Escocia sigue en la Unión

Escocia decidió seguir formando parte de la Unión Británica por una diferencia ligeramente más elevada de lo esperado, de diez puntos entre el “sí” y el “no”. Tras meses y meses de campaña, en torno a las seis de la mañana del viernes se supo el resultado definitivo de un referéndum que ha hecho tambalear los cimientos del Reino Unido y ha abierto la puerta a un debate mucho más pausado sobre el futuro constitucional de las cuatro naciones.

El resultado, además, ha tenido consecuencias inmediatas como el anuncio del ministro primero y líder del Partido Nacionalista, Alex Salmond, de que dejará el liderazgo de la formación en el próximo congreso. “Mi tiempo como líder está a punto de terminar, pero para Escocia la campaña continúa y el sueño nunca morirá”, aseguraba durante una intervención inesperada a las cuatro de la tarde desde su residencia oficial en Edimburgo.

Previamente, al poco de conocer que el “no” había vencido por 2.001.926 votos (el 55% del electorado) frente a 1.617.989 votos (el 45%), Salmond hizo un llamado a la unidad de los escoceses: “Escocia decidió por mayoría no convertirse en esta etapa en un país independiente. Acepto el veredicto de la gente y le pido a toda Escocia que haga lo mismo, que acepte el veredicto democrático del pueblo escocés”.

Su discurso ponía fin a lo que han sido varias semanas de auténtica efervescencia entre los partidarios del sí, después de que las encuestas les permitieran pensar que el triunfo era posible. La noche anterior, frente al parlamento de Holyrood, acompañado de otros amigos, Steven Hislop, un escocés de 26 años que trabaja como ayudante de cocina en Edimburgo, contaba cómo éste había sido el periodo “más emocionante que recordaba” y para vivirlo en toda su intensidad había pedido dos días libres en el trabajo.

“Hay un ambiente inigualable y quiero formar parte de él. No me gusta que nos digan qué debemos votar y qué debemos decidir desde fuera”. ¿Y si gana el no? “Ves esa montaña de ahí, me tiraré de ella (risas). No bueno, hablando en serio, me iré a otro país. Tailandia, por ejemplo. No quiero estar en un lugar que no nos pertenece a nosotros, sino a quienes quieren convertirlo todo en un asunto de dinero. Me iré si perdemos esta oportunidad”, añadía con rotundidad.

El sonido de las gaitas, el tradicional kilt y las pancartas pusieron la nota de color durante una noche en la que otros nacionalismos europeos también se dejaron ver. Un manto de velas con la bandera catalana y escocesa llenó de luz la plaza de la catedral de St Giles, donde a última hora de la tarde se concentraron decenas de personas con la senyera catalana y la ikurriña vasca y hasta hubo quien se animó a bailar una sardana.

Los partidarios del no, por su parte, aunque mucho más silenciosos y prudentes, también se dejaron ver por las calles de Edimburgo la tarde previa a la votación. Algunos como John Loughrey, un chef de 59 años ataviado con un llamativo traje con la bandera británica, eran bastante visibles. Frente a un céntrico punto de votación, relataba que había viajado desde Londres dos días antes expresamente para tratar de convencer a los indecisos de que votasen “no”. “Es un momento demasiado dramático para el futuro del Reino Unido como para no hacer nada”, explicaba. “Se perderán trabajos, subirán los impuestos, es definitivamente un error y es mi obligación como ciudadano expresarlo”, añadía justo cuando otro ciudadano le interrumpía y daba comienzo un animado intercambio de opiniones.

Tres escenas de Edimburgo  durante el día del referéndum (de izquierda a derecha): Carteles a la entrada de un centro electoral, John Loughrey estuvo dos días haciendo campaña frente a un centro electoral y El perro Bobby, una de las insignias de la ciudad, con una capa escocesa (Fotos de John Deckard)

Tres escenas de Edimburgo durante el día del referéndum (de izquierda a derecha): Carteles a la entrada de un centro electoral, John Loughrey estuvo dos días haciendo campaña frente a un centro electoral y El perro Bobby, una de las insignias de la ciudad, con una capa escocesa (Fotos de John Deckard)

Mientras la decepción de los votantes independentistas en la mañana de los resultados era más que visible a través de las caras cabizbajas de quienes aún se resistían a quitarse la chapa con la palabra “yes” del abrigo, los partidarios del “no” más que emoción por el resultado, parecían sentir alivio, o al menos eso se desprende del discurso del primer ministro británico, David Cameron, cuyo puesto estaba prácticamente en juego, pocas horas después de conocer el resultado.

“El pueblo de Escocia se ha expresado y el resultado es claro. Las cuatro naciones de nuestro país se mantendrán juntas, y como millones de personas, estoy complacido. Como dije durante la campaña, me hubiera roto el corazón ver a nuestro Reino Unido llegando a su fin. Y sé que este sentimiento es compartido por gente de todo nuestro país, pero también de todo el mundo por lo que logramos en el pasado y lo que podemos lograr en el futuro”, dijo durante una intervención televisada desde Downing Street.

Una afluencia masiva a las urnas, que muestra a una sociedad decidida a participar en la toma de decisiones, y un resultado mucho más apretado de lo esperado hace meses, que ha puesto contra las cuerdas a los partidos unionistas haciéndoles prometer mayor autogobierno para Escocia, harán que el siguiente paso sea no menos importante de lo que hubiera sido la independencia, pero con la gran diferencia de que será en el seno del Reino Unido.

Esa nueva ventana que se abre en la política británica muestra un horizonte donde aparecen principalmente dos cuestiones. La primera se refiere a la relación entre las cuatro naciones que la componen. El centralismo inglés puede verse obligado a tener que hacer las suficientes concesiones como para que los nuevos poderes que se le otorguen a Escocia no sean vistos como un reparto desigual por el resto. La segunda, más a largo plazo, pasa por considerar el modelo de sociedad que presentó el independentismo escocés, en el que, por ejemplo, los intereses económicos quedan al margen de los servicios públicos y la pobreza se ve como un asunto de primer orden, como una alternativa a la que se pueden sumar todos aquellos que en el resto del Reino Unido están en desacuerdo con las políticas de austeridad y la preponderancia del beneficio económico frente al ciudadano.

En un artículo imprescindible titulado “La gente ha hablado, pero esto no ha acabado”, el editor de la BBC Nick Robinson aseguraba la mañana posterior al referéndum que este “puede haber puesto fin a un debate en Escocia, por ahora. Sin embargo, ha encendido la mecha de la explosiva cuestión de dónde recae el poder en el Reino Unido“. Y ahí es donde la cuestión continúa a partir de ahora.

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Asela Viar redactó este artículo desde Edimburgo.

Foto de portada: La plaza de St Giles antes del cierre de las urnas (Foto: John Deckard)

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