Entrevista completa a Miguel Noguera

Retratos. Miguel Noguera: “Encontrarás mierdas tiradas en la calle y yo estaré ahí señalándolas”

Las ideas que utilizas en el Ultrashow o en tus libros, más que estar basadas en los grandes temas, parecen salir de los resquicios, de las esquinas de la realidad. ¿Dónde fijas la mirada para encontrarlas?

Tampoco la fijo. Llevo años anotando cosas de estas y, normalmente, es tan residual que ni siquiera hay que fijar la mirada. Son cosas que ocurren o que ves y es cierto que has fomentado esa anotación, ese registro y, de forma natural, lo haces. “Este vislumbre que acabo de tener, lo guardo”. No hay un trabajo activo de fijarme en nosequé cosas. No existe. Es muy residual. Es pasivo, no en el sentido de que me ocurra sin que yo quiera, sino que no hay una atención hacia algo en concreto. Normalmente es algo con lo que te topas, no algo que vayas buscando.

¿Nunca te ha preocupado que tus contenidos no den una visión del mundo, ya sea crítica o no?

Es que eso no existe en mí. No hay una visión crítica, ni una opinión. A veces puede parecerlo, si se juega con eso en algún momento del espectáculo, pero es mentira. Esto no parte de ahí. No tiene nada que ver, no tendría sentido, sería una estupidez. Si yo me pusiera a criticar o a dar opiniones de cosas, posiblemente serían infundadas y huecas. No tengo nada que decir porque no lo conozco. Soy bastante ignorante.

Es un asunto formal, bastante clásico en el fondo. Puede ser como lo que haría un pintor clásico rancio que dijera “a mí me gusta dibujar arboles a tal hora y con tal luz. Llevo años pintándolos”. ¿De ahí que esperas? ¿Qué visión crítica esperas? Él está ahí con su mundo y que lo dejen en paz. En ese sentido, el Ultrashow es políticamente parecido, aunque el medio pueda parecer distinto. Siempre puedes pensar que eso es una forma política de vivir las cosas pero, por mucho que lo intentes, no hay por dónde cogerlo.

¿Cuándo empezaste a hacer Ultrashows te lo planteaste ya como un terreno humorístico o eso vino con la reacción que la gente tenía ante ellos?

No estaba planteado así, era más abierto. Sí que había una parte muy delirante y la gente se reía y tenía connotaciones humorísticas, pero los primeros shows no eran de humor, sino más bien una cosa entre amigos o en un ámbito bastante cerrado. La gente no esperaba un espectáculo de humor. No se vendía como humor, sino como un Ultrashow: alguien que venía a traer un material caótico, en el que se va saltando de una cosa a la otra y en el que no se sabe muy bien cuál es el qué y qué es lo que tiene entre manos.

Eso sigue estando pero, con el tiempo, se ha convertido en un medio de vida. La gente paga una entrada que se vende dentro del circuito de la comedia y se asocia, incluso en artículos y entrevistas, con el humor. Ese feedback ha hecho que vaya hacia ese camino, pero más en la forma, porque el contenido sigue siendo básicamente el mismo. Los contenidos son los mismos, aunque quizá estén seleccionados con más cuidado por la respuesta que pueda tener el público: que sean más claros, más cortos. Aun así, la fuente del contenido sigue siendo la misma. Eso no se ha visto afectado.

Entonces…

No te he respondido, ¿no? “Entonces, ¿en qué quedamos?” [Risas]

Sí, pero, ¿esa profesionalización te ha hecho renunciar a lo que a ti te llevaba a hacer el Ultrashow?

Esta cuestión de si se ha embrutecido, se ha intoxicado, se ha desvirtuado o si ha perdido parte de su esencia en pos del dinero o del trabajo no tiene mucho sentido porque creo que si no hubiera seguido de esta forma, igual ya no existiría el Ultrashow. Era algo que yo hacía aparte de mi trabajo y por lo que recibía un reconocimiento relativo. Yo no tenía problema en que, si me cansaba de ello, dejar de hacerlo. Era algo que se contemplaba. No era tampoco mi razón de ser.

