Reflexiones a propósito de Trascendence

La primera película de Wally Pfister como director es interesante en nuestro contexto no tanto por su valor cinematográfico como por las preguntas que plantea, por eso aquí nos centraremos en lo segundo. Mientras que el argumento y desarrollo de la cinta se mueven en la comodidad de la repetición de fórmulas utilizadas mil y una veces, el fondo de la cuestión pone sobre la mesa algunos temas incómodos que pueden servir para resucitar una ciencia ficción distópica que últimamente parecía tomada en el cine por las adaptaciones de literatura juvenil. Eso es un mérito y un avance que esperemos que su amigo Nolan culmine con su esperada Interstellar.

Cuando la inteligencia artificial o, dicho de otro modo, los ordenadores cabrones han tomado históricamente la pantalla de cine, lo habitual ha sido mostrarnos a unas máquinas despiadadas que se vuelven contra sus creadores (Terminator, 2001, etc.). En el caso de Trascendence la pregunta es más audaz y adecuada al presente. Tenemos por un lado grandes empresas tecnológicas desarrollando aparatos cada vez más sofisticados y siguiendo líneas de investigación que recuerdan demasiado a la ciencia ficción de hace unas décadas. Más allá de que con nuestro uso de esos productos estamos dando una aprobación tácita a estas líneas de investigación, poco podemos decir al respecto porque están haciendo uso de su capacidad y libertad para innovar. Evidentemente es algo legal, ¿pero es ético? ¿No tiene algo que decir la sociedad sobre la pinta que debería tener nuestro futuro? Ya no es solo la bondad o maldad de ese ordenador inteligente lo que nos tiene que preocupar, sino la ética de las empresas que están detrás del desarrollo tecnológico. ¿Son buenas sus intenciones? Y, sobre todo, ¿tendríamos margen de maniobra si no lo fueran?

Esta primera pregunta, que podría sonar conspiranoica, tiene muchísima relevancia en el momento en el que vivimos. No digo que Google, Apple o Facebook no tengan las mejores intenciones y el deseo íntimo y profundo de hacer del mundo un lugar mejor, pero sorprende la falta de voces críticas ante el oligopolio del diseño de nuestro futuro. El protagonista de Trascendence, interpretado por Johnny Depp, responde a ese perfil de gurú tecnológico con una visión del mundo a la que pretende que nos sumemos.  Aquí las voces discordantes aparecen torpemente dibujadas como una suerte de grupo terrorista tecnófobo al que en ningún momento se le otorga un discurso propio con el que contestar al protagonista. Ese papel, aunque con matices, se reserva al personaje del colega investigador (Paul Bettany) que defiende un desarrollo más prudente de la tecnología, y que nos lleva a la siguiente gran pregunta planteada en la película y que tiene que ver con la cuestión de la inteligencia artificial propiamente dicha.

Al volver a poner Trascendence sobre la mesa al clásico ordenador inteligente superpoderoso y actualizar así uno de los grandes temas de la ciencia ficción, de lo primero que nos damos cuenta es de lo que hemos evolucionado en unas décadas. Internet y las telecomunicaciones han entrado (y lo que queda) en cada vez más aspectos de la vida y hoy un apagón de internet de un solo día tendría unas consecuencias tremendas. En un contexto así, la creación de una inteligencia artificial tiene unas implicaciones que habían sido poco exploradas. Tenemos un cerebro que puede servirse de toda la información de internet sin las limitaciones espaciotemporales con las que convivimos los humanos. Si en Her se planteaba que una inteligencia artificial acabaría encontrando a los seres humanos aburridos por nuestras limitaciones (pero mostrándolo siempre desde la perspectiva del humano), Trascendence se centra en el potencial creador de una inteligencia como esta. La propia película apunta una de las claves de la relación humano-máquina en este tipo de dilema. Ya no estaríamos creando a un niño-robot como en la Inteligencia Artificial de Spielberg, sino que seríamos conscientes desde el principio de estar creando una inteligencia exponencialmente más potente que nosotros mismos. Como se apunta al principio de la peli, estaríamos creando un dios y con él, estaríamos cediendo conscientemente nuestra posición en la cúspide de la inteligencia en la tierra.

Y aunque pueda dar miedo y nuestra reacción sea de instantánea oposición, el dilema no tiene una solución fácil. Si, conscientes de nuestras limitaciones como somos, pudiéramos desarrollar algo que las excediera y pudiera dar solución, pongamos, al cambio climático ¿nos negaríamos? Nuestro miedo reside en la posibilidad de ceder nuestro control sobre los grandes asuntos y ceder nuestro monopolio sobre las grandes transformaciones de nuestro planeta. Lo que nos da miedo no es el poder de la máquina, sino su autonomía, que daría capacidad a este ente de decidir si somos útiles o no para sus propósitos, independientemente de que estos sean buenos o malos. No es una cuestión de relación humano-máquina, es una cuestión de poder.

Lo que dije de Trascendence

Trascendence tiene todo lo que le pido a un blockbuster y un poco más: ciencia ficción con planteamientos interesantes, recuerdos del querido Frankenstein, un poco de paranoia antitecnológica y un discurso que parece que dispara contra la panda de gurús mesiánico-tecnológicos que nos han invadido recientemente y que pretenden dominar el mundo a base de TED Talks. Por todo eso y más Trascendence me pone como una moto, pero como la crítica la ha despedazado sin piedad no puedo emocionarme demasiado.

La crítica tiene razones de sobra para despellejarla porque su desarrollo es de libro de texto y provoca menos emoción que ver el proceso de cocción de unos macarrones, pero las acusaciones de ser tecnófoba y nosecuantas cosas más son una soberana tontería. El final es justo lo contrario de tecnófobo y el desarrollo no lo es ni más ni menos que cualquier otra película con ordenador cabrón que hayas podido ver hasta ahora. Lo que pasa es que ahora vivimos en un momento en el que cualquier voz crítica con el progreso tecnológico suena tan discordante con el dogma de nuestro tiempo que suena como las blasfemias en 1713.

El principal riesgo al que se enfrenta es que puede ser una memez de campeonato. Quiero decir, que el planteamiento consista únicamente en lo que muestra el tráiler y que el grueso de la película sea el ordenador malvado haciendo cosas malvadas sin parar para desarrollar su maléfico plan. A una peli como esta que va a contracorriente (parece que después de unos años de distopías el cine ha hecho suyo el mantra de que tecnología=progreso) hay que obligarla a que vaya un poquito más allá y reflexione sobre el tema, aunque sea superficialmente, que sé que estamos hablando de Hollywood.

Ni lo uno ni lo otro. Lo mejor que tiene es que juega con la duda de saber si el ordenador está completamente pirado o los malos son unos exagerados con mucho miedo a lo desconocido. La resolución del dilema es de lo más chusco, pero al menos el camino es lo más entretenido de la peli. Eso sí, subversiva no es, eso ya os lo adelanto.

¿Qué gafas me llevo?

trascendence-grafico-prejuicioso

Entonces, ¿voy a verla?

Si no te gusta la ciencia ficción y tu interés residía en ver a Johnny Depp, entonces lo mejor será que te alquiles Piratas del Caribe o el título de Tim Burton que más rabia te de, porque Depp está aquí contenido (incluso soso) como no le habíamos visto en muchísimo tiempo. Si por el contrario lo que te atrae es la ciencia ficción, entonces puede que la disfrutes, porque pese a sus enormes lagunas y lugares comunes tiene un trasfondo más interesante que la mayoría de títulos hollywoodienses del género de los últimos años.

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