Himno al alcohol

Margarita repasa mentalmente las principales motivaciones para la embriaguez mientras mira alrededor de la mesa en la que se halla sentada. Está el gusto genuino por el sabor de los brebajes, la diversión, el esnobismo, la convención social, la sedación interna ante una situación indeseada, la superación de la autoconsciencia que dificulta el contacto con desconocidos, y directamente la inconsciencia. Se pregunta cuál de todas es la que está afectando esta noche a sus compañeros de trabajo.

El contexto es informal. La empresa ha organizado un aperitivo para motivar a los empleados a la vuelta de vacaciones. Este año se quieren cumplir todos los objetivos prometidos a inversores y solo quedan tres meses para lograr lo que no se ha conseguido durante los nueve anteriores. Hay bandejas de comida distribuidas por varias mesas y alguien ha traído un DJ set para animar el ambiente. También hay barra libre, que contempla una minúscula variedad de bebidas. Pero aunque no se les ofrezca sumergirse en el embriagador mundo de los cócteles, los asistentes están impresionados.

“Además, es rusa y todos los clichés confirman que posee una alta resistencia al alcohol”

Una de las compañeras de Margarita parece más ebria que los demás. Parlotea sin parar acerca de sí misma, interrumpiendo a todo el que intenta participar en el monólogo, y cuando su locuaz discurso se agota, salpica con insultos a las personas circundantes en el mismo orden aleatorio en que sus ojos se posan sobre ellas. Margarita piensa que tal vez la alta intensidad de la ceguera de su colega se trata de una ilusión.

Es la primera vez que alterna con ella fuera del ambiente de la oficina, donde suele ser bastante reservada, y el contraste de contextos podría estar alterando su percepción. “Solo llevamos aquí una hora, con lo que no le ha podido dar tiempo a trasegar demasiado líquido”, reflexiona. “Además, es rusa y todos los clichés confirman que posee una alta resistencia al alcohol”.

Por lo que Margarita sabe, su consocia podría estar mostrando simplemente una habitual irritante forma de ser. Entonces, la muchacha se estira sobre la mesa desparramando la masa corporal de su exuberante figura por el mantel con el objetivo de alcanzar una botella de vino que hay depositada al otro extremo del tablero.

Una vez asido el recipiente, rellena su copa hasta el borde de manera innecesaria, ya que ésta aún contenía tres cuartos de líquido. Lo ingiere mediante unos sorbos cuya sonoridad aterra a los entendidos, pues opinan que esa no es manera de degustar un Marqués de Riscal, independientemente de la gratuidad de la barra. Después, el sueño ataca.

Mientras animadas conversaciones se intercambian en varios rincones de la estancia, Rusia apoya la barbilla en la papada y cabecea, incapaz de seguir ninguna de ellas. En un ejercicio de raciocinio, alguien sugiere que vaya a casa a dormir. Se revuelve incómoda en su silla, medio consciente de que se ha convertido en el centro de atención. Con el mentón aún anclado al pecho, intenta solucionar la violenta situación con una acción que invoque a la normalidad.

Ingiere el vino mediante unos sorbos cuya sonoridad aterra a los entendidos, que opinan que esa no es manera de degustar un Marqués de Riscal.

Así, alarga el brazo, coge un trozo de pan y lo sostiene con las dos manos a la altura de la boca. Sin abrir los ojos, se inclina hacia el alimento y da un mordisco. Las masticaciones son pausadas, con la mandíbula propulsando movimientos de cabeza arriba y abajo, y los párpados revelando el blanco tembloroso del globo ocular en un intento por permanecer despierta. Los siguientes diez minutos son empleados por el sujeto de estudio en resolver la duda primordial de las madrugadas post-festejo acerca de si satisfacer antes la necesidad de comer o la de dormir.

Toda la sala observa atentamente lo grotesco del espectáculo. Muecas burlonas, de tristeza o de repulsión saltan en los rostros de la gente. Finalmente, la chica consigue espabilarse. Tras lanzar una mirada lánguida a la puerta, se pone en pie e inicia su salida, que es bastante accidentada. Una copa se rompe, algunos asistentes chillan y ella cae al suelo dos veces, pero se recupera rápido. En cuanto abandona la estancia, todos comentan.

Los compañeros de Margarita deciden que Rusia es dipsómana. Recuerdan al escritor que dijo que el alcohol es buen criado pero mal señor, y entre vasos de vino, cerveza y ginebra, elaboran epitafios y bromas en igual medida acerca de la condición de su colega. Poco a poco, los vapores destilados elevan los ánimos y lanzan a todos a la pista de baile. Unos saltan y sonríen mucho. Otros apenas pueden mantener los ojos abiertos. Y otros pierden el equilibrio mientras giran y se levantan rápidamente haciendo como que no ha pasado nada.

Margarita observa el panorama desde la mesa, preguntándose cuál es la línea que determina el inicio del alcoholismo. Si calculara rápidamente cuánto ha bebido ella en el último mes, es consciente de que se asustaría. Los fines de semana suele salir con su grupo de amigos para no pensar en otras cosas; a veces también tiene visitas; después celebró una comida en casa; y está ese día en que llegó muy cansada del trabajo y decidió relajarse con una buena cena; y el día del concierto… Elabora el concepto de ratio cañas-por-semana. Después se fija en sus compañeros divirtiéndose estúpidamente en la pista. Se comportan igual que Rusia, pero esa conducta que hace unos minutos era inapropiada, ahora ya no lo es. “Lo tengo -se dice-. En el primer mundo no somos alcohólicos cuando bebemos en contexto”.

Un gato cruza la sala corriendo y Margarita piensa que se trata de un elemento bastante descontextualizado. Después echa a correr ella también para unirse a la danza. El grupo la acoge entre charlas y sonrisas, y el alcohol es su maestro.

***

Foto de portada: After party (Pancit Tinola en Flickr)

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