Ahora, quizá por ese refuerzo que ha habido en forma de reconocimiento, dinero y sentido vital –estoy haciendo algo que, más o menos, es coherente con mi forma de funcionar-, ese refuerzo externo hace que hagas más y de un modo más cuidadoso, por lo que yo creo que es positivo. Aunque, claro, sí que sacrificas quizás ese punto de riesgo absoluto de decir: “esta noche voy a tirar por aquí, me da igual qué público haya, aunque no conecte con ello y se vaya mal, como defraudado. Me da igual”. Eso no existe, ahora hay una preocupación porque se dé un encuentro y seguir un poco a esa masa de gente. Pero bueno, ocurre de una forma un poco natural. Tampoco es que yo sea de estas personas que dicen: “voy a experimentar con el aburrimiento” o “voy a ser muy pesado”. Mi objetivo siempre ha sido transmitir ese material y, en el fondo, tampoco es tan trasgresor. Yo tengo eso que decir y si consigue llegar, mejor que si no llega. No es cuestión de forzar el marco: “ah, este tío ha venido a reír, pues le voy a dar lo contrario”. El tío está escuchando y si el canal es lo suficientemente adecuado a lo que él espera, puedes introducir contenido. Es una negociación, en cierto modo, pero no creo que haya tenido que sacrificar una forma que yo tenía. Si ves los primeros shows, tampoco hay tanta diferencia.

Sí es cierto que había momentos estancos en los que la cosa se perdía y no era muy clara. Yo prefiero que eso no ocurra, aunque es verdad que la presión no me la ha dado tanto el público como yo mismo. Al ser un formato tan ruidoso, en el que tú mismo te vas fustigando con un látigo, no dejas que sea: “voy a transitar tranquilamente por esta idea aunque la gente no sepa muy bien cómo va la cosa”, que es lo que me gusta de esto. Eso sí que puede ocurrir en determinados días en que todo ha sido como un fogonazo y no ha habido nada nuevo. Hay otros días en los que estás más cómodo, más tranquilo, y te permites un poco más de juego. Yo noto en eso la presión por el hecho de que la gente ha pagado una entrada, esto está dentro del circuito de monólogos… Si pensara “esto es gratis y la gente tampoco viene a reírse”, probablemente habría una calma para probar mucho mayor.

¿Experimentas menos?

Es que hago muchos más. La experimentación se va dando a plazos en momentos más cortos del show. No es una premisa como: “ah, experimentemos. Da igual que sea aburrido, da igual que no se entienda lo que estoy explicando”. Eso se raciona, porque no puedes: “hizo uno que fue muy disperso y otro en el que todo parecía que iba muy hilado y fue muy entretenido para nosotros. Estábamos muy conectados con él, pero luego resulta que eso lo había repetido igual la noche anterior”. No sé. Sí que hay esa negociación, pero creo que es buena. Es sano.

Más allá de la risa, hablabas del tema del aburrimiento, ¿buscas otras reacciones en el público? ¿Te gusta encontrar reacciones distintas?

No son tanto reacciones en el sentido emocional, pero los contenidos que no son graciosos, intento que se disfruten no desde el “ah, qué gracioso es” o “qué coña tiene esto”, sino desde el contenido mismo. Entonces se abre más al pensamiento y a imágenes que son poderosas pero no son graciosas. Ese quizá sea el objetivo de algunos contenidos. Llegará un punto en el que será “esto no es humor. Es entretenido, es hipnótico. Estoy pensando por imágenes. Me están llevando por un sendero que no sé cuál es. Es poderoso, es claro, es concreto. No son conceptos abstractos, me está hablando de un árbol, pero no es humor. No está haciendo gags”. Ese sería, para mí, el mejor escenario, pero es que hasta para mí también tiene que haber momentos de humor, porque lo gracioso o el personaje bufonil están en mi forma de expresarme ante el público. No puedo abandonarlo totalmente, porque ni yo mismo me reconocería.

¿La risa es un efecto secundario de lo que haces?

