El corredor del laberinto: pasatiempo intrascendente

Parece que la ciencia ficción distópica para adolescentes ha venido para quedarse. En muy pocos meses Hollywood nos ha traído Los juegos del hambre, Divergente y ahora El corredor del laberinto, todas basadas en bestsellers enfocados al público juvenil pero que han terminado por derribar las barreras de su público objetivo para convertirse en fenómenos transversales. Tocará debatir algún día si este éxito se debe más a una infantilización de los gustos populares o a un deseo de explicar metafóricamente un presente oscuro y confuso que no satisface la ficción pensada para adultos, pero sea cual sea la razón, lo que sí que se apunta es que tendremos chavalada desafiando el sistema para rato.  Otra cosa es como salgan las películas.

En este caso tenemos un paralelismo muy claro con la cumpleañera Perdidos: mucha gente en medio de un paraje natural, rodeada de misterios y preguntándose qué narices pasa en ese sitio. También tenemos compañías misteriosas con su logo por todas partes y un monstruo que suena como una atracción de pueblo. Lo que no tenemos es, ¡ay!, el misterio con el que JJ y compañía conseguían pegarnos a la tele semana tras semana durante seis años. Aquí todos los enigmas se anuncian en los primeros veinte minutos para seguir dos caminos diferentes: o bien suceden tal y como se había previsto o pasa todo lo contrario. Como podéis imaginar, a la tercera ya entiendes el sistema y puedes dedicarte al divertido juego de predecir lo que va a pasar en la siguiente escena.

Otro asunto son los personajes, que también dan para escribir un tratado. El protagonista es un chico cuya única mirada es la del que ha empezado a intuir el olor de un pedo y trata de localizarlo, recurso al que se suma el salir corriendo cada vez que los demás le dicen que no lo haga. Esta conducta, que toca las narices de su némesis en el laberinto, un tal Gally – un individuo que incluso supera las escasas dotes actorales de su competidor- es de agradecer porque estas carreras a lo loco son el principal motor con el que avanza la trama en cuatro de cada cinco ocasiones. Completan el grupo Teresa, que obliga a redefinir la incoherencia de un personaje en los libros de guion; Alby, que es el personaje que mejor se adaptaría a Perdidos por su afición a no responder a lo que le preguntan; y un Chunk (Los Goonies) cualquiera que está ahí básicamente para darnos pena. Como veis, Shakespeare all around.

Todo esto podría ser más soportable si el director no se empeñara en saltarse todos los ejes visibles e invisibles, provocando que las escenas de acción, más aun las nocturnas, se conviertan en todo un laberinto para un espectador que por fin logra meterse de lleno en el espíritu de la película, aunque sea a su pesar. La joya, cuyo último tercio presenta el clímax más aburrido al que me he tenido que enfrentar este año, concluye con un cliffhanger surrealista que nos viene a decir que todo lo que hemos visto hasta ese momento ha sido una pérdida de tiempo con la que calentar para la siguiente entrega, una conclusión a la que ya habíamos llegado aproximadamente una hora y media antes.

¿Qué gafas me llevo?

laberinto-grafico-prejuicioso

Entonces: ¿voy a verla?

Si bien ir a la sala a ver este refrito de acción no provocará grandes secuelas en tu mente, tu bolsillo se sentirá más agradecido si acudes a tu kiosko más cercano en busca de pasatiempos para calmar tu sed de laberintos.

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