Entrevista completa a Luis Montes

Retratos. Luis Montes: “Todos sabemos cómo queremos morir”

Al  final de La muerte de Iván Ilich, Tolstói escribe:

“«¡Qué bien y qué sencillo! -pensó-. ¿Y el dolor? -se preguntó-. ¿A dónde se ha ido? Eh, dolor, ¿dónde estás?»
Y prestó atención.
«Sí, allí está. Bueno, que venga.»
«Y la muerte. ¿Dónde está?»
Buscaba ese temor a la muerte que le había acompañado toda su vida y no lo encontró. ¿Dónde estaba? ¿Qué muerte era esa? Ya no albergaba ningún temor porque la muerte no existía.
En su lugar había surgido una luz.
-¡Entonces es así! -exclamó de pronto en voz alta-. ¡Qué alegría!
Todo sucedió en un instante, pero el significado de ese instante ya no cambió más”.

¿Andaba muy desencaminado a la hora de enfocar el proceso de la muerte?

Yo he leído La muerte de Iván Ilich varias veces y, aparte de cómo termine, lo importante es el contenido del libro. En la novela aparece lo que está ocurriendo en la actualidad: el pacto de silencio con la muerte. Es la historia de un magistrado al que le diagnostican un proceso terminal y ahí se instaura un pacto de silencio con todo su entorno: su mujer, sus amigos… No hablan de la muerte. Es una meditación interna. Hay tres personajes a su alrededor: la mujer, sus amigos y un siervo que tiene. Las mejores conversaciones las tiene con su siervo, porque la mujer sigue el pacto de silencio y no habla de la muerte y los amigos tampoco. Él lo va intuyendo porque la mujer tiene con él más ternura que antes y los amigos que no le visitaban le vienen a visitar. Eso le hace reflexionar sobre la incomunicación y la despedida.

El libro plantea una situación  terrible: tú y todo el mundo sabéis que te vas a morir, pero no se habla de la muerte. En definitiva, Iván Ilich muere en la incomunicación y el abandono, en una situación terrible. Eso es lo que el libro plantea. En la situación actual seguimos comportándonos igual: sin comunicación, sin hablar de la muerte, sin ser los protagonistas en ese final, sin finalizar asignaturas pendientes. Se trata de ser tú el protagonista, sabiendo que el proceso es irreversible. Difícilmente Iván Ilich, igual que el ciudadano actual, puede tener una buena muerte cuando no existe la comunicación ni la despedida. La toma de decisiones siempre se deja en manos de terceros.

Se produce una situación de vuelta a la minoría de edad.

Eso se hace desde una postura paternalista. Todo tu entorno, desde el círculo más íntimo que es la familia, desarrolla el modo de actuar de la sociedad en todas las relaciones: el paternalismo. Con el enfermo que camina hacia la muerte existe la mentira piadosa. “No vamos a hablar de este tema porque, con lo frágil que está, lo vamos a hundir”. Así no existe la comunicación, esa es la terrible situación.

¿Llegaríamos a una muerte más feliz si fuéramos más conscientes de ella?

Hay que partir de la base de que, en el bien más graciable que tenemos que es la vida, la muerte es de las pocas verdades absolutas que existen. Sin embargo, en esta sociedad de consumo, la muerte no se consume y, por lo tanto, no se habla de ella. Se corre un estúpido velo y “esto aquí no va a ocurrir nunca”.

Tenemos que romper eso, hacerla algo cotidiano y tenerla medianamente planificada. Porque luego todos sabemos cómo queremos morirnos. Todos. La muerte es inevitable y, por lo tanto, se trata de que sea un tránsito los más rápido posible, con el mínimo sufrimiento y que hayas realizado más o menos tu biografía. Eso está interrumpido desde los orígenes en la sociedad actual. Al no hablar de la muerte, no se produce ningún planteamiento y dejamos la determinación en manos de terceros. Entras en lo que tú has dicho y parece como si fuéramos oligofrénicos profundos: me dejo conducir, no tomo las decisiones, no se habla del tema y tira millas.

¿Qué significa morir bien?