No es la premisa. Pero es difícil de definir, porque luego ves el espectáculo y dices: “qué coño, esto es un espectáculo de humor. Se ríen y el tío se hace el gracioso. ¿Qué está vendiendo en la entrevista diciendo que ‘no, el humor, no…’?”. El tema es que mi forma de presentarme ante el público y de hablar es cómica, eso está claro, pero el contenido que yo traigo no tiene la premisa de que a mí me parezca gracioso o me haga reír. Si yo anoto algo, lo que me interesa no tiene por qué ser lo cómico. La mayor parte no son chistes, son imágenes.

Ahora, por ejemplo, en el Retiro, había un camión de la Policía, pues me gustó que fuese un camión. No era un furgón, era un camión y ponía POLICÍA. Que la Policía tenga un camión a mí me gustó, porque me gustan los camiones, me gusta dibujarlos, también el tema del combate… Eso no lo puedo llevar al show, porque ¿qué pasa porque sea un camión? Eso no lo puedo forzar mucho. Necesito que eso se cierre.

Pero luego, no sé por qué, pensé en alguien apuñalando en la Feria del Libro y vi a un señor con una bolsa de plástico. El concepto era que el tío tenía muchos cuchillos en la bolsa y apuñalaba, pero tenía donde elegir. Ya solo la imagen de muchos cuchillos en una bolsa de plástico, que se puede rasgar y coger uno de ellos para apuñalar e ir removiendo y el peligro de la mano… Todo ese sistema es más cercano a la narración que el camión de la Policía, que es un dibujo, pero el contenido no es que sea gracioso. El gag sería cerrar eso de una forma expresamente cómica: “únelo con la actualidad y que esa imagen…” Eso no está. A mí lo que me gusta es la potencia de esa imagen de la bolsa llena de cuchillos y el tipo y las ganas que me dan de contar eso. Eso, en el show, igual puede acabar desembocando en un gag, pero la semilla original se respeta tal como es. No se busca cerrarlo. En ese sentido no es humor.

El humor sí que tiene para mí más de esa búsqueda de lo gracioso. Está unido, está muy emparentado con lo humorístico, pero por eso intento desmarcarme del “yo soy cómico y para mí lo importante es que la gente se ría”. Porque entonces, muchos pensarían: “coño, pues no lo logras. No es gracioso. En ti no está ese momento en el que me estás diciendo: esto es lo gracioso”. El humor se basa en que se le dice al público cuándo viene lo gracioso y, si eso cumple con determinadas características, funciona o no. En el show no está tan claro, no está localizado el momento.

De hecho, es curioso que en el Ultrashow las risas están deslocalizadas.

Sí. Es cierto que hay momentos en los que hay un giro, sobre todo en la parte de las imágenes, cuando se cambia la diapositiva y la gente dice: “ah, coño”. Eso es muy parecido a un gag, pero hay momentos en que no está claro. Es un poco el tono, la cosa de que no sabes por donde va… Entonces, la gente a veces se ríe en momentos que no son compartidos. En los monólogos, sin embargo, está muy claro, está muy marcado el momento en que es gracioso. En el show no está tan claro y por eso me desmarco.

¿Te ha sorprendido alguna vez una reacción del público?

Sí que me sorprende a veces lo de las risas deslocalizadas. A veces da un poco de miedo porque notas que se trata claramente de una sugestión y que determinada persona se está riendo sin ton ni son. Se están riendo porque se han dado permiso para reír y es casi un estadio infantil de la persona en la que hay un objeto que le hace reír. Tú notas que estás hablando normal, acabas de entrar y hay alguien riéndose a carcajadas. Sabes que esa persona está proyectando en ti algo que no está. Si no te conociera de nada, estaría serio, pero hay un pasado, una acumulación de proyecciones que dicen: “me hace gracia este tipo. Como se mueve, como entona”. Eso da un poco de miedo porque es sugestión, no se trata de algo que estés haciendo tú. El mérito reside en esa persona, que se ha dado el permiso para encontrar muy gracioso e imprevisible lo que haces, pero no es así. Eso es lo que más me sorprende. Como cuando, en el silencio, de repente aparece una risa loca cuando te has callado después de haber hablado. Es muy extraño, es un efecto que da un poco de miedo, incluso. Pero está bien, es energía al menos. Algo se ha roto en la cabeza del tipo, pero a mí me sorprende mucho, porque yo no soy tampoco de eso. Verme yo perdiendo completamente la cabeza ante alguien que está en el escenario y ponerme a reír… En esos casos, hay algo en su cabeza que está funcionando, una película en marcha que es paralela a lo que ocurre. Esa es la reacción que más me sorprende.

