Rebobina: Decimoctava entrega (Desenlace)

Lee las entregas anteriores de Rebobina

Últimos fragmentos de ‘El vuelo del águila, autobiografía novelada de Juan Águila’.

Manuscrito pendiente de publicación.

Permítanme que me ponga solemne y, ahora que redacto las últimas páginas y toca a su fin mi tarea de rebobinar y recoger en papel las vivencias que he querido contar, retome para el desenlace de mi historia esa habitual técnica de narrar en pasado. Sé que actualmente goza de mucha aceptación y aplauso eso de escribir una historia o un folletín en presente; pero vaticino que para la correcta comprensión de este relato ahora resulta necesario que haga acopio de pretéritos. De modo que allá voy… Emergí de la Torre Cajasol y en la distancia vi una hilera de bicicletas. Eran de ésas que pertenecen al ayuntamiento de Sevilla y pueden utilizarse mediante un abono anual. Ya había usado una similar en Córdoba cuando visité a Bepo y me reencontré con Lucía Zamora. Conocía ese sistema de anclajes, por lo que corrí hacia la bicicleta más cercana y de una patada la separé de su enganche. Con veloces pedaladas, emprendí la huida Guadalquivir abajo. Entonces, oí cómo arrancaba un coche. Sus ruedas chirriaron al abandonar el aparcamiento del edificio; estrepitoso presagio de lo que estaba por venir.

Paralelo al río, por la orilla de Triana, me desplazaba lo más rápido que las piernas me permitían. Recorría calle Betis y empezaba a creer que había despistado a mi perseguidor cuando desde la derecha unos faros halógenos me deslumbraron. Era él. Se incorporó procedente de Torrijos y no me atropelló por escasos segundos. Conducía como un demente, con el acelerador pisado hasta la tabla, chocando en su avance con vehículos aparcados, contenedores y farolas. El motor rugía. Mire hacia atrás y vi que exhibía su espeluznante sonrisa. Observé que manejaba el auto con el único brazo operativo. El potente vehículo, de un negro nocturno, se abalanzó sobre mí. Intenté esprintar pero fue inútil y el parachoques golpeó la rueda trasera de la bicicleta. Milagrosamente, no caí, sino que salí impulsado hacia delante. Mi montura permaneció intacta salvo por el protector de plástico, que saltó por los aires y se incrustó en la luna delantera de mi perseguidor, fracturando el cristal.

Alcanzamos el final de calle Betis y me interné en Plaza de Cuba sin mirar a los flancos. Por suerte nadie llegaba por República Argentina, tampoco por el Puente de San Telmo. Sentí cómo el coche me volvía a dar alcance cuando ya ganaba el otro extremo de la intersección. Esta vez no me embistió. En su lugar, se puso a mi derecha en paralelo y, con la ventanilla bajada, gritó “el final del trayecto, ¡la estación terminal, Juan!”. Entonces giró el volante, abalanzándose contra la bicicleta. Frené en seco y evité el impacto directo. Sin embargo, el lateral del coche me golpeó y terminé por dar de bruces contra el firme. Él también intentó detenerse, pero no pudo hacerlo antes de elevar una rueda por encima de un pivote que impedía estacionar sobre la acera. El auto quedó en un equilibrio muy precario, apoyado sobre el eje derecho, hasta que acabó por volcar. Bocabajo, el coche siguió recto, deslizándose hasta caer al río. De nuevo en pie, la pierna izquierda me sangraba profusamente, contemplé cómo se anegaba el interior del automóvil de agua. En pocos minutos se hundiría por completo. Malherido, mi perseguidor procuraba escapar por el hueco de una de las ventanillas, pero enseguida comprendí que aquella noche ya había terminado para él.

Oí sirenas que se aproximaban. Era hora de proseguir la marcha. Por un instante, lo imaginé teniendo que dar explicaciones ante sus jefes. Y me reí, reconozco que me reí mucho. Pero todavía no me encontraba a salvo. Pedaleé con las pocas fuerzas que me quedaban. La herida de la pierna no era profunda, pero sí tremendamente molesta. A la altura del Puente de las Delicias, divisé las luces del carguero de Ourumov, atracado en el muelle del Quinto Centenario. Minutos después, exhausto, me apeaba de la bici y subí a bordo todo lo rápido que podía. A lo lejos, aunque a mí me parecían muy cercanas, las sirenas continuaban aullando. “Es la hora”, dije a un Arkady que, con gesto serio, me había estado esperando; seguramente, cobijando la esperanza de que no apareciese. “Ensseghuidah”, contestó lacónico y, mientras se alejaba, creo que lo oí murmurar: “Bieneh enn bisiclettah… ¡Inkreíbleh!”.