La buena muerte tiene que ser, en primer lugar, inevitable -cualquier muerte evitable no querida no es buena, a menos que sea una muerte voluntaria, una muerte a petición-, que curse con prontitud –no podemos estar ya con la muerte presente y en agonía larguísima e intenso sufrimiento-, que nosotros la protagonicemos -que decidamos quién nos va a acompañar, que sea en la intimidad y que se respeten nuestros valores- y que sea asumiendo que forma parte de la vida, que tenemos que finalizarla. Porque la vamos a finalizar todos.

¿Cómo morimos hoy en España?

Muy mal. Morimos muy mal porque no hemos planificado la muerte. Cuando nos llega, es como una sorpresa y nos superan los acontecimientos. Si yo quiero que se respeten mis valores supone una pelea y, al final, me muero bien o mal dependiendo de la relación médico-paciente que tenga con el médico que me toque, dependiendo de la sensibilidad de ese médico. Y ahí el abanico es amplísimo. Depende de esa relación de confianza y de colaboración por las dos partes y de oír al protagonista. El protagonista no son los médicos o el sistema sanitario, es el moribundo, el ciudadano.

¿Qué diferencia hay entre muerte digna o buena muerte, sedación terminal, eutanasia, suicidio asistido…?

El poder dominante intenta hacer este debate, que está abierto en la sociedad, lo más complicado posible. Buena muerte, muerte digna, eutanasia activa o pasiva, directa o indirecta, voluntaria o involuntaria, eugenesia, distanasia, cacotanasia… Los ciudadanos nos hemos perdido por el camino.

Al final de la vida ocurren tres situaciones en la relación médico-paciente: que se permita morir pacíficamente, ayudar a morir y facilitar la muerte. Esas son las tres situaciones, sin ponerles apellidos. Luego sí, para aclarar las diferencias entre eutanasia y suicidio asistido, habrá que definirlos, pero vamos a entrar en esas tres situaciones.

Cualquier ciudadano puede entrar en una situación aguda de enfermedad que le lleve a un proceso terminal. Siempre se acude a un servicio sanitario y se le presta un derecho que tiene, que es el derecho a auxilio. Se toman una serie de medidas para recuperar el equilibrio de salud. Pero si este no se recupera y seguimos con los mismos tratamientos de sostén vital, lo único que estamos haciendo es no permitir la muerte, alargar la vida del paciente por tiempo determinado y corto. Solo conseguimos alargar el sufrimiento del ciudadano y de su entorno, de sus familiares.

Unas buenas prácticas médicas serían no limitar el auxilio terapéutico pero, una vez llegado a un diagnóstico de irreversibilidad, retirar las medidas que se han iniciado e, incluso, en situaciones agudas, si la primera atención ha tardado un tiempo y se sospecha que van a quedar lesiones irreversibles, omitir cualquier medida terapéutica. Eso es permitir la muerte. La muerte ha llegado y no debemos, si tenemos claros los signos de irrecuperabilidad, tratar de mantener una vida.

Por otro lado está ayudar a morir en una situación de terminalidad, en la que el último periodo de la vida es de agonía. La agonía puede ser pacífica y corta. En esas ocasiones es un apagamiento sin grandes síntomas en el que se acaba la vida, pero eso ocurre las menos veces. La mayoría de las veces, los síntomas y signos de la muerte cursan con un intenso sufrimiento. Si el paciente está consciente, lo sufre con agitación y angustia. Si, además, los síntomas del proceso que lo van a llevar a la muerte así lo producen, se da un aumento del trabajo respiratorio, disnea, dolor, vómitos… Ayudar a morir es tratar esos síntomas. Un tratamiento que puede llevar al paciente a dormir profundamente hay que hacerlo. Eso son buenas prácticas médicas.

Y facilitar la muerte es ofrecer a esos ciudadanos que tienen un proceso de enfermedad la muerte voluntaria, porque todos los ciudadanos estamos por la vida y si deseamos la muerte es porque el bien graciable de la vida se ha convertido en un mal indeseable y queremos apearnos. Se trata de pedir ayuda para finalizar la vida. Estoy pensando en el caso de Ramón Sampedro, en el que la muerte no estaba cercana, pero sí el sufrimiento intenso de la vida y la petición de ayuda. Facilitar la muerte es, como diría Ramón Sampedro, esa mano amiga que procura los medios y que ayuda.