¿Notas risas incómodas de gente que está ahí porque ha ido a reír, risas por compromiso?

Puede ser que notes que hay un público que ha venido a ver monólogos y, en los primeros compases, igual todavía viven de esa renta. Vienen con esa buena voluntad y, al principio, hay esas risas convenidas que no son por el contenido. Más que por compromiso, es una sugestión. Si el contenido del monólogo se diera en otro entorno, nadie se reiría. Es como: “ahora se abren las esclusas de la risa y estamos aquí todos para reír”. Sí que notas algunas risas que se producen por el medio. No es que él esté proyectando algo sobre ti, ni que tú hayas dicho algo gracioso, sino: “bueno, hemos venido aquí a reírnos, las primeras son gratis”. No son risas incómodas, son como: “eh, aquí estamos. Estamos contigo, te seguimos en esto. Por ahora no has hecho nada que nos haya helado la sangre como para decir ‘hostia, esto no’. Así que, de acuerdo, vale”. Eso está sobre todo al principio.

Aunque algunas de las ideas que expones pueden parecer provocadoras, tú siempre has buscado estar en contextos en los que pudieran ser bien aceptadas. ¿Nunca te has planteado hacer una provocación como la que hace, por ejemplo, Mongolia, que pone una portada brutal en todos los quioscos?

Es que no tiene nada que ver. Yo tengo un material y lo ideal para mi es que el público conecte con él, le guste y lo pase bien. Mi intención no es moralizar o decir: “yo sé que esto para ti es malo y que ahora estás incómodo”. Lo que sí puede pasar es que, si yo noto un público hostil, puede haber un punto de: “pues ahora te jodes y escuchas esto que tiene el mismo valor que lo que tú esperabas. No es que lo que tú esperabas sea mejor que esto. De hecho, yo estoy en contra de eso”. Eso puede ocurrir.

Sí que había, en los primeros, un espíritu de gamberrada, pero no era una gamberrada en el sentido de “eh, ¡qué fuerte lo que he dicho!”, sino de desconcierto, de “¿por qué está explicando esto?” Pero eso era una afirmación del material, una forma de decir que para mí tiene el mismo valor: “A mí me gusta y traigo esto de corazón. No estoy defraudándote a propósito. Yo traigo esto y sé que es frágil y pequeño pero, joder, lo afirmo con fuerza”. Ahí está la provocación, en todo caso, pero no por el otro lado de “eres tonto, espero que te enfades con esto porque tú eres mi enemigo”.

¿Te sigues encontrando con públicos hostiles?

Sí que hay partes del público que tú notas que no lo están pasando bien y creo que tiene que ver con que es público más de comedia al uso, que han venido a ver un monólogo porque así lo han visto anunciado. Tampoco es culpa de ellos. Depende de dónde actúe, porque hay festivales que no son de humor, sino más abiertos, pero en Barcelona y Madrid, quien alquila el teatro es una promotora de comedia y de monólogos. En la web, se vende junto con otros monólogos. Perfectamente, alguien que haya visto dos monólogos de esa promotora puede ir a ver el Ultrashow pensando que es similar y hay diferencias que hacen que seguro que hay gente que se haya ido enfadada, pero no es una mayoría del público. No es que haya más de la mitad del público con ganas de matarme. Eso es muy incómodo, no tiene sentido. Sería mejor que él se hubiera quedado en su casa y yo en la mía. No es que yo diga: “ahora, ahora hijos de puta”. Yo no estoy en contra de los monólogos.

