Rebobina: Decimoséptima entrega

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Penúltimos fragmentos de ‘El vuelo del águila, autobiografía novelada de Juan Águila’.

Manuscrito pendiente de publicación.

Revivo el momento. Cuando cierro los ojos siempre regreso a esa noche. Vuelvo a Sevilla, a la Torre de Cajasol. Y es que recuerdo cada detalle a la perfección. Es como si estuviese ocurriendo ahora… 14. El tubo fluorescente centellea, arrojando una fantasmal luz azul. 17. Estoy dentro del ascensor que la miríada de obreros utiliza a diario. 19. Subo en silencio. Pronto el rascacielos estará terminado, pienso de repente. 22. Sudor frío. 23. Luz. 24. Planta 24. El elevador se detiene. El siseo hidráulico de la puerta abriéndose precede mi entrada en el piso. Los veo enseguida. Escondido detrás de Luz, la agarra con un brazo mientras con el otro la encañona. Imagino el tacto gélido del arma en su frente y me estremezco.

Él saluda y pide que me acerque. Con pasos lentos, recorro ese grisáceo mar de hormigón (suelo, techo y columnas, todo de hormigón) en el que ellos nadan. Al fondo, Sevilla los alumbra y proyecta sus sombras contra mí. Es una Sevilla que brilla desde muy abajo, con sus miles de casas y farolas dibujando una vista distinta de la ciudad. “Muy puntual. Acércate más, Juan, no seas tímido. Si somos como de la familia”. A unos cuatro pasos de distancia me ordena que pare con esa voz tan parecida a la mía: “Juan, has demostrado ser un auténtico coñazo. ¿Pero quién te mandaba a ti si se puede saber? Aunque, bien pensado, sin plastas como tú no tendría trabajo…”; sus ojos parecen huir uno del otro; ríe a carcajadas y la mano que sostiene la pistola tiembla ligeramente. “Saca el pendrive, dámelo y acabemos con esto”, exige.

“¿Y cómo sé que la soltarás, que nos dejarás irnos?”, pregunto. “Tan sencillo como que no puedes saberlo. Tú obedece y fíate de mí o ella muere a la de ya”, sentencia. “Ni siquiera conozco tu nombre”. “Ni falta que te hace. Sabes de mí lo suficiente, Juan: por qué estoy aquí y quién me envía”, el tono de su voz se alza hasta terminar gritando: “¡Dámelo!”. Introduzco mi mano en un bolsillo. Saco el pendrive. Vuelve a reír. Me acerco para entregárselo. Trago saliva. Veo los ojos de Luz, en blanco; parece en shock. Él alarga una mano y ya estoy a punto de dárselo cuando aparece Jaime de la nada y se abalanza sobre él. Literalmente, lo placa o al menos lo intenta, porque mi amigo ha llegado exhausto después de subir por las escaleras. Los dos ruedan por el suelo. Luz queda liberada de su captor. Guardo el pendrive. La abrazo un instante y tiro de ella para alejarla de allí. Corremos de la mano. En el forcejeo se escuchan tres disparos. Miro atrás y veo que ambos pelean por el arma. Jaime recibe varios golpes en su cabeza vendada. Meto a Luz en el ascensor y pulso el botón de la planta baja. Aguantando la puerta hidráulica, le prometo que todo irá bien. “Vete de aquí y llama a la policía”. Le entrego mi teléfono. Voy a darle un beso, presumo que el de despedida, pero ella está muy aturdida. Temo que pueda desmayarse de un momento a otro. “Llama a la policía”, le repito cuando me aparto de la puerta. El ascensor se cierra y comienza el descenso.

No hay rastro de ellos. Me asomo con cautela a una abertura en el suelo que sirve para comunicar los pisos. Abajo Jaime yace bocarriba. No hay rastro del otro ni del arma. Mi amigo está dolorido por la caída. Me mira y pregunta por Luz. Le digo que está bien. Sonríe. De repente, su gesto queda petrificado. Entonces, una detonación hace un ruido de mil demonios. Un trozo de cemento salta cerca de mí. Miro al origen del disparo y veo a ese demente dispuesto a matar con tal cumplir su encargo. Un brazo, el izquierdo, le cuelga inerte. Supongo que Jaime es el responsable. Avanza hacia mí y dispara. Salto por el hueco y aterrizo de pie al lado de mi amigo. Lo empujo hasta un recodo en el que podrá permanecer escondido. Apenas tengo tiempo para darle una palmada de agradecimiento. Nos miramos y no veo odio en sus ojos. No sé por qué, pero siento que estamos en paz. Oigo cómo el otro se acerca. Compruebo que el pendrive sigue en mi bolsillo y echo a correr hacia las escaleras. Al principio, no escucho nada. Sólo silencio. Me detengo un momento. Sus pisadas me hacen reemprender la huida. Viene detrás de mí. Bajo a trompicones, de tres en tres los escalones. Cada vez que efectúo un alto una bala me pasa rozando. Sólo quedamos él y yo en nuestro particular descenso al infierno.

Continúa leyendo la decimoctava (y última) entrega de Rebobina

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Foto de portada: Street performances (Garrett Miller

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