La diferencia entre eutanasia activa y suicidio asistido es lo que hace la mano amiga, que a nivel legal es el colaborador necesario. En la eutanasia activa el colaborador necesario da directamente la muerte solicitada reiteradamente en un contexto de intenso sufrimiento físico-psíquico. La motivación principal del colaborador necesario es altruista, de justicia, solidaria, de amor con el otro ciudadano ante el intenso sufrimiento. En el suicidio asistido, le procura los medios necesarios para que el propio ciudadano se dé la muerte. 

Hablaba de la irreversibilidad. Supongo que habrá quien diga que siempre hay casos de recuperación tras situaciones muy críticas. ¿Qué respuesta da a eso?

Entonces, estaba mal diagnosticado. La irreversibilidad es la irreversibilidad. La terminalidad es la terminalidad. Hay errores diagnósticos, pero son los mínimos. Cuando tienes síntomas de intenso sufrimiento, los tienes y, si además son provocados por un cáncer de pulmón, sabes que va a ser un fallo respiratorio agudo el que te va a conducir a la muerte y que estás ya en él. Eso es irreversible.

La conciencia ingenua cree en los milagros, la conciencia científica no. Claro, la medicina está basada en la incertidumbre, porque si no estaríamos en el medioevo, pero el conocimiento es lo que hace avanzar la sociedad. Está basado en la incertidumbre, pero hay certezas. Las certezas son la irreversibilidad, la terminalidad de los cuadros que te van a conducir de una forma clara a la muerte.

Y en casos de errores diagnósticos, ¿cómo se puede luchar contra ello en situaciones tan irreversibles como una decisión de este tipo?

Hay un tanto por ciento, pero es mínimo y el tratamiento es tan importante para evitar el sufrimiento, que no ha lugar al error diagnóstico. No ha lugar.

Decía que la decisión debe expresarse de forma reiterada, porque todos podemos tener en un momento dado una situación de desesperación, de no aguantar más y luego cambiar de idea. ¿Cuál cree que debe ser el protocolo para asegurarse de que esa persona ha tomado la decisión de forma consciente y que no tiene marcha atrás?

La petición es muy sencilla. No hace falta rellenar un impreso de dieciséis casillas. Es tan sencilla que el enfermo dice “no puedo más, estoy agotadito. Esto no lo soporto más. Me vas a ayudar, ¿verdad?”. La petición se la sueles hacer a tu familia o a tu médico. La reiteración es decirle “bien, vamos a pensarlo. Lo hablamos, nos lo tomamos con tranquilidad”. Cuando tú tienes la siguiente visita, que puede ser una semana después, y lo primero que te dice el paciente es “¿Hemos pensado? ¿Me vas a ayudar?” Eso es la reiteración.

Es difícil, porque estamos en procesos terminales cuyo pronóstico de vida es corto, cuestión de meses. Es la petición necesaria de ayuda: “Ya no puedo más, me deseo apear de esta vida”. No estamos hablando de un proceso terminal que tuviera una recuperabilidad y nos hemos equivocado. No es que lo visitemos dentro de cinco años y digamos “qué bien, qué decisión más acertada”. Esa decisión va a conducir a una muerte terrible.

¿Y en casos como el de Ramón Sampedro, en los que sí existe sufrimiento pero la muerte no es cercana?

Hace unos meses, en las redes se planteó una polémica durísima, sobre todo por parte de las redes provida, por una autorización en Bélgica a un transexual que, desde que había cambiado de sexo estaba en una situación de intenso sufrimiento psíquico. Él pidió entrar en protocolo de muerte voluntaria. En Bélgica, el que autoriza la muerte voluntaria no es el médico, sino la justicia, la fiscalía. El médico lo que hace es tramitar la petición y la fiscalía envía a otro médico que corrobora que esa petición es reiterada y seria y que está en intenso sufrimiento. Entonces, la fiscalía lo autoriza. En un estado de derecho, el protocolo es ese. Existe una defensa de los derechos de los ciudadanos para que no haya abusos, pero la petición y el derecho son de los ciudadanos.

¿Qué es el encarnizamiento terapéutico?

Encarnizamiento terapéutico es no permitir la muerte. Es la utilización de tratamientos de sostén vital que lo único que hacen es alargar el sufrimiento. Son fútiles y desproporcionados respecto al beneficio que producen. Eso es, así de sencillito.