También, a mí me da la sensación de que en parte del público de monólogos, parece que hay una especie de permiso cultural que dice que puedes humillar a la persona en directo. Es un público muy bajo, muy pequeño, a nivel de espíritu. Porque es muy raro, ¡qué coño! Si no te hace gracia, te parece malo, tampoco es que te esté engañando, seguramente lo esté intentando y pasándolo mal. No entiendo quién te da esa carta blanca para agredirlo.

A mí no me sucede porque la mayoría de gente se ríe y va bien, pero notas que si hubiera unos cuantos más de estos, habría gritos de “¡Qué tontería!” Joder, ¿no te han educado en tu casa? ¿Esto de dónde sale? Es un poco medieval, del bufón: “este se está poniendo en ridículo, pues yo también puedo mearle en la cara”. Hay algo de esa tradición y a veces lo percibes y dices: “Yo no estoy dispuesto a pasar por esto. Esto es un trabajo normal”. Es como: “¡baila, baila! ¡No lo haces bien!” Ese ejercicio sádico de pagar diez euros para que, si el tío falla, merezca el castigo. Es algo muy medieval y percibes que está ahí bullendo. Es desagradable, muy desagradable.

Pero, por el momento no te ha saltado algo así, ¿no?

No, pero sí que lo notas en gente. Y ahí sí que surge ese espíritu de decir algo muy irreverente. Algo que no se puede tocar: niños, bebés… “Ahora voy a decir algo muy asqueroso, porque a mí me da igual. A ti quizá no”.  Estos luego te vienen con el rollo del respeto. [Risas] “¡Pues toma respeto! A mí me da igual el contenido.” Ese no es el objetivo, quizá sea una respuesta ficcionada a eso. Estás en ese terreno y es tu forma de responder para que se queden pensando: “No está intentando ser gracioso. Esto es muy desagradable y no sé por dónde va”. Se trata de retomar ese desconcierto de una forma muy basta y muy grosera. En el fondo, es seguir siendo fiel a ti mismo pero a ocho bits, en modo seguro, muy básico. Llegar a eso no es el objetivo, sino lo contrario.

Dices que estudiaste Bellas Artes, pero no te presentas como artista. ¿Es porque te hubiera gustado que tu carrera artística fuese por otros derroteros?

Tampoco es que no me presente como artista. Si tengo que adscribirme a algo en términos absolutos, no me identifico tanto con la figura del humorista como con la del artista, en último término. Pero claro, es muy relativo, porque si me asocio a alguien es a otros humoristas. De hecho, últimamente tengo más relación con gente de ese sector que con artistas. Pero, si no hubiera ocurrido nada de esto, posiblemente lo que haría se parecería más a lo artístico que a la comedia. Aunque lo que hago se mueve en canales de comedia.

Pero tú tienes una vocación artística en lo que haces.

Es que es muy formal todo. Es un formalismo que yo le encuentro más referencias dentro del arte que del humor, pero también el humor a veces es muy formal. El rollo de las categorías es muy complejo. Hay zonas bañadas por ambas cosas y no puedes llegar a una conclusión. Mi formación es de Bellas Artes, es ahí donde se forjó esto y si es así es porque estuve en contacto con propuestas artísticas, aunque esté en la comedia.

Y respecto al camino que has tomado, ¿hay algo que te hubiera gustado hacer o que te plantees hacer en un futuro que sea muy distinto de lo que estás haciendo ahora?

No hay nada que me atraiga más porque, si no, lo haría. No hay nadie que me impida hacerlo. Quizá, lo único que pierdo de vista es lo que me lleva a hacer las cosas, como te he comentado antes. Y eso sí que es un peligro. Si estás muy metido en el personaje que se ha creado el público, pierdes la referencia de por qué empezó todo esto. Siempre está el intento de recuperar esa calma o ese lugar. O no perderlo. En todo caso es mantenerme en contacto con eso. Cuando haces el show y los libros, que tienen un formato que tiene que ser ese, esa apertura a cualquier cosa a veces sí que la echas de menos o la pierdes. Es más eso que un proyecto que no pueda realizar.

Hablabas del personaje. ¿Crees que el personaje ha empezado a entrar en tu vida diaria?

