Open Windows: Los tres órdagos de Vigalondo

Una de las grandes cuestiones del cine actual como lenguaje versa en cómo se trasladarán a la pantalla los numerosos cambios tecnológicos que, de alguna manera acaban de llegar, pero que ya están más que asentados en nuestro día a día. El hecho de que, por ejemplo, cada vez hablemos menos por teléfono y se impongan chats como Whatsapp o Telegram como método favorito de comunicación no tiene una traslación fácil a la pantalla, que de momento ha optado por la sobreimpresión de texto que vi por primera vez en la actualización de Sherlock de la BBC. Son cuestiones ineludibles porque en unos años nos resultará irreal que los personajes se pasen el día hablando por teléfono y nadie se querrá cargar la verosimilitud de una película por una tontería tan grande. Nacho Vigalondo se preocupa en su tercer largo por explorar el lenguaje en la relación cada vez más íntima que tenemos con las pantallas. Lo que hace unos años se conocía como realidad virtual deja poco a poco de tener sentido, porque las fronteras entre los dos lados del espejo se diluyen y las ventanas al mundo que son estas pantallas se perciben muchas veces como más reales que el asiento en el que tienes apoyado el culo en este instante. Vigalondo entendió pronto este desafío (lleva unos años trabajando en Open Windows) y no solo ha desarrollado una manera nueva de contar con la pantalla del PC como protagonista sino que además toma la valiente la decisión de que esta sea el mediador único para contarnos su historia. Esto convierte a Open Windows en una pieza tremendamente innovadora que cualquiera al que le interese mínimamente el cine debería ir a ver ahora mismo, pero es que hay más.

Las preguntas que, supongo, llevan al director a construir la historia de Open Windows son actualizaciones de las que Hitchcock se hizo con La ventana indiscreta, con la radical diferencia de que la extravagancia de los actos de James Stewart necesitan ahora un factor multiplicador (el hacker) para llamarnos la atención de la anormalidad de nuestro voyeurismo. En internet somos espías sin consecuencias aparentes. Lo aparentemente inofensivo de nuestra acción individual en el océano de millones de usuarios nos da la sensación de no tenemos ninguna responsabilidad en lo que pasa, pero lo cierto es que podemos tener el número de Paula Vázquez por obra y gracia de cada retuit. En el caso de la protagonista de Open Windows, ella ha perdido el poder sobre sí misma al estar sometida a la tiranía de esa nube de usuarios difusos que marcan el camino de lo que está bien y lo que está mal. Vigalondo nos llama la atención por la tranquilidad y la predisposición con la que internet nos ha vuelto víctimas y verdugos y lo naturalmente que lo estamos aceptando.

Con todo el trasfondo y la innovación formal que tiene, muchos análisis se olvidarán de mencionar que es una película divertida de narices. El relato a tiempo real obliga a que la acción transcurra a toda velocidad y apenas tengamos descanso para tomar aire mientras viene el siguiente giro. Aunque el colosal trabajo de postproducción nos ayuda siempre a situar el ojo y saber lo que tenemos que mirar, su ritmo es frenético y recuerda a los malos ratos que pasamos cuando observamos a alguien navegar por internet durante largo rato sin poder ser protagonistas del click. Sin embargo, pese a que las cualidades de Open Windows como thriller son indiscutibles, muchos saldrán con mal sabor de boca por culpa del quíntuple salto mortal con el que el director decide concluir la película. Los últimos veinte minutos son una sucesión de giros que ríete tú de Testigo de cargo y que a las primeras de cambio puede dejar al espectador al borde del KO. Pero es que un final tan audaz como el que propone Vigalondo, convirtiendo en protagonista al personaje que nunca lo pudo ser, requiere de ese galimatías narrativo final para que podamos llegar a él, y a la vez era el único camino para, además de todo lo anterior, convertir Open Windows en una película feminista.

Lo que dije de Open Windows

Nacho Vigalondo (con el que tuvimos una de las mejores charlas que hemos publicado en esta santa casa) se ha tirado a la piscina con Open Windows.

Y tanto.

Sus dos películas estrenadas hasta ahora, Los Cronocrímenes y Extraterrestre, fueron apuestas atrevidas y diferentes, pero ahora ha rodado setenta horas de vídeo para contarnos una historia a través de la pantalla de un ordenador. Sí, lo que vamos a ver en la sala es un escritorio con ventanas que se abren, se cierran, se amplían y se reducen. Si eso no es echarle un par ya me contaréis qué lo es.

Vigalondo y su equipo de postproducción han tenido que perder varios años de vida con este proyecto. Si sirve de algo, desde aquí defiendo que el esfuerzo titánico ha merecido la pena.

Más allá de la arquitectura de la peli, que como devoto de las estructuras narrativas extrañas que soy es algo con lo que ya me ganas de entrada, el tema es actual y seguro que tiene una buena dosis de crítica a nuestra condición actual de voyeurs permanentes. Entre Black Mirror y La ventana indiscreta, lo que es casi seguro es que tendremos un par de horas de culo pegado al asiento e ingesta masiva de uñas. ¿Veremos por fin la  primera película redonda de Vigalondo?

Te comes las uñas, es divertida y habla de muchísimas cosas a la vez que inventa formas de “contar internet” en una pantalla de cine. No sé si es una película redonda, pero desde luego es una película muy importante.

¿Qué gafas me llevo?

open-windows-grafico-prejuicioso

Entonces: ¿voy a verla?

Si alguna vez fuiste al cine para algo más que meter mano a alguien, disfrutar del aire acondicionado en verano, refugiarte de la lluvia o comer un saco de palomitas sin que nadie te mire raro, deberías ir a ver esta película.

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