¿Qué es lo primero que piensa cuando escucha el nombre de Hospital Severo Ochoa?

En mucho cariño. En el Hospital Severo Ochoa he desarrollado mi vida profesional, fui de los primeros médicos que abrieron el hospital y estoy trabajando desde el 14 de noviembre de 1986. Es un honor haber trabajado en ese hospital, haber trabajado en el área 9 y haber conocido y tener tantos amigos en Leganés. Eso me produce una intensa satisfacción.

¿Cómo ha cambiado el hospital desde mayo de 2005 hasta su jubilación?

 Al Hospital Severo Ochoa se le ha tratado muy mal, pero muy mal, desde el enfrentamiento. A nivel de los medios, no sólo yo he sido el protagonista por ser la causa inicial de la acusación, la falacia de los cuatrocientos homicidios. El enfrentamiento fue de una radicalidad potente en el hospital por parte de todos los estamentos y de todos los ciudadanos del área 9. Lo han tratado con la soberbia y la inquina con la que trata la derecha de este país, como diciendo “os vais a enterar”: cambio de médicos y de enfermeras, medidas de presión y de miedo a todos los trabajadores que defendían el hospital, nombramiento de nuevos jefes de servicio de confesionalidad clara -estoy hablando del Opus Dei y militancia activa en el PP- y no implementación de mejoras de servicio, sino al revés, recortes.

Y a los ciudadanos de Leganés también, porque el conflicto fue una barbaridad por su intensidad. Al no existir ninguna unidad de cuidados paliativos en el área que atendíamos, que eran los 390.000 habitantes de Leganés y Fuenlabrada, y por la difícil derivación a hospitales crónicos, moría mucha gente en urgencias. En ese contexto, que tú oigas en una rueda de prensa al jefe de todo el servicio sanitario de Madrid que en las urgencias de un hospital público, el Severo Ochoa, se han cometido 400 asesinatos por razones económicas es un torpedo a la línea de flotación de la relación de confianza médico-paciente para cualquier ciudadano de Leganés-Fuenlabrada que se haya muerto su padre en urgencias. Se genera desconfianza y temor, lleva a pensar cosas como que “mi padre no se tenía que haber muerto”.

Ellos no esperaban un apoyo de la población y el resultado fue todo lo contrario: a los diez días hubo una manifestación inmensa de apoyo al hospital. Porque, para todos los ciudadanos de Leganés, la apertura del Hospital Severo Ochoa había sido una lucha permanente con manifestaciones, cortes de carretera, presiones, detenciones, multas… Y la población de Leganés quiere a ese hospital, lo considera como algo suyo. Y como no admitió, se convirtió en otra de los protagonistas del castigo.

Y usted, ¿qué se ha dejado en el camino en estos años?

¿Personalmente? No me he dejado nada. Será soberbio lo que voy a decir, pero yo me considero un barón del hospital y me he dejado muchas horas en el hospital, mucho cariño y mucho trabajo en él. El conflicto fue duro, pero nosotros lo teníamos claro desde el principio: esto es otra cortina de humo para tirar otro torpedo a la línea de flotación de la sanidad pública. Romper la relación de confianza médico-paciente es un torpedo a la sanidad pública. El mensaje subliminal era “esto pasa porque es sanidad pública”.

Yo creo que la lucha heroica, esa es la palabra, heroica, del Severo Ochoa, abrió el movimiento de las mareas, de lo cual me siento muy orgulloso, y ha abierto el debate de la disponibilidad de la propia vida en este país. Han abierto el melón y se lo van a comer, y también me siento orgulloso de darles varias rodajitas de ese melón para que se lo coman. Por tanto, no es que me haya dejado nada. Me he dejado esfuerzo, trabajo, mucha compensación de cariño y de amigos. No estoy sublimando, es que lo he vivido así.

Una vez demostrada su inocencia, ¿la justicia ha sido capaz de reparar lo que tanto usted como el resto de sus compañeros del servicio de urgencias pasó durante aquella época?

La Justicia, como estamento, no tiene que reparar nada. La Justicia hizo lo que tenía que hacer: archivar la causa y, cuando nosotros recurrimos, retirar del auto de archivo que en el Severo Ochoa hubo malas prácticas médicas.