No, qué va. Esto lo tengo bastante claro. Con el personaje me refiero al que sale en el Ultrashow, que es una exageración. No ocurre porque yo tampoco tengo contacto con mucha gente. Si yo fuese muy social y estuviese siempre en contacto con desconocidos que solo conocen ese personaje, quizá sí que se daría el conflicto. Pero no es así. Tengo una vida bastante tranquila y la mayor parte de la semana estoy con mi pareja o con algún amigo, de vez en cuando. No hay ese punto de baño de masas. Hay momentos puntuales, como ahora que estoy firmando en la Feria del Libro y viene gente, pero ahí estoy tranquilo. De hecho, soy bastante distinto a ese personaje. Soy bastante tranquilo, no tengo esa energía, por lo que no tengo conflictos de personalidad.

¿Hay un cierto elitismo en el público al que le puede gustar el Ultrashow?

¿En el sentido de que es sectario? Sí, pero yo lo veo bien, en cierto modo. Este contenido no puede gustar a todo el mundo tal y como es. Hay gente con la que no se encontrará jamás, porque buscan un contenido casi opuesto. Lo más anómalo es que esto haya conectado con mucho público. Para mí, esto siempre sería minoritario. Ahora no es mayoritario, pero tampoco es minoritario. Yo lo veo bien, porque la conexión en ese sentido es genuina.

Sí que hay gente que igual conecta con eso de formas que igual tú no imaginabas, pero es una conexión real, es buena. No es algo que digas: “aquí hay un malentendido”. En todo caso, a mí me parece bien. El humor siempre tiene un punto de afinidad con determinada mirada de otro. Eso es bueno. Un humor genérico que guste absolutamente a todo el mundo… Básicamente estás para enriquecer la experiencia conjunta por una fuga delirante y esa fuga delirante marca donde estás situado en la sociedad. Es inevitable que haya gente que no conecte.

¿Cuáles crees que son los referentes o requisitos que cumple la gente a la que le gusta el Ultrashow o tus libros?

No lo sé, porque hay gente que no te imaginabas que les fuera a gustar y les gusta. Como el Ultrashow es un material que va saliendo y no tiene una cabeza, un cuerpo… Hay gente que es muy del detalle, que no necesitan de la gran forma instituida, que no tienen esa expectativa de cómo han de ser las cosas. Con esa gente normalmente es más fácil conectar.

No es como: “Ah, eres humorista, me vas a hacer reír. Ah, eres escritor, crees que merece la pena que lea tu libro. Dime por qué. Habrás leído a los clásicos”. Con este tipo de gente es muy posible que no conecte:

—Soy demasiado pequeño para ti. No te preocupes en conectar conmigo porque solo encontrarás mierdas, literalmente, que están en la calle tiradas y yo estaré ahí señalándolas.

—No, hombre. Pero, a ver, las grandes cuestiones de nuestra época…

[Risas] No digo que esa gente solo sea así. Hay gente que es así y también tiene otros flujos que les atraviesan, pero es cierto que con esa gente de plomo y madera no hay encuentro posible. Ahí tienes que decirle: “Está muy bien que te hayas tomado mucha molestia en entender el mundo que te rodea y participar del debate actual. Yo no. No puedo acompañarte. Sabes más que yo, así que no tengo nada que decir”. Ahí no existe ese punto de…

¿Has escuchado eso? ¿Ese bicho como de la selva? [De fondo, en ese mismo momento grazna un pájaro tropical en El Retiro] Es como muy de la selva y está en Madrid. Suena como un tiempo en pasado: “¡Eó! ¡Eó! ¡Eó!” [Lo imita] Alguien que hizo algo: Él nosequeó.

Claro, ante esto, él te diría:

—Ah, la selva. Yo estuve en la selva. ¿Sabes que la selva…?

—¡Vete a tomar por culo!

[Risas] No existe ese encuentro y yo soy muy de eso, de lo que ocurre en ese momento y muy poca referencia cultural. Bueno, muy poca no. Pero hay gente que es muy del imaginario colectivo: “esto es como en la peli tal”. Yo he visto pocas de esas películas, pocas series. Yo me siento cojo ahí y sé que eso es muy apetitoso porque cuantas más series has visto más referencias localizas en el mundo cultural.

