ha generado una cada vez mayor sobreexplotación del calendario que, en el caso de muchos equipos, supone la disputa de un partido cada tres o cuatro días durante meses, lo que muchas veces merma sin duda el rendimiento de los deportistas y, por tanto, el espectáculo a su más alto nivel.

Partidos, partidos y partidos… Ni una semana sin fútbol, parecen exigir las televisiones. Sólo así se explica la creación de incomprensibles e injustos inventos como, por citar un ejemplo muy vigente estos días, los playoffs de ascenso a la Liga BBVA (sí, así es como se llama ahora a la Primera División española, con el nombre de un banco): fruto de esa sobreexposición del fútbol, la Liga de Fútbol Profesional (LFP) organiza esta minicompetición entre los cuatro equipos han quedado por debajo de los dos puestos de ascenso directo a la división de oro; ¿se advierte lo injusto de estos playoff? Si, por ejemplo, hoy acabara promocionando el Córdoba (el destino no lo quiera, ¡vamos UD!), acabaría subiendo ¡el séptimo clasificado en la liga regular de Segunda división!; mientras que el tercero (el cuarto, en realidad, porque el Barcelona B no puede subir por ser filial de un equipo de Primera) se ve abocado, con cara de tonto, a seguir un año más en la categoría de plata a pesar de haber sacado cuatro puntos más. ¿No sentís la furia de Temis cargando sobre Jaume Roures y toda su banda?

El despotismo de las marcas

Y así todo. Como el dinero manda, tenemos que asistir impotentes a una suerte de despotismo de “todo para los aficionados, pero sin los aficionados”; la prioridad se centra en todo momento en el interés de marcas y televisiones por encima del de los seguidores. Más ejemplos: giras recaudatorias de pretemporada que roban todo el foco a los trofeos veraniegos de toda la vida; nuevos himnos que buscan ser más comerciales que los ya existentes; competiciones que se encargan a países con más dinero que tradición futbolística; miles y miles de entradas para grandes eventos que dejan de ofrecerse a socios y abonados en favor de organizadores y patrocinadores; horarios de partidos que se organizan teniendo más en cuenta a los niños de China y Japón que a los que viven en España…

Y así un sinfín de señales que nos indican que la gallina de los huevos de oro del fútbol está siendo exprimida por encima de sus posibilidades y de la que cabe esperar, en un plazo no demasiado largo, el día en que muera de extenuación.

Patrocinadores UEFA Champions LEague

Personalmente, me niego a pensar que hayamos llegado a un punto de no retorno y que esto no vaya a hacer más que avanzar en esta misma dirección. Si algo nos ha enseñado esta última crisis (a pesar de que algunos no hayan sacado lección alguna) es que nada puede crecer hasta el infinito; ni el PIB de un estado, ni el poder adquisitivo de una familia, ni la capacidad financiera de un club de fútbol: ahí están las deudas que se han cargado ya a un buen número de equipos y están a punto de cargarse a tantos otros…

El fútbol español, cuando no todo el deporte a nivel global, tiene que darse cuenta de que no puede seguir prostituyéndose eternamente y de que aún está a tiempo de dejar las calles y volver bajo el paraguas de su núcleo familiar, el de unos aficionados que, en última instancia, son los que de verdad sostienen, con su pasión y su apoyo (y sus cuotas), su razón de ser e incluso, si quieren, también su ya de por sí suculento negocio.

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