¿A nivel político? Me reitero: con la soberbia y la falta de humildad de esta gentuza, porque no tiene otra palabra, no se nos ocurría que fueran a pedir perdón; no ya que hubiera dimisiones, que dijeran “nos hemos equivocado”. Esta gente no se equivoca nunca. Nunca.

Estamos donde estamos. Lo que me extraña es que están, pero además con mayoría absoluta. Eso es lo preocupante: que no pidan perdón, bueno, pero que encima tengan mayoría absoluta, es inadmisible. No entiendo el infantilismo social en el que vivimos. Pero reparaciones no esperábamos. Al revés.

Habla de que aquello se produjo porque el Severo Ochoa era un hospital público. ¿A qué reflexión llegasteis cuando os preguntabais “por qué nos pasa esto a nosotros”?

Esto ocurrió en 2005, así que hemos tenido nueve años para reflexionar. Y además muy implicados en esa reflexión. Nosotros llegamos a tres conclusiones bastantes simples. Esto responde a una estructura ideológica, política y económica.

Vamos a empezar por la ideológica. En 2004, el PSOE tenía en su programa abrir el debate sobre la disponibilidad de la propia vida, despenalizar la eutanasia y el suicidio asistido. A finales de ese año y principios de 2005, se había intensificado el debate, que había tenido un pico importante con la muerte de Ramón Sampedro. Pero además habían ocurrido dos hechos relevantes: primero, una película que ya tuvo bastante debate en Estados Unidos y que llegó aquí con debate, Million Dollar Baby; y aún más importante fue la película de Amenábar Mar adentro.

También, se habían producido unas declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno diciendo que en esa legislatura no tocaba hablar de la eutanasia. Nuestro análisis es que ellos no aceptaron nunca la pérdida del poder y, desde el primer momento, estuvieron de francotiradores en las azoteas contra lo que se movía. La ideología dominante, sobre todo la iglesia a través del poder político, no quería abrir el debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido.

Esa es una de las razones. Otra, quizás la más importante, es la económica: ellos tenían ya implementado un plan de privatización. Habían empezado a derivar con conciertos -a capitalizar la empresa privada con derivación de enfermos- y había salido ya el modelo de la Comunidad Valenciana. Esperanza Aguirre, estaba claro, quería reproducirlo con las opciones de lucro que conlleva la privatización y el consumo sanitario.

Cuando surge esto, ellos hacen una campaña mediática intensa: desde marzo hasta agosto no se hablaba en las primeras páginas más que de homicidios, de las comisiones de investigación, de sedaciones excesivas e irregulares, de los no consentimientos informados, las irregularidades administrativas… En ese tiempo se cedió suelo público y se inició la construcción de los ocho hospitales que han querido privatizar. Primero, con un modelo de concesión de obra y, después, de concesión administrativa para la explotación -algunos siendo todavía de propiedad pública y otros siendo directamente, como el de Valdemoro y el futuro de Torrejón, totalmente privados-. Bueno, pues los ciudadanos madrileños no hablamos de ese tema nunca. Salían las concesiones administrativas, nos fuimos enterando y los ciudadanos no discutimos el modelo.

Y, a nivel político, siempre se acusó al Severo Ochoa de ser un hospital que había sido abierto en tiempos del PSOE, que era un hospital progresista, un hospital de rojos… Política de desgaste. Cumplieron sus objetivos. Esta gente no falla. Los que fallamos somos los ciudadanos, que nos dejamos engañar. ¿Por intereses? Cada uno sabrá…

La mayor parte de sus compañeros se marchó del hospital, unos porque no les quedaba más remedio y otros porque prefirieron, cuando se les presentó la oportunidad, abandonar una situación de presión. Pero usted decidió quedarse. ¿Por qué?

Yo no tenía otro remedio. No soy rico de familia y tenía plaza como funcionario. Ellos abrieron un expediente administrativo pero, cuando la Justicia archiva la causa, ésta queda por encima y yo me tuve que incorporar desde el día siguiente a mi puesto de trabajo. Tuvieron que tragarse el expediente administrativo. Desde entonces he trabajado.

¿Cómo ha sido ese tránsito durante estos nueve años en el hospital?