Quizá eso te haga más original.

Al final, se trata de hablar. La gente lo que quiere es hablar y estar cómodo hablando. Hay gente con la que no hay nada que hablar, hay gente con la que hay parte… A mí es lo que me pasa. O no hablo y estoy callado o tengo esta tontería como adolescente. Y esa tontería tiene un límite. La gente no está para eso todo el rato. Llega un momento en que dicen: “hablemos de tu vida”. Entonces es cuando no hay nada. Yo me levanto, me voy a tomar un café y quiero que me dejen tranquilo, no tengo un gran proyecto con la gente. Ahí se rompe un poco.

A la hora de buscar ideas, ¿eres despiadado?

¿Moralmente?

Sí.

No. La única regla es que esa transgresión o ese momento incómodo no eclipse la idea. En este último show, había una idea sobre el 11-S que consistía en que el avión entrase en dos tiempos en la torre. Se para, se queda clavado y después coge fuerza, no se sabe de dónde, y entra más. Tú sabes que en el público puede haber alguien que diga: “¡Oh, las Torres Gemelas!” Pero creo que a la mayoría del público que tengo yo le da igual. Ya se han hecho coñas del 11-S, pero hay atentados con los que dices no, porque la gente va a estar muy incómoda. Rollo: “está frivolizando con este atentado y, total, está diciendo una chorrada que podría haber aplicado en otro referente”. Todo ese debate a mí no me interesa. Si contenido es así, ¿para qué? Si es un tema sensible, ¿dónde quieres llegar?

No te aporta nada.

A mí no. Hay gente que sí, que dice: “¡Qué coño! ¡A la mierda!” Yo lo entiendo y me parece muy bien, pero para mí incomodar a alguien no es el objetivo. Sí que he transferido un contenido de algo que he visto en la tele que era muy sensible a figuras generales. Como cuando buscan un cuerpo. No voy a decir: “Buscan el cuerpo de nosequién” para que digan: “Míralo, ¡hostia, qué fuerte!” No era el objetivo. Es como ganar unos bonus con un tipo de gente que tiene un humor muy negro. Ganar puntos huecos.

Mi punto de partida es que cosas que me afecten personalmente hay muy pocas e incluso con ellas podría bromear en según qué momentos. Yo no tengo ese punto de “¡Eh, respeta!”, porque todo lo que se aleje más de un metro de tu círculo, hoy en día, no te afecta. Te llegan cosas pero, en el fondo, te dan igual. No te afectan. Vale, hay gente más sensible, que llora viendo las noticias. Pero, yo no. Sería un hipócrita si dijera lo contrario. Como contenido está ahí. Todo es una pantalla en la que vomitan información y todo es relacionable. Puedes decir: “¡Ah, no! ¡Qué postmoderno! ¡Qué cínico! ¡Qué vacío!” Sí, y no digo tampoco que sea así, pero te llega por un medio que también es cínico: “Toma fragmentos de cosas”. Coño, eso es muy cómico. No es que a mí me dé igual la guerra, pero al final es un contenido, una pieza.

¿Pules mucho las ideas antes de presentarlas en el show o prefieres trabajar en bruto e irlas trabajando en el escenario?

Se pulen en el mismo show. Hay una idea que llevo al show por primera vez y quizás ese día o al día siguiente, surge algo y la idea se va haciendo más larga o se incluye una idea dentro de otra. Esa es la forma de pulirla. Y en los libros, es una cuestión de cuidado. De hacer el dibujo con cuidado y cariño, aunque te salga como te salga, y hacer el texto lo más preciso posible, sin pasarte de texto. Es una cuestión de cuidado, más que de pulir. Ser coherente con lo que uno quería contar.

Una figura que utilizas mucho son las autoacotaciones que te haces, hablando de ti mismo en tercera persona, ¿de dónde surge esta historia?

