Éxito anónimo

David L. Palomo | Falso 9

“Para una persona que pone todo lo que tiene, el fracaso no tiene cabida. Lo que tiene que preguntarse es qué ha pasado y el porqué, pero no hay que interpretarlo nunca como un fracaso, tiene que estar satisfecho”

Esta frase de Chema Martínez lo explica prácticamente todo. No importa que sea de un corredor. Eso da igual. Porque la realidad es que triatlón y running comparten origen y filosofía de vida. Lo saben bien –aunque a pequeña escala– todos aquellos que últimamente han decidido ponerse las zapatillas y salir a la calle. Por suerte, cada vez son más y la tendencia se va incrementando poco a poco.

Sin embargo, una cosa es ‘rodar’ media hora y otra prepararse para la larga distancia. Lo primero no requiere de un esfuerzo excesivo, pero lo segundo sí. Correr una media maratón o una maratón equivale a presentarse para perder, pero en ningún caso es un fracaso. La sensación final es de victoria, acabarla es suficiente.

Para el común de los mortales es casi imposible imaginarse lo que puede sentir un corredor profesional, uno de esos que salen a correr seis días a la semana, con dolores musculares y heridas en los tobillos. Y, por tanto, también es difícil averiguar lo que puede experimentar un triatleta. En cualquier caso, en ambas disciplinas, la cobertura mediática siempre es inferior al esfuerzo realizado por sus profesionales.

En especial, en esta última, hace tiempo que se infravaloran los éxitos de Javier Gómez Noya, que tras ganar la plata en Londres 2012, esta temporada se ha proclamado campeón de las Series Mundiales por cuarta vez y ha conseguido el oro en el medio Ironman de Canadá. La temporada, la terminará participando en la final de la Liga francesa de clubes en Niza y el cuatro de octubre en el Garmin de Barcelona.

Pero antes de llegar a ser el mejor del mundo, Gómez Noya lo intentó –jamás fracasó– muchas veces. Nacido en Basilea e hijo de inmigrantes gallegos, llegó a Ferrol con tres meses, donde fue nombrado hijo predilecto mucho más tarde.  Su primer contacto con el deporte –como el de la mayoría– fue con el fútbol. Sin embargo, pronto empezó a nadar y, al poco tiempo, tras conocer a unos triatletas que compartían piscina con él, se decantó por entrenar. Así, con 15 años, finalizó segundo en una competición donde Iván Raña se colgó el oro.

Sin embargo, la vida le tenía guardada una prueba de superación personal mucho mayor que la de finalizar una prueba de triatlón. En 1999, el Consejo Superior de Deportes (CSD) le detectó una anomalía cardiaca y le quitaron la licencia, pero a base de pelear con informes médicos, le dieron permiso para volver a competir en 2003, tres semanas antes del campeonato del mundo sub 23 que se celebraba en Nueva Zelanda. Y no necesitó más. Se presentó y se colgó el oro.

Su caso es excepcional desde entonces. Se ha convertido en el único español en subir al podio del triatlón en unos Juegos Olímpicos (Londres 2012), se ha convertido en una referencia mundial en su disciplina y, sin embargo, Gómez Noya sigue siendo un desconocido para el gran público, apartado de las páginas principales, pero con el oro como rutina. Es difícil saber lo que se puede sentir al protagonizar una portada de algún periódico. En cualquier caso, él ya ganó su batalla fuera de la pista y ahora lo está haciendo dentro. Winners never quit.

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Foto de portada: Javier Gómez Noya en el World Series Triathlon 2010 de Madrid. (Foto: Ángel Arcones – Flickr)

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