Difícil, porque al hospital se le ha castigado mucho y ver el deterioro progresivo por no implementación, el engaño permanente, la derivación cada vez mayor, la no inversión en tecnología… Es un poco penoso. Pero, como digo, no tenía otra manera de subsistir. Ni iba a pedir el traslado de hospital ni me iba a poner a trabajar en la privada, que no lo he hecho nunca. Había que estar allí hasta que llegara mi jubilación, que ha llegado el 10 de mayo.

¿En qué situación quedaron sus compañeros?

La plantilla de los servicios de urgencias no es como otros servicios, no están jerarquizados -había gente que tenía plaza de interino- y la mayoría de la plantilla tenía contratos basura – renovables cada tres o seis meses-. Ellos decidieron no renovar a la gente que había trabajado conmigo y nombraron a un coordinador de urgencias y jefe de intensivos, claramente para destrozar todo lo que se había implementado. Y bueno… Se han buscado la vida.

Hablábamos de cómo ha evolucionado el Hospital Severo Ochoa en estos nueve años. ¿Cómo ha evolucionado la sanidad pública madrileña en general?

Pues eso lo habéis vivido: es un acoso y derribo. Lo público para ellos es el demonio, público igual a mierda. Un servicio envidiable y prestigioso a nivel internacional, como era el servicio público de salud español, ha sido acotado al no implementar las necesidades que había, derivando pacientes a la privada… Vivimos en una sociedad de libre mercado y yo entiendo que cualquier emprendedor tiene que plantearse su vida, pero si quiere empezar a trabajar y a lucrarse con la sanidad lo primero que tiene que hacer es comprar un solar, construir un hospital, planificarlo con la plantilla que cree necesaria, ofertar una cartera de servicios y abrirlo al mercado: “esto es lo que ofertamos”.

No, el proceso aquí ha sido: abrimos una pequeña ‘cliniquita’, montamos un escáner o tres ecógrafos; la clientela nos la manda la Consejería y lo tenemos a rendimiento mañana, tarde y noche; vamos acumulando capital, ya compramos el piso de al lado; metemos tres ecógrafos más, seguimos derivando; ya compramos el bloque… Y todo con dinero público, sin inversión de ningún tipo.

Eso es lo que ha pasado en los hospitales: hacemos una concesión, lo que significa  que ellos ponen el dinero para construir un hospital. Como en las autopistas, hacemos un contrato a 30 años -prorrogable- y un hospital que vale 700 millones nos sale por 3.500. En esos 20 años, han multiplicado el capital un 500% sin ningún riesgo porque es por contrato y, además, al que se haga cargo de los servicios médicos, le damos las ecografías de una población que no puede ir a otra parte: “tienen que ir ustedes ahí”. Luego, “por cada acta médica que hagan, les doy a ustedes 458 euros; si tienen pérdidas se lo subo a 550; y si ustedes dicen que no llegan, a 780”. Eso no es capital riesgo de ningún modo, es acumulación. Y eso es lo que está pasando, se van a cargar el sistema sanitario público porque la sanidad ha entrado en el mercado y en la opción de negocio. Es un producto del que van a sacar mucha plusvalía, fíjate, se van a enriquecer.

Frente a esta situación, la sanidad pública se movilizó con la Marea Blanca y recibió críticas por no haberlo hecho hasta que afectaba a los profesionales personalmente…

Eso es desprestigiar, pero es honesto. Tú te movilizas, como los de CocaCola, cuando te dicen que van a hacer un ERE. La protesta es lícita. Los que tienen ánimo de lucro son ellos, los que hacen el ERE, no los que se movilizan. Es como devolver la pelota: “mira estos, ahora se movilizan por motivaciones egoístas e insolidarias”. No, el egoísta e insolidario eres tú, que estás planificando este desastre, los demás se están defendiendo heroicamente. Contra la pregunta, no cabe contestación. Es lo que hay que hacer.

¿La sanidad pública queda a salvo con las últimas sentencias?