Esto lo tengo desde hace mucho. Antes del show lo hacía al hablar…

[Miguel Ángel Moreno, que está grabando la entrevista, se acerca a mí para darme una instrucción del tiempo que nos queda y Noguera se queda mirándolo]

Le dice algo romántico, no era una información técnica: “Quiero que sepas que te quiero mucho”. [Risas] Ha habido una acotación externa a la entrevista: “No puedo esperar más. Te quiero mucho. Lo sabes, ¿verdad?” [Imita al entrevistador diciendo que sí con la cabeza]

Miguel Ángel Moreno: Ha sido bastante más prosaico que eso, pero está muy bien.

¡Ah, ha sido romántico, pero guarro! ¡Ha sido una guarrada! “Te voy a comer la polla luego, cuando acabemos.” Te ha anunciado eso, ¿no? “Luego viene el postre”. En medio de la entrevista. Y él [con gesto serio]: “sí, sí”. [Risas]

Lo de hablar de uno mismo en tercera persona ha estado siempre. Tiene que ver con mirar desde fuera, como esto mismo que acaba de ocurrir. Suponer cosas que no son. Al final llegas a hacer un personaje de ti mismo, un muñeco. Ahí surge la tercera persona, una instancia superior que señala. Eso en el show siempre ha estado.

Y otros usos formales, como las muñecas rusas de historias dentro de historias, jugar con dobles sentidos…

Eso lo da mucho el medio, el show. Ahí es cuando disfruto más. Cuando dentro de una historia aparece otra que no tiene nada que ver es el mejor momento a nivel de disfrute. Pero no suele suceder. Hay muchas que ocurrieron una vez y yo las repito. Cuando sucede es porque yo estoy muy cómodo y me permito esta cosa delirante y excesiva que es muy del show. Yo actuando con carta blanca delante de la gente. Nadie te va a parar y puedes llegar a esas cosas muy locas.

¿Cómo investigas para llegar a ese tipo de historias mientras estás actuando?

Es muy natural. Estás metido en eso y casi el movimiento te lleva a ello. Se parte mucho también de la equivocación o del lapsus. Hay momentos que surgen de una mala mímica y eso produce una imagen o que tú, al decir algo, te has equivocado. Aparece un elemento que no tiene nada que ver y lo introduces. Pero no es tan habitual, no es que el show se componga de eso. Son momentos muy concretos en los que ocurre. Son los que más me gustan, pero pueden convertirse en un delirio fofo en el que digas: “Este tío está aquí inventándoselo todo”. Tiene que tener esa energía, porque si no acabas en: “¡Bah! Entonces se encontró con Papá Noel y Papá Noel dijo…” Por eso me ciño bastante al contenido y solo cuando veo que hay algo potente lo utilizo.

Cuando estás más inspirado.

Claro, cuando bebo. Cuando voy entonado. [Risas] No, cuando estoy más cómodo.

Viejas, gatos, misterio, Iker Jiménez, rampas, curas, Iglesias, niños… ¿Cuál es nexo de todo esto?

Son cosas que me gustan. Bueno, que me gustan… Cuando tiene que haber un personaje, es una vieja o un ejecutivo o un niño. No es un moderno de Malasaña. Son figuras muy arquetípicas que no tienen que ver con la cultura del espectador. Tienen mucha potencia porque carecen de ella. Son grises, como el bebé o el gato. Son cosas muy básicas. Y luego, lo de lo sacro. Me gusta entrar en las iglesias, me atrae todo eso formalmente: Cristo… No soy nada religioso, incluso me repugna, me resulta desagradable todo ese rito, pero formalmente hay algo que me atrae. Y creo que eso es al final la religiosidad. La teoría es que eres religioso en el fondo, pero a través de un montón de mierda. Por eso ves una iglesia y te gusta o vas a ver la catedral. Tienes una atracción extraña por la metafísica. A la vez, te repugna toda esa gente. Son afectos formales, como la rampa, la piedra, el palo, el combate o la ciencia ficción básica con maderas. Afectos que uno tiene desde pequeño.

Entrevista realizada en el Parque del Retiro (Madrid) el 1 de junio de 2014.

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