Zarpamos al instante. Me mantuve en cubierta hasta que Sevilla no fue más que un recuerdo difuso flotando en la noche; toda la ciudad convertida en un mar de centelleantes estrellas que alumbraban débilmente desde la lejanía. Moviéndonos a velocidad constante hacia la desembocadura del Guadalquivir, sentí que finalmente podía relajarme. Un marinero de ademanes zafios que no hablaba español me guió hasta el que iba a ser mi camarote. No me invitó a pasar, sino que me dejó frente a la puerta y se marchó. Al igual que el capitán, también musitó algo al retirarse. Lamenté no entender el ruso. Mi único equipaje era el pendrive que descansaba en mi bolsillo. Esa parte del plan no la había trabajado lo suficiente y por eso ahora fantaseaba con el supuesto petate que debía haber preparado para la travesía. Me decidí a abrir la portezuela.

El camarote era cuadrado y pequeño, sin adornos: tan sólo una mesa, un flexo y un pequeño baúl a los pies de la cama, nada más. La colcha estaba arrugada, como si alguien se hubiese tumbado encima. Entré y me acerqué a mirar a través del ojo de buey. Afuera, sólo oscuridad. La puerta se cerró detrás de mí. Al girarme, descubrí a Lucía en ropa interior. Sus manos agarraban una pistola con la que me apuntaba. “Siéntate”, obedecí. “Dámelo, estoy cansada de ir detrás de ti”, su voz, gélida, resultaba totalmente distinta a cómo la recordaba. “Haya o no haya canción de Gunn”, prosiguió, “seré yo la que haga cualquier descubrimiento”. No contesté. “¿Te has quedado mudo? ¿Quizá más imbécil de lo habitual? No puedes engañar a todos, dame el pendrive”. “Mira quién habla de engañar, todavía me acuerdo del hotel en Córdoba, ¿sabes?”, argüí. “Última oportunidad, Juan”, amenazó tajante.

“Perdona, es que aún ando asimilando este recibimiento, ¿la falta de ropa obedece a algún motivo que se me escapa? Cierto que nuestra relación ha sido un poco tormentosa, pero percibo que me he perdido algo realmente importante; aunque celebro tu desnudez”, Lucía se ruborizó e hizo amago de taparse: “No ha sido fácil subir al barco…”. “Hablando en serio”, la interrumpí, “el pendrive no tiene nada de valor, créeme”, y añadí, “oye, ¿no preferirías traer de vuelta al mismísimo Elston Gunn y no sólo su canción perdida?”. “¿De qué hablas?”, fue lo único que acertó a balbucear. “Tal vez Gunn esté vivo y para encontrarlo, algo que pareces desear a toda costa, me vas a necesitar”.

Percibí que aquella posibilidad la sobrecogía. Sus brazos descendieron varios centímetros. Llegué a pensar que se echaría a llorar. Una parte de mí se recreaba en lo preciosa que parecía en medio del estrafalario camarote. “Este buque se dirige a Sudamérica, Lucía; navegamos hacia Gunn, te lo prometo, no se trata de ningún truco. Te llevaré a hablar con el capitán, él te lo confirmará”, le garanticé al tiempo que comenzaba a levantarme de la cama. “Ni se te ocurra moverte”, ordenó mientras me encañonaba de nuevo. Volví a mi posición. “Mentiras, Juan, estoy harta de tus jodidas mentiras y, sobre todo, estoy harta de tus verdades a medias, de no saber a qué atenerme contigo. No lo repetiré: o me entregas el pendrive o te pego un tiro aquí y ahora”, sentenció.

“No te lo voy a dar y lo sabes. Puedes venir conmigo o dispararme. Depende de ti, pero antes piensa con calma en lo que te acabo de explicar”. Dejé unos segundos de pausa, de reflexión. Silencio. Ella no reaccionaba. “Venga, acompáñame”, le ofrecí, “por qué no me cuentas cuál es tu interés en la canción… ¿Qué me dices? Vamos a hablarlo”. Más silencio. Su cuerpo, tenso como un resorte; sus ojos, fijos en mí, como si vigilasen a un animal peligroso. Para ganar al póquer hay que saber tirarse un farol de vez en cuando. Por desgracia, nunca me he llevado una mano jugando a las cartas. Y la maldita Lucía, creyendo que ya estaba todo dicho, usó la suya para apretar el gatillo.

FIN

***

El folletín Rebobina ha terminado con estas líneas. Podrás leer a Fernando García de la Cruz en Mayhem Revista muy pronto, pero mientras tanto puedes leerle en El periodista salvaje o repasar las aventuras de Juan Águila en Mayhem.

Foto de portada: Weep for you (George Chelebiev

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