No. Esta gente no se equivoca nunca. Seguirán derivando dinero público y esperarán otra coyuntura. En otra coyuntura dirán: “Hay que reflotar otra vez a los bancos, hay que meter 80.000 millones para que el sistema financiero tire para adelante. Por eso, tiene que haber más recortes. No podemos mantener unos servicios públicos y unos servicios de pensiones”. Nos harán votar entre sanidad y pensiones, votaremos pensiones y se ha acabado la sanidad. Esta gente es así de mala, y lo va a hacer con el voto de la ciudadanía. El sistema impositivo, que es el que mantiene los servicios públicos, está enriqueciendo a los bancos, sufragando la desproporción que fue la burbuja inmobiliaria, el proceso de acumulación capitalista bestial que es la crisis. Es un proceso de enriquecimiento no por burbuja, sino por recortes. Esto es lo que va a ocurrir.

Espero que los ciudadanos sigamos resistiendo y oponiéndonos y que les lleve un coste como el que supuso la eliminación del mejor servicio público que había: el inglés, por parte de la señora Thatcher, de cuatro legislaturas de pérdida de poder, hasta que ha llegado el señor Cameron. Espero que esa factura sea correspondida también en este país y que los que tengan próximamente el poder -que espero que no sea el bipartidismo, sino una situación mucho más amplia de opciones de poder- reconstruyan, como cuando te encuentras unas ruinas, y remodelen los servicios públicos.

Además de la muerte digna, otra cuestión de actualidad relacionada con la sanidad es la nueva Ley del Aborto. ¿Qué opinión le merece  el proyecto de Gallardón?

No tiene ningún sentido. Los derechos de entrada en esta sociedad los discutimos hace treinta años y ahora nos hemos metido en un túnel del tiempo. ¿Pero quién duda en este país que la mujer tenga derecho a decidir, que existan la maternidad y paternidad responsables y que el embarazo no sea un estado de necesidad? Retrotraernos a hace treinta y cinco años es cavernícola. No hay que entrar en ese debate. Los derechos se te pueden retirar, pero no argumentar que ese derecho estaba mal planteado. Que lo digan claramente.

¿Quién toma las decisiones de bioética dentro de la sanidad española y qué peso tiene la Iglesia Católica?

Desde hace bastante tiempo, los comités de bioética, los de ética asistencial médica o los de ética de las sociedades científicas están copados por el Opus Dei y por instituciones religiosas. La primera exigencia para formar parte de uno es tener un máster de bioética y, a nivel público, hay poquitos. La mayoría son privados, así que el que se pueda gastar 6.000 euros puede acceder a ellos. Y es muy importante, porque esos comités son los que van a decidir sobre la terapia regenerativa, el trabajo con células madre, la interrupción voluntaria del embarazo, la eutanasia, el suicidio asistido… Es terrible en manos de quién están.

Los ciudadanos debemos interesarnos para que sean cívicos. Es otro de los temas que no se han debatido. Tenemos que debatir un estatuto laico y tener muy claro que la sociedad es laica y que todas las estructuras que nos demos deben servir a los ciudadanos y no a intereses de particulares. Estoy esperanzado de que vamos a lograrlo.

Con esa esperanza, ¿qué métodos y qué metas se plantea la asociación Derecho a Morir Dignamente, teniendo en cuenta la coyuntura política actual?

Nuestra pelea es hacer una pedagogía de derechos, para luchar por derrocar nuestro código penal, donde se considera al colaborador necesario como un homicida. Tratamos de abrir el debate sobre la disponibilidad de la propia vida en la sociedad y en eso tenemos bastantes compañeros de viaje: los ciudadanos, las organizaciones políticas, los foros culturales, las asociaciones de vecinos… Tenemos que emprender, como se emprendieron los derechos de entrada, de una forma definitiva y en esta década, los derechos de salida. Ahí estaremos, como uno más, aportando nuestra experiencia y nuestro buen hacer. Y luego ofertamos, para aquel socio que lo solicita, ayuda a morir.

Recién jubilado, ¿cómo afronta esta nueva realidad personal?

Con una recuperación de 1.735 horas que estaba en el Hospital para entrar con profundidad en el debate sobre la disponibilidad de la propia vida. Tengo más tiempo para ello.

Entrevista realizada en el Parque de la Dehesa de la Villa (Madrid) el 20 de mayo de 2014.

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Una respuesta a “Entrevista completa a Luis Montes

  1. Es un orgullo y un placer tener a Luis Montes como amigo ( todavía no le saludé personalmente pero a través de Antonio Aramayona le conozco). Salud y Repúblika Laika y feliz jubilación Luis. 17 